Tengo el grato recuerdo, y el haberlo podido añadir a mi currículum de la vida, todo lo que aprendí, viví, y desaprendí de los años que viví en la casa de huéspedes.
Fue cuando me fui a buscarme la vida a la ciudad, no tenía donde ir, ni mucho que perder y sí mucho que ganar; por poco que fuera cada paso que diera hacia delante sería un capítulo nuevo, y lo que diera hacia atrás, era otra oportunidad más; tengo que decir que hubo malos tragos, lágrimas que salían por nada, malas digestiones, resacas muy oscuras, besos dulces como la miel, noches negras, amaneceres vitales, y atardeceres muy cálidos, buenos libros, música para vivir, y de todo ello se aprende algo.
Llegué a la ciudad un lunes por la tarde, con una maleta en la mano y una mochila en la espalda. Salí del andén de la estación, sin rumbo fijo, sin dirección (la nota en la que la llevaba apuntada la perdí…), me paré y miré hacia la derecha, centro e izquierda y decidí irme por el centro, pensé que era mejor empezar sin extremos y andando durante un rato encontré un cartel muy curioso en una fachada de un edificio con varias plantas.
“Bienvenido a la casa de huéspedes, aunque no tengas reserva hecha, puedes andar como por tu casa, todas las habitaciones tienen su historia particular, debajo de la escalera, en la cocina, en el patio de luces e incluso en el cuarto de calderas.
¿Quieres pasar? , adelante, no tienes nada más que tocar el timbre del mostrador y firmar en el registro.”
….continuará.
(Cada miércoles se publicará un capítulo)
Lola Jiménez López




