La habitación 1º A está cerrada. Bajo a la planta principal. La puerta de la cocina está abierta y de ella sale un agradable olor a comida; la dueña de la casa está sentada en un gran butacón y con su libreta de historias abierta. Levanta la vista por encima de sus gafas, y me invita a pasar. Me siento frente a ella y me dice:
- -Mira esta es Adela, es mi brazo derecho, mis segundos ojos y oídos, hablar, hablo yo, pero ella observa, y en cuanto me mira o suspira ya sé si lo que estoy haciendo está bien o no y me frena en mis grandes prontos.
Adela es la cocinera, asistenta, secretaria, guarda de seguridad, sereno, conserje, espía; tiene alrededor de unos 65 años, pelo negro recogido con un moño, ojos marrones, pequeños, nariz chata y labios carnosos, pequeñita, no medirá más de 1,55 cm. Lleva un vestido estampado con lunares pequeños en negro y blanco, zapatillas negras y un delantal blanco. Está fregando las tazas y cubiertos del desayuno; la dueña de la casa la llama… se da la vuelta y se seca las manos con el delantal; se nos queda mirando y sonríe; se sienta con nosotros y la dueña le dice:
- -Leo o hablas tú.
Adela la mira y le dice:
- -Lee, me gusta escucharte y así parece que mi vida es una novela.
La dueña pasa las páginas de la libreta y casi en las primeras se para, coloca su estampa de Santa Marta y empieza:
Domingo de 15 de noviembre de 1992.
Esta noche hace mucho frío, el asfalto está muy húmedo, el frío te hace daño en la cara, voy andando deprisa, voy cargada con bolsas y quiero llegar pronto a casa; tengo que cruzar el pequeño parquecillo y no hay ningún alma por la calle, voy buscando los sitios por donde más luz hay, no me hace gracia ir sola; voy muy cansada, debería sentarme en un banco y respirar un poco.
En el banco de enfrente, bajo la luz de la farola hay alguien, está encogido; ¿le pasará algo?, voy a acercarme, me siento a su lado. Dios mío, es una criatura.
- Buenas noches, hace frío, ¿estás sola?, ¿has cenado?
Levanta los ojos y me mira; que tristeza, no la puedo dejar aquí, le digo que se venga conmigo y no quiere. No le voy a insistir, a ver qué hace, voy hablando flojo: me espera un tazón de leche con miel y galletas, calentarme en la estufa, bolsa de agua caliente, una buena cama y a dormir y sigo andando. Miro hacia atrás y me está siguiendo, dejo una de las bolsas en el suelo, ella la coge y va detrás mío. Llegamos a casa, abro la puerta y la dejo pasar primero. No le digo nada, me sigue y dejamos las bolsas en la cocina, colocamos la compra, es como si no fuera la primera vez que nos vemos; nos quitamos los abrigos y le pregunto cómo te llamas.
- Adela, y me he escapado
– Bueno no te preocupes, vamos a cenar y si te apetece me cuentas.
Cuando acabo la leche, se recuesta en el sillón, y sin apenas mirarme, empieza a hablar.
“Me llamo Adela, tengo 22 años y vengo de un pueblo de cuyo nombre no quiero acordarme, soy la pequeña de cinco hermanos, todos son mucho más mayores que yo, y era el estorbo, a la que todos molesta, no saben qué está, la que todo el mundo aparta con un empujón, la única mi madre, pero está casi siempre en cama, está enferma, tose mucho y apenas puede andar. Me llama para que me siente a su lado, comparte su leche conmigo, y me pasa las galletas a escondidas, me peina, me hace trenzas e intenta enseñarme a leer, pero soy muy torpe, eso me dicen, mis hermanos me regañan y me lo repiten continuamente, “chica no vales para nada, siempre en medio” y fui creciendo.
Un día mi hermana la mayor, me acompañó a bañarme, me ayudó a vestirme, con un vestido horrible, que olía a naftalina, me estaba grande y lo solucionó poniéndome un cinturón, me peinó y me perfumó, eso sí perfumada a lavanda si iba, embriagaba la habitación y asusté al olor de la naftalina; fue lo único que me gustó de aquello, porque todo lo demás me olía a chamusquina.
Me llevó al salón-comedor y se me estremeció todo el cuerpo cuando vi allí a todos sentados, hasta a mi madre la habían arreglado y compuesto, y la pobre lloraba, que mala pinta tenía todo aquello; sonó el timbre y apareció un señor horrible, parecía un ogro feo y repugnante. Le dijeron esta es Adela, no te preocupes, apenas habla, eso sí, tendrás que tener mucha paciencia, porque es muy torpe; me miró no dijo nada, firmaron un papel mi padre y él, cada uno se quedó una hoja, él se lo guardo en el bolsillo interior de la chaqueta y salió andando y yo detrás con una maleta que ni me enteré cuando me la habían dado.
Y llegué a mi nueva casa, y seguí igual; nadie sabía que estaba allí, me dieron un delantal y me dijeron lo que haga ésta, tú lo haces; ésta era una chica algo mayor que yo, con el pelo rojo y llena de pecas, a la que tampoco le hice mucha gracia, y mira por dónde deje de ser torpe, si quería come a tiempo, coger cama, etcétera había que espabilar, como tampoco se daban mucha cuenta de que estaba por allí, decidí un día cuando salió el sol, salir a caminar, y mira andando y andando llegué a la ciudad, y al llegar la noche me encontró la dueña y aquí sigo …”
La dueña sigue hablando:
-Nunca le he preguntado nada, ella me lo ha ido contando y yo escribiendo y así es como abrí mi casa de huéspedes y escribir las historias de cada vida que pasen por aquí para quedarse o solo de paso.
Adela ahora ríe y canta, se pone colorete (alguna vez) y de torpe nada, ya te digo que es mi segundo yo.
Yo escucho y me siento totalmente agradecido, me gusta este sitio. /
La semana que viene más. (Cada miércoles un capítulo)
Lola Jiménez




