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domingo, 2 agosto, 2020

“Toda una vida dedicada a la fruta y a sus clientes”

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Les ofrecemos la emotiva carta escrita por "MaryFru" a sus padres ante la decisión de poner fin a una larga vida de trabajo en la venta en los mercadillos.

Carta íntegra:

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Con esta carta pretendo hacer un cierre especial de toda una vida de esfuerzo, dedicación, trayectos y kilómetros recorridos. Quiero reunir en este pequeño texto a todos los que han servido con mucho cariño a amigos, clientes y clientas con las que dejan historias con una riqueza y calidez que han dado lugar a una vida de anécdotas. Y cuando digo toda una vida, ¡es literalmente toda una vida y más!

Antes de que yo naciera, mi padre, Miguel (Abarquillas, mote del padre;  Vallejo para la mayoría de los proveedores y amigos del gremio) ya se dedicaba a vender frutas y hortalizas con su cuñado y sus hermanas, antes de conocer a mi madre. En marzo recuerda mi padre que fue el alta de su primer autónomo hace ya más de 33 años.

Han llegado a tener 12-14 mercados a la semana en sus primeros años que llevaban a cabo entre mis tíos y mi padre, terminando por tener 3 mercados a la semana en los últimos años. Lo que está claro es que no han faltado ni en invierno ni verano, ni con 40 -42 grados, ni los días de nieves, granizos, lluvias y grados bajo cero.


He oído a lo largo de mis 30 años muchas historias relacionadas con la venta ambulante: de sus inicios de la venta se cuentan viajes con su cuñado Antonio con un camión como una tartana (“Rufio”). También  nos han contado que  trajeron un tráiler y muchas naranjas que; nevando intentaron vender en Villalgordo y pueblecitos de Cuenca entre mis tías y mi padre.

Media familia intentaron vender, en otra anécdota, lechugas que no llegaban ni vivas a donde iban; en el mercadillo de las Mesas los domingos… no sabían aun calcular mucho… y se podría y tiraba la mitad de las cosas: “lechugas hermosas", decían…”

Villaescusa, Belmonte, Fuentelespino, y pueblos y pueblos que debían recorrer como venta ambulante … y es que no había ni cámaras de refrigeración hace más de 30 años…y debían recorrer muchos pueblos para vender algo.

Han contado la historia de los plátanos miles de veces; mi tío Antonio y mi padre venían juntos, les metieron los plátanos chochos y pochos, dejaron una caja entre los dos en la "gabina" del camión y se comieron una caja entera de plátanos de más de 25 kilos entre los dos mientras volvían al pueblo.

Había cabreos, penas, pérdida de dinero, mucho sueño y muchas risas. Ambos cuñados intentaban comprar tartanas de furgonetas viejas o camiones que, como buenos mecánicos intentaban apañar, y decían que a veces, los arrancaban meciéndolos como a bebes.

Me encantan las historias porque las cuentan con risas y transmiten mucho coraje de cuando los tres hermanos abarquillas  se iban con la Renault azul, con un cuatro latas amarillo, o con el "Rufio”, y cada uno montaba el puesto en un pueblo. Se iban antes de las 5-6 de la mañana, dejaban a Loli en Villaescusa (que Marcelino había “trabajao el ganao” antiguamente  conocían ya gente de antes),  a la Carmen en Tres Juncos (que la recogían quizás a las 18 de la tarde) y mi padre y mi tío Antonio seguían la mañana a Osa de la Vega,  Hinojosos…   (donde cuentan que además de penurias recuerdan que, les quitaban las manzanas (épocas de hambres), pasaba la mañana y a partir de las 14-15 tendrían que ir recogiendo poco a poco los tres puestos, pueblo a pueblo y volver a Socuéllamos, con algunos duros y pesetas de ganancia para pasar la semana y poder comprar “género” otra vez.

Mi padre por las tardes, en casa de la abuela Dolores, volvía a abrir el puesto; cuentan que se subía la abuela al camión y vendían  juntos la fruta que quedaba a las vecinas: ¡De todo el barrio venían los vecinos a comprar!

Y mi madre, Mari Carmen, (“LaMari”) ¿cuándo aparece en esta historia? Ahora. Hija de Ladislao y de la Carmen, tienda de ultramarinos de barrio, de aquellos años de posguerra, (yo digo que soy la nieta de Ladislao y enseguida estoy “fichá”). Pues tras años de rondar mi padre a mi madre por el “Casqueral”, tras casarse hace ya 32 años recién celebrados, mi madre dejó la tienda y empezó en los mercadillos. Mi tía Carmen también vendía con ellos, pero luego se quedaron las dos embarazadas a la vez y mi tía Loli aparecía también en la venta.

Cuenta la tía Carmen que, mi madre iba a vender con los pies como botas; embarazada de mí. A la vuelta de los mercadillos  sus pies volvían encima del salpicadero a ver si se le deshinchaban, (menudo reposo se guardaba antes con los embarazos).

 Y, ¿Dónde estábamos mi primo Antonio y yo? Que ya empezaban a venir los nietos… pues con la yaya Dolores (que aún con sus 86 años sigue confinada, débil de cuerpo pero con la misma fuerza de genio y dureza que hace 30 años). La tía Loli también tuvo otro hijo, mi primo Francisco y los tres primos nos criamos en amor y guerras, y con la zapatilla de abuela marcada en el culo rato si y rato también,  ¡¡recuerdos mil!!

Avanzo algunos años a mis recuerdos, de pequeñita y mozeta, en los veranos, me iba a vender a Villarrobledo (sábados y miércoles), los lunes a Belmonte (que me encantaba porque aún sigue siendo en un mercao de abastos antiguo), los martes a Los Hinojosos, y los viernes en Socuéllamos (con el cafelito correspondiente antes de montar).

Y….¿Cómo olvidar los cencerros? - Que toda la "gabina" del camión va con parejas de cencerros…- Señor…que escandalera cuando pillaba el camión cualquier bache o “resaltos” modernos que nos colocaron hace unos años. Los cencerros eran el capricho de mi padre que, compraba los cencerros por pareja donde los veía y los colocaba por todo el camión.

Me vienen a la memoria de estos días muchísimos olores que, invaden mi memoria de la fruta de verdad; de los melocotones que me daban alergia, de cómo huelen las sandías de pueblo y de los tomates morunos criados en nuestro propio huerto.

Mi padre siendo yo adolescente y mi hermano un criajo, nos puso “la huerta escolar”, fuente de sabiduría, aprendizaje y desfogue… - Menudos veranos de pasar calor, mover kilos y kilos de tomates, pepinos, sandias, judías, pimientos de padrón, alcachofas, acelgas… De estos años de huertos no solo crecieron hortalizas, sino muchos aprendizajes de vida para dos adolescentes que aprendían conocimientos de toda una vida de la agricultura tradicional con el abuelo Marcelino. Eso sí, veíamos que coger un kilo de judías daba muchos dolores de riñones y quitaban muchas horas de piscina con sus amigos para obtener 2 tristes euros. ¡¡ Qué escuela más sabia!!

Mi hermano y yo hemos crecido detrás del mostrador, aprendiendo los intríngulis de cómo se coloca el género; de cargar y descargar el camión, de comprar y hacer la lista de los pedidos para el día siguiente… nunca olvidaré, como mi padre y yo salíamos  corriendo detrás del camión a “reponer”  y a esquivar las clientas puñeteras y mi madre se daba cuenta; sonreía, sacaba sus artes de paciencia y las atendía con su máximo cariño.

Ella, a la que tantas veces le hemos repetido que además de vender fruta, parecía “medica, psicóloga, nutricionista, consejera matrimonial,  …y un sinfín de roles que con el trato aparecían…porque todas las clientas no son puñeteras y tiquismisis: la mayoría son dulces, vuelven todas las semanas, te quieren, te transmiten sus miedos, sus historias, las cosas de sus casas, y confían en ti sus problemas (cualquier trabajador de cara al público sabrá como sientes que tus clientes son parte de tu familia)

Ir a vender tenía varios rituales como: el café de la mañana antes del viaje, ir leyendo los precios por el camino para aprenderlos, y sobre todo y parte importante, la hora del almuerzo a media mañana (esto mi padre sabemos que no se lo ha saltado ni un día, a rajatabla!)  A la vuelta a casa ya fuera con frío o calor, era obligatorio ir comiendo pipas de calabaza para no dormirse nadie por el cansancio aunque, los hijos veníamos siempre con el cuello “tronchao”. Chascarrillos miles pero, grabado en mi retina una anécdota: mi padre le dice a la señora “no meta usted la mano en los tomates que se le va a caer el anillo”, ya se le ha caído… y la señora ponerse a buscarlo claro… (y ni llevaba).

En los últimos años, han seguido la venta mis padres junto con mi hermano que, teniendo claro  que no tenía intención de estudiar, se quedó con ellos y siguió con el negocio familiar, junto con la agricultura que trabajan mi padre y mi hermano. Han sido años en los que la tecnología hizo que todos se fueran modernizando hasta llegar a recibir los pedidos por Whatsapp y, así tenerlos preparados para que cuando la clienta llegase, sólo tener que recogerlo y pagarlo. O si era necesario, incluso llevarlo a las casas con clientas de confianza que lo necesitaban.

Mi hermano y yo tenemos muchos recuerdos de clientas que nos llevaban regalos, de clientes con los que aparecían en mi casa plantas, cabras, flores, tortugas, gallinas y gallos… y nombres de compañeros que al final se hacían como de la familia: Támara, el chupaguindas (Julian), las pescaderas del pueblo que iban a Belmonte ( Yoli, Inma…), los herencianos y hortelanos  Jose y José ángel,   Pedro el Charcutero, Julián el de la droguería y su padre, la Ascensión de las bragas, Castelar, La Isabel y sus hijos (morenitas) con mi tía Carmen, los Molis con sus aceitunas, Kike y la Toñi y sus churros, Paco “el rano”, Juanma (ya pue’ llover), el barbas, el pollero de Tomelloso, Óscar “el de los cacharros” y la Loli y su hijo los hueveros, el Pele (ropa) … y un largo etc. de compañeros que seguro nos olvidamos sin querer, (darse todos por nombrados). Y ¿cómo olvidar a Fernando Juanjo, y Paulino, y la familia de los Jaype? (proveedores y amigos de confianza de toda la vida)

No nos atrevemos a empezar con nombres de clientes y clientas, ¡porque la lista sería muy larga! Pero gracias a todos por vuestra confianza y esperamos comprendáis con cariño la decisión que la familia VALLEJO-GARCIA ha tomado.

Los años ya hacen que el cansancio pese y la coyuntura actual que hemos vivido y el gran parón que todas las familias y pequeñas empresas han sufrido en estos dos meses de pandemia, han provocado llegar a tomar una difícil decisión, y comunicar a los ayuntamientos que, no se volverán a incorporar a la venta de la fruta. Es por esto que me he animado a realizar este escrito para que, todos los compañeros, clientes y amigos conozcáis también esta noticia: y que sepáis que Miguel y Mari Carmen se retiran.

Cierro este escrito diciendo que la MARYFRU seguirá explicando con mucho orgullo y cariño porque me dicen mary fruti, mary fru, fru-fru, frutas…y en ocasiones hasta variantes como hierbas, huertas… (y es que la gente se lía con mi mote).

Larga vida a esa VIDA de los mercadillos, de atención cercana, de venta con cariño, y de la fruta y verdura de calidad, de la fruta de verdad.

Un abrazo enorme a toda mi familia, y en especial, a mis padres y hermano.

Firmado: MARYFRU

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