En una entrevista, realizada y emitida por Trece Televisión, al exfutbolista Santiago Cañizares, afirmaba que su hijo Santi, fallecido tras un cáncer, se encontraba ya en “un lugar privilegiado, el cielo, puesto que “no era hijo nuestro sino de Dios”.
Para llegar a esa idea, según apunta Ramón Tamames en su libro “Buscando a Dios en el Universo”, sin duda se debe tener una sólida fe y haber dado con el sentido de la vida. Un sentido de la vida alejado de la visión pesimista de los existencialistas. Más bien en la línea optimista ya presente en pensadores como San Agustín o San Francisco de Asís. Ni uno ni otro evitaron hacer un análisis racional sobre el “supremo objetivo del intelecto” que no es otro que “conocer cada vez más a fondo el Universo en que vivimos y el cuerpo humano que nos guarece”.
Cañizares y su familia (también hacía hincapié en ella) contaban como robusto baluarte, con el principio de esperanza que fortalece su fe. No sabemos si, como señala Ramón Tamames, llegaron a ella a través del misticismo y la revelación, en cualquier caso no serviría absolutamente por ejemplo, la Física, puesto que ésta “no tiene todos los ámbitos controlados”. Y aquí es donde el catedrático de Estructura Económica pone el acento en su “búsqueda de Dios” recurriendo al insigne Stephen Hawking, según el cual “el Universo nació por casualidad… a raíz de una fluctuación cuántica que produjo el Big Bang. Acto creativo que tuvo que deberse a una Inteligencia Superior, un Ser Supremo que además nos arropó en un triángulo maravilloso compuesto por el sol, la luna y la tierra. En suma, un Universo adaptado al hombre “en constante avance hacia la paz perpetua; el punto omega de Teilhard de Chardin”.
Es por ello que, si como afirmaba Feuerbach, “Dios es un invento del hombre”; sería el mayor y mejor invento de la criatura creada por Él; por su representación de amor, de justicia, de bondad.
Benito Cantero Ruiz. Catedrático de Geografía e Historia y Doctor en Antropología.




