P.M.M.C. experto universitario en seguridad y defensa.-
La reciente presencia del Santo Padre en España ha vuelto a situar sobre la mesa una cuestión que, desde hace años, divide el debate público europeo: la inmigración. Sin embargo, más allá de las legítimas apelaciones a la solidaridad, la misericordia o la atención humanitaria, existe una dimensión del fenómeno migratorio que con frecuencia queda relegada a un segundo plano y que resulta imprescindible abordar desde la serenidad, el rigor y la responsabilidad institucional: su impacto sobre la seguridad nacional y la estabilidad de los Estados.
Quienes trabajamos, estudiamos y analizamos desde hace años en el ámbito de la seguridad, la inteligencia y la defensa sabemos que la inmigración irregular constituye una realidad compleja que no puede analizarse exclusivamente desde parámetros humanitarios. Hacerlo supondría ignorar una parte sustancial del problema. La gestión de los flujos migratorios afecta directamente al control de fronteras, a la cohesión social, a la capacidad de respuesta de los servicios públicos y, en determinados contextos, a la propia estabilidad estratégica de los países receptores.
No se trata de criminalizar al inmigrante ni de cuestionar la dignidad inherente de toda persona. Sería un error tan injusto como contraproducente. Sin embargo, también sería una irresponsabilidad negar que los movimientos migratorios masivos pueden ser utilizados por actores estatales y no estatales como instrumentos de presión geopolítica, influencia o desestabilización.
La experiencia internacional demuestra que determinados servicios de inteligencia extranjeros, organizaciones criminales transnacionales e incluso grupos extremistas han intentado aprovechar rutas migratorias para introducir agentes, facilitar procesos de radicalización o generar tensiones sociales en países considerados objetivos estratégicos. No hablamos de hipótesis teóricas, sino de escenarios que forman parte de los análisis habituales de seguridad en numerosos países occidentales.
Desde esta perspectiva, el debate migratorio no puede reducirse a una confrontación entre solidaridad y rechazo. La verdadera cuestión consiste en encontrar un equilibrio entre los principios humanitarios que inspiran nuestras sociedades y la obligación irrenunciable de los Estados de garantizar la seguridad de sus ciudadanos.
En este contexto, también resulta legítimo abrir una reflexión sobre el papel que desempeñan las instituciones religiosas en la gestión de este fenómeno. La Iglesia Católica ha mantenido históricamente una posición de defensa de la acogida, la protección y el acompañamiento de las personas migrantes. Se trata de una postura coherente con su doctrina social y con su misión pastoral.
Ahora bien, cuando esa posición adquiere relevancia en el debate público, también parece razonable plantear una discusión transparente sobre los mecanismos concretos mediante los cuales se materializa dicha acción social y sobre el reparto de responsabilidades entre las distintas instituciones implicadas.
En España, una parte significativa de los programas de atención a inmigrantes y refugiados gestionados por organizaciones vinculadas a la Iglesia se financian mediante fondos públicos procedentes de las administraciones estatal, autonómica o local. Ello no constituye una anomalía, sino una práctica habitual dentro del sistema de colaboración entre el Estado y las entidades del tercer sector. Sin embargo, precisamente por ello, conviene abordar con claridad qué responsabilidades corresponden a cada actor y cuál es el alcance real de sus compromisos.
La cuestión de fondo no es si debe existir colaboración institucional, sino cómo debe articularse para responder de forma eficaz a un fenómeno que combina dimensiones humanitarias, sociales, económicas y de seguridad. En ese sentido, quizá haya llegado el momento de revisar determinados marcos de relación entre los Estados europeos y las instituciones religiosas para adaptarlos a los desafíos estratégicos del siglo XXI.
En este contexto, tampoco debería considerarse un tabú abrir un debate sereno sobre la vigencia y alcance de los acuerdos entre España y la Santa Sede. La revisión de determinados aspectos del Concordato no tendría por objeto cuestionar la libertad religiosa ni la labor pastoral de la Iglesia, sino clarificar responsabilidades institucionales en materias que hoy poseen una evidente dimensión estratégica, como son las políticas migratorias, la integración social y la gestión de recursos públicos destinados a la acogida.
Si la Iglesia mantiene una posición activa y una notable influencia moral en el debate sobre la inmigración, resulta legítimo analizar cuál debe ser el grado de corresponsabilidad de las instituciones vaticanas en la respuesta a este fenómeno, especialmente cuando gran parte de los programas de atención y acogida desarrollados por organizaciones eclesiales se sostienen mediante financiación pública aportada por los contribuyentes españoles.
La transparencia institucional exige que los compromisos, las competencias y las responsabilidades de cada actor estén claramente definidos ante uno de los mayores desafíos estratégicos que afronta Europa en el siglo XXI.
Europa afronta actualmente una presión migratoria sin precedentes desde el final de la Guerra Fría. Al mismo tiempo, el continente se encuentra inmerso en una creciente competición geopolítica, en amenazas híbridas cada vez más sofisticadas y en escenarios de inestabilidad en regiones próximas que seguirán generando movimientos de población durante las próximas décadas.
Ante esta realidad, las respuestas basadas únicamente en la emotividad resultan insuficientes. La seguridad nacional exige planificación, anticipación y capacidad de análisis. La solidaridad, para ser sostenible, necesita orden, control y responsabilidad. Y la defensa de los valores humanitarios requiere instituciones capaces de gestionar los riesgos que inevitablemente acompañan a los grandes movimientos poblacionales.
La inmigración constituye uno de los principales desafíos estratégicos de nuestro tiempo. Afrontarlo exige abandonar los eslóganes y asumir una verdad incómoda pero necesaria: proteger las fronteras, garantizar la seguridad y preservar la cohesión social no es incompatible con la ayuda humanitaria. Al contrario, son condiciones indispensables para que esa ayuda pueda prestarse de forma eficaz, legítima y duradera.
Europa necesita menos consignas y más estrategia. Menos simplificaciones y más análisis. Porque cuando la seguridad y la estabilidad de una nación están en juego, la responsabilidad política e institucional obliga a mirar la realidad en toda su complejidad.
Pedro Manuel Moreno Cencilio






























