La historia de un retazo de nuestra infancia. El pegamento Imedio.

El pegamento Imedio nació del descubrimiento de un emprendedor de Calzada de Calatrava.

La curiosidad y el talento tienen el poder de transformar contratiempos cotidianos en auténticos hitos empresariales. Así lo demuestra la fascinante trayectoria de Gregorio Imedio, un ilustre vecino de Calzada de Calatrava que, partiendo de una modesta inversión y utilizando herramientas rudimentarias, logró crear uno de los adhesivos más emblemáticos de España: el Pegamento Imedio.

Nacido en la provincia de Ciudad Real en el año mil novecientos quince, el joven Gregorio creció rodeado del ajetreo comercial de su familia. Su padre, Lorenzo Imedio, regentaba una droguería local y administraba el Cine Mudo Imedio, el único recinto de verano para proyecciones que existía entonces en el municipio. Fue precisamente en la cabina de aquel cine donde saltó la chispa de la invención. Cuando el celuloide de las cintas se rompía en mitad de las sesiones, el muchacho utilizaba acetona de forma rápida para recomponerlas y que el público no se quejara. Al hacerlo, notó que la mezcla generaba una pasta enormemente pegajosa en sus dedos.

Lejos de ignorar el hallazgo, decidió experimentar en el negocio familiar utilizando distintos disolventes y resinas. Sometió su incipiente invento a pruebas tan rigurosas como adherir monedas al mármol del mostrador o recomponer la vajilla rota de su propia casa. Como recuerdan quienes conocen la intrahistoria de la comarca, «la tenacidad de aquel muchacho convirtió un accidente de verano en el adhesivo más famoso de todo el país». Finalmente, en mil novecientos treinta y cinco, con tan solo veinte años de edad, patentó su inconfundible fórmula.

Los inicios de Productos Imedio estuvieron marcados por el esfuerzo manual. Con un capital inicial de apenas quinientas pesetas, el emprendedor manchego adquirió jeringuillas de chapa, marmitas y tubos de metal. Desde un modesto local arrendado en la Calle Real, y con la inestimable ayuda de sus hermanas y de algunas vecinas de la localidad, rellenaba uno a uno los envases. La materia prima provenía de carretes cinematográficos desechados que él mismo solicitaba por correspondencia a las productoras. Para optimizar el proceso, ideó y construyó sus propias máquinas encargadas de retirar la gelatina del celuloide, logrando extraer cien gramos de material útil por cada diez metros de cinta. En aquellos primeros compases, el taller despachaba unas trescientas unidades diarias.

Aunque el estallido de la Guerra Civil detuvo temporalmente la actividad, el proyecto renació con fuerza en mil novecientos cuarenta y cuatro gracias a una inyección económica de seis mil pesetas aportada por su cuñado, Pedro Ciudad. A partir de ese momento, la evolución de la empresa fue imparable. El propio inventor diseñó nueva maquinaria para mecanizar el rellenado, lo que multiplicó rápidamente el volumen de trabajo.

El esfuerzo de toda una vida culminó en mil novecientos setenta y dos con la inauguración de una enorme planta de cuarenta mil metros cuadrados en su Calzada de Calatrava natal. En su época dorada, la firma llegó a acaparar el setenta por ciento del mercado en España, manufacturando la asombrosa cifra de doscientos mil tubos al día. Todo un imperio industrial, levantado a pulso, que comenzó simplemente con las manos manchadas de una película rota.