… Tomás
Notamos que nos observan por el hueco de la puerta, se miran entre ellas y Josefa se pone colorada; me hizo gracia; Adela se levanta y se dirige a preparar otra cafetera, coloca otra taza y saca del frigorífico un bizcocho y del armario cerrado con llave una botella de anís y una copa; la dueña se vuelve y dice: Tomas pasa y siéntate que me tienes que contar las novedades del día. Tomás pasa se quita la gorra y se la deja entre las manos, con la cabeza agachada, se sienta al lado la dueña y frente a Josefa; “ Ja, Ja Ja, se ponen colorados los dos”, que curioso, cuanto tiempo llevaba sin ver una escena así.
Adela le sirve una taza de café, un trozo de bizcocho y una copa de anís que se bebe de un trago, el café sorbito a sorbito y el bizcocho a grandes bocados.
Bueno Tomás, le dice la dueña, a ver últimas novedades, o prefieres contarnos como llegaste aquí o lo leo yo.
Dueña, no me gusta hablar, cuéntala tú, si crees que puede ser de interés, sabes que mi historia es muy cortita y sin grandes logros. Tomás, le replica la dueña, todo el mundo es especial, todos tenemos algo que aportar a esta vida, o como te piensas que se construye y se forma la vida, pues con lo que aportamos cada uno, si es bueno mejor y si es malo lo corregimos. Todos estamos aquí por algo y para algo.
La dueña abre su libreta, pasa las páginas chupándose las yemas de los dedos y la encuentra:
No sé si os lo he contado pero me gusta ir a ver una buena corrida de toros; para mí es arte y sentimiento, valentía y coraje ( no penséis mal ni me toméis en cuenta los animalistas) me gusta el animal, lo admiro, también pienso en todo lo que gira a su alrededor, no solo la tarde la corrida, espectáculo, juerga, etc., sino en todas las familias que viven del animal y del espectáculo; ah, y el torero, de eso ya ni os hablo, me pierde: dejo el tema que me voy por las ramas.
Tengo muchos conocidos en este mundo, toreros, apoderados, empresarios, banderilleros, etc., que han pasado por esta casa y han sido huéspedes y siempre me guardan un buen sitio; hoy he conocido a un empresario que ha llegado desde Sevilla en su coche solo y me está contando que haciendo autostop se ha encontrado a un chaval con el traje de chaquetilla ensangrentado y con el maco (saquito con las cosas de torear) a la espalda, lo ha subido y lo ha traído hasta la plaza y lo ha pasado con él; le ha dado muy buena espina.
Ha sido una tarde muy buena de toros por ambas partes, por maestros y por animales; y como anécdota, ha saltado a la plaza el maletilla que ha traído el empresario y no lo hace nada mal, ha sido muy ovacionado por el público. Al salir de la plaza, en la parada de taxis, me he encontrado con el chaval, sentado en un banco y no lo he podido evitar, tenía que sentarme junto a él y preguntarle, me invade la curiosidad, porque hacen esto, que sienten…
Me cuenta que se llama Tomás y así empieza su historia:
Como casi todos, siendo un crio se fue de casa sin decir nada a nadie para que no le quitaran la idea, cogió un bus y se fue para Salamanca, cuna de la ganadería, para ir probando por fincas, tentaderos, plazas móviles. Encontró trabajo en una finca donde había diez vacas y era allí donde iban los matadores locales a entrenar y un torero muy famoso que no vamos a decir su nombre; allí se hincho a torear y fue donde le entro el veneno del toreo; así estuvo unos años, donde aprendió el oficio, pero pronto se le hizo pequeño y quería más y se fue a los sitios donde lo adoptaban por un tiempo, hacia dedo y a torear por todos los pueblos de los alrededores. En todo ese tiempo conoció a mucha gente, una buena, muy buena y otra no tanto Dicen que es muy individualista, pero es que no se fía de nadie, paso mucho frío, las noches al aire libre o en una alpaca de paja no son muy agradables, malcomía, pero nada importaba.
Ahora no tiene problemas para saltar en las plazas y dar unos capotazos, los empresarios ya le conocen y lo dejan saltar, hacen la vista gorda pero más de una vez ha salido corriendo delante de la guardia civil y muchas noches ha dormido en el calabozo, allí por lo menos dormía en colchón, tapado y podía comer un bocadillo. Por lo tanto muchas veces se dejaba coger.
Así han ido pasando los días, meses, años, andando por caminos, carreteras viendo de todo. Le pregunto que si nadie le ha dado esa oportunidad que todos buscan, dejar lo de maletilla, me contesta que sí, pero que a él lo que le gusta es eso, torear en campo abierto, en tentaderos, sin que nadie lo controle.
No tienes donde dormir esta noche, le digo, me mira y sonríe; paro un taxi y me lo traigo a casa, me ha caído bastante bien, le ofrezco cama y desayuno, y trabajo como mozo multiuso y cuando le pique el gusanillo lo llevo donde mis amigos para que se le vaya el veneno poco a poco y siente la cabeza. Ya no es un chaval, ha sufrido cornadas, revolcones…; me echa la mano, y así firmamos el contrato, es como Tomas se convierte en jefe de mantenimiento de la casa de huéspedes.
(Continuará)
Lola Jiménez López




