“Casa de huéspedes” de Lola Jiménez. Capítulo VII

Josefa y Tomás

Como os dije en la planta de abajo entre la cocina y el lavadero hay dos dormitorios y un baño para compartir; uno es de Adela que tiene una sola cama y el otro está compuesto por una cama de matrimonio, armario de cuatro puertas, dos mesitas de noche, dos balancines, una mesa con una televisión de culo ancho y un aparato de radio en una de las mesitas, un crucifijo en el cabecero de la cama, y un perchero de árbol; si el pequeño es de Adela, ¿el grande de quién es?

Josefa y Tomás siguen mirándose a hurtadillas; claro aquí hay algo entre estos dos; los miro sin que se note mucho y ellos no lo pueden evitar, se miran y se ponen colorados.

Adela no hace más que levantarse, no puede estarse quieta, dobla mil veces una servilleta, bulle los cojines, enjuaga vasos; la dueña le regaña y le dice que vuela a sentarse, que la tarde es muy larga, es hora de la sobremesa y de conocernos; Tomás se levanta y del cajón del aparador saca una baraja y pregunta qué si quieren jugar, la dueña le dice que van a esperar a Paca la dueña del quiosco de prensa y chuches de enfrente de la casa.

La curiosidad de quien ocupa el dormitorio mayor me invade y les pregunto que si está vacío, me gustaría ocuparlo, me encanta el olor que sale de la cocina; Josefa me mira, me coge de la mano y me dice lo siento tesoro, ese es nuestro refugio y se vuelven a mirar entre ellos.

Claro, ahora lo entiendo.

La dueña dice,

- Estos también tienen su historia, y su página en mi libreta, ¿quieres oírla?

Por supuesto, le contesto.

-Con vuestro permiso.

Ellos se dan la mano y asienten con la cabeza.

Josefa llegó antes a la casa que Tomas y en cuanto este apareció por la puerta Josefa se puso colorada, y el no digamos, se quitaba la gorra, la retorcía entre las manos y tartamudeaba al hablar.

El primer cuarto de Tomás fue el de calderas, él lo limpió y se lo arregló para poder dormir y tener colocadas todas sus cosas; no quiso otro, no quería molestar y decía que era lo más cómodo que había tenido hasta ahora.

Tomás, lo tenía siempre muy ordenado, pero os podéis creer que siempre huele a flores y cada dos días sábanas limpias y blancas como la nieve, y una ramita de romero siempre encima de la cama; no parece un cuarto de calderas, sino un auténtico dormitorio.

Es Josefa quien se encarga de arreglarlo, sin decirle nada a nadie, y el mejor desayuno es para Tomás, el tazón mayor que hay en la alacena, lleno de café con leche y un trozo de bizcocho o sopas de pan para mojar y los domingos chocolate con churros o picatostes; esta Josefa es única pero siguen sin hablarse entre ellos, se miran, se sonríen y ya.

Todas las mañanas, cuando Josefa llega a la cocina, tiene al lado de su café una flor o un ramito de hierbas silvestres atadas con una cinta roja, ella lo coge y lo guarda entre las páginas de un libro. Adela y la dueña se miran y se ríen, Josefa es entonces cuando comienza a cantar copla; esto es el cielo dice Adela, brilla el sol, y todo está lleno de ángeles.

Empieza la vida en la casa de huéspedes.

Hay que hacer algo para que estos se decidan de una vez, va hablando entre dientes Adela, son como niños chicos.

Cuando Josefa tiene que ir a cantar a celebraciones en casas particulares, bodas, bautizos, comuniones, la acompaña Adela porque así se pone su vestido de los domingos, cuando hay que ir a sitios donde se respira humo y las señoras van con guantes y sombreros y medias de rejilla, la acompaña la dueña porque Adela le dice que a ella el cuello de piel de oso le pica mucho y le hace cosquillas.

Hoy tiene que actuar en una fiesta de cumpleaños de unos vecinos y Adela en el último momento se ha sentido indispuesta, le han entrado unas calenturas y unos escalofríos que ni te cuento, y por supuesto Josefa no sale sola de casa a esas horas, son las normas.

-Tomás, ven un momento; acude al instante, parece que lo han llamado con campanillas, le digo que se lave, cambie de ropa, se peine y se perfume que tiene que acompañar a Josefa. No tardó ni dos minutos, la cogió del brazo y salieron por la puerta.

Adela se repuso al instante, se levantó del sillón, se sacudió el delantal y se lio a arreglar judías verdes para la cena. Sacaron dos copitas de licor y brindaron las dos; lo hemos conseguido y se lo bebieron de un trago.

A partir de ese día Josefa y Tomás salen a pasear juntos y a compartir cosas; Adela sin encomendarse a nadie ha empezado a arreglar el cuarto grande para la pareja de tortolitos; estaba cansada de oírlos como se levantaban a hurtadillas, susurros en el pasillo y risas ahogadas, tropezones y ruidos de correr muebles.

Hoy 19 de septiembre les he dado una llave a cada uno del cuarto y Adela ha suspirado.

El cuarto de calderas se ha quedado preparado para otro nuevo inquilino con su historia.

(Continuará)

Lola Jiménez López

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