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Las alhambras verdes

Relato de Ramón Castro Pérez sobre la amalgama de sentimientos, pasiones, reproches y desengaños que pueblan las vidas de cada uno.

Acostado en tres sillas estaba Dionisio mientras la boda de su hija daba sus últimos coletazos. El yerno, con la corbata a lo «Sandokán», apuraba las últimas alhambras verdes de un sólo trago. La recién casada, su hija, lloraba abrazada a su hermana. Los amigos que aún quedaban solteros, completamente borrachos, se arrastraban por la piscina infantil de bolas y el chófer del último autobús, Santiago, andaba de ligoteo con su mujer.

—¡Vaya la que se ha cogido tu marido! —le decía, arrimándose a la oreja y haciendo ademán de cogerla por la cintura.

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—«¡Pues esta noche ha aguantado! Normalmente, está sopa antes de la cena» —pensaba ella para sus adentros,retirándose de él un poco. Mientras, Santiago apuraba la última calada del cigarro y la miraba de arriba a abajo, con media sonrisa, deseándola. De reojo, ambos comprobaron que nadie de los que allí quedaban reparaba en ellos. A decir verdad, a esas horas, cada mesa se había convertido en un minúsculo universo, completamente aislado del resto.

—¿Y qué te parece si algún día voy a buscarte y te vienes conmigo? —susurró Santiago muy cerca de su cuello.

Mónica no quiso esperar a ningún día. En realidad, no esperaba nada porque ya estaba cansada de la vida tal y como había resultado. Así que miró a Santiago fijamente y lo besó, pegándose a él como si estuviesen solos. En aquel rincón del salón de bodas hicieron el amor sobre una silla, el uno encima del otro, sin que nadie lo advirtiera. Después, Santiago los llevó de vuelta a la plaza de la iglesia. A todos sin excepción, también a Dionisio.

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—¿La niña se fue contenta? —preguntó Dionisio al levantarse por la mañana.

—Mucho —respondió Mónica desde la otra cama. —Se pasó la última parte de la noche hablando con su hermana, sin parar de llorar —añadió emocionada.

—¡Cómo sois las mujeres! El día más feliz de vuestra vida y os ponéis a llorar. Bueno, si tú dices que estaba contenta, a mí… me basta ¿A qué hora se terminó?

—Cuando tu yerno se acabó las pocas alhambras que te habías dejado. Nos volvimos todos en el último autobús. Sobre las cinco de la mañana.

—¡Menudos trabajos hay por ahí! Pobre chófer ¡toda la noche aguantando borrachos y sin poder tomarse una copa! —sentenció Dionisio de mala gana.

Mónica recordó entonces las manos de Santiago sobre su cuerpo. Seguía acostada en la cama, con la mirada perdida en algún punto de la pared. Dionisio, a punto de entrar en el baño, se dio la vuelta y vio su cuerpo medio desnudo. Sus hombros, sus brazos. Por un momento creyó verla amando a otro hombre, de espaldas a él, aunque la imagen se desvaneció enseguida. Un fuerte ardor lo devolvía al mundo real.

—Voy a tomarme una pastilla —dijo Dionisio, sin saber realmente por qué sus resacas habían cambiado si él seguía siendo fiel a su marca de siempre. Aquella mañana el dolor era distinto pues parecía ahogarle. Quiso achacarlo al estómago, pero no. No era el ardor de siempre.


Ramón Castro Pérez es profesor de Economía en el IES Fernando de Mena y escribe relatos en su blog «Marlentina».

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