Creo que ya os lo he contado, ha sido el rótulo de la puerta, el que me ha hecho pararme y probar a ver qué pasa; no he estado nunca en una casa de huéspedes; solo tengo la sensación de haberlo leído o escuchado en algún sitio de que estas casas de huéspedes o pensiones tenían toda la estancia impregnada del perfume de guisos caseros flatulentos de repollo los días de diario, y a chocolate caliente y churros los domingos; al humeante calor de la chimenea, a las piernas con cabrillas de algunas de las inquilinas que no se alejan de la mesa camilla con el brasero de picón, al monótono ruido de la radio con el serial de turno. Pero estamos en el siglo XXI y nos habremos actualizado, aunque sigamos manteniendo algunas de las mismas costumbres.
La casa de huéspedes es un refugio para los que estamos un poco extraviados, los que buscamos un lugar donde estar a salvo, y donde aprenderemos a afrontar nuestros miedos, a superarlos con valentía y a seguir adelante.
Me encamino hacia la puerta principal y alcanzo el timbre, pulso el llamador, cuya campanilla se oye lejana, así como en algún cuarto trasero al fondo de la casa; y enseguida –tuvo que ser enseguida, pues ni siquiera me ha dado tiempo a retirar el dedo apoyado en el botón,- la puerta se abre de golpe y en el vaho aparece una mujer. En condiciones ordinarias, uno llama al timbre y dispone al menos de medio minuto antes de que la puerta se abra. Pero esta señora diría que es un muñeco de resorte comprimido en una caja de sorpresas: apretó el botón del timbre y… ¡hela aquí!
Es una mujer de unos sesenta y cinco años, me saluda con una afable sonrisa acogedora.
- Entre por favor, me dice en tono agradable. El impulso, o para ser más preciso, el deseo de seguirla hacia el interior es muy fuerte.
Este lugar es increíble, hay estanterías repletas de libros, artilugios de los más extraños, botes con cosas, maquetas de barcos , coches. En el centro una enorme mesa camilla rodeada de butacones; tiene cuatro ventanas en cada esquina y en cada rincón un butacón con una lámpara de pie; aparadores con una radio antigua y una vajilla como la de mi abuela.
Uff, me ha encantado, la primera impresión es muy buena.
¿Por qué me ha gustado tanto? Tiene el encanto de las historias victorianas que suceden en entornos donde influye el estado de ánimo de los inquilinos que encierran un misterio que compromete la seguridad del resto y mantiene en vilo a todo el mundo.
Estaremos expectantes a todo lo que vaya ocurriendo, fantasía, magia, héroes, villanos, amores, desamores sacrificios…
La próxima vez que me reúna con vosotros veremos más estancias de la casa.
Chao.
Lola Jiménez López
(Cada miércoles un nuevo capítulo)




