Santoral del 27 de abril de 2024. Pedro, Zita, Montserrat, Antimo, Franca, Juan, Liberal, Macaldo, Meruvina, Polión, Rafael, Simeón, Teodoro y Acardo.

    27 de abril. Sábado de la IV Semana de Pascua.

    Felicidades por su santo a los bautizados con el nombre: Pedro, Zita, Montserrat, Antimo, Franca, Juan, Liberal, Macaldo, Meruvina, Polión, Rafael, Simeón, Teodoro y Acardo.

    Salmo: Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios

    Lectura del santo evangelio según san Juan (14,7-14):

    «Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».
    Felipe le dice:
    «Señor, muéstranos al Padre y nos basta».
    Jesús le replica:
    «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras.
    En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre. Y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré».

    Palabra del Señor

    Hoy profundizamos en la vida de san Pedro Armengol una vida realmente curiosa…

    Pedro vino al mundo hacia 1234, en Guardia dels Prats, aledaño de la tarraconense villa de Montblanch.
    Su padre era hombre situado, de alcurnia, gozador de buenos apoyos en la corte de Barcelona. La madre, un primor de mujer, de esposa, de educadora.
    Él cuidaba de la hacienda, entendía en los sembrados y los ganados, acaudillaba su mesnada cuando el rey llamaba a la guerra. Y tan pronto como podía desembarazarse, volvía al hogar, donde le esperaba el embeleso de su entrañable esposa y de su encantador Pedrito.
    Eran felices los tres. Total, absoluta, inconmensurablemente felices. Y de aquella dicha participaban también los domésticos, los súbditos, los campesinos, los pobres.
    Pedro podía aspirar a todo, y para todo empezaron a prepararlo desde la cuna.
    Pero el idilio se quebró. Un día aciago murió la esposa adorable, aquella madre tierna.
    El niño andaría por los seis u ocho años. Fue la locura. El padre se alienó en su trabajo, en sus armas, en la política, … huyendo del hogar, evadiendo los recuerdos. Y descuidó al hijo.
    Pedro se descompuso; se halló solo, se sintió indefenso. Empezó a incubar un rencor profundo. Se fue tornando hosco, altanero, peleón. Afloró su carácter fuerte y una ambición desmesurada. Y, aún jovencito, se vio metido en riñas y peleas, que degenerarían en serios altercados y en el homicidio. Huyendo, se vino a encontrar jefe de una partida de bandoleros que operaba desde la sierra de Prades.
    No hubo fechoría que no cometiera, ni desmán de que repugnara. Sorprendía, atacaba, robaba, huía … Se convirtió en el terror, en el salteador que siempre estaba en el punto justo. Y así buen tiempo, bastantes años.
    Pero arriba velaba por él su santa madre. Un día cayó, rabioso y temerario, sobre una patrulla que llegaba preparando el paso del Rey, se fue contra el que mandaba la tropa, y se halló midiendo la espada con su propio progenitor. Padre e hijo se cruzaron una mirada de reproche mutuo y de arrepentimiento recíproco; el padre cayó en cuenta de su culpable dejación; el hijo se percató del envilecimiento a que había llegado. Rindió el acero a su procreador, se entregó a la justicia, se avino a siniestras consecuencias. Empero pesó el apellido, se evidenció su conversión sincera …., y fue indultado por el rey don Jaime.
    Aposentado en Barcelona, enseguida entró en contacto con Pedro Nolasco, y, con el toque del cielo, entendió que en la Orden de Nuestra Señora de la Merced podría expiar sus graves crímenes, reparar sus iniquidades, saciar su congénita fogosidad.
    Y se entregó. Vistió el hábito, hizo el noviciado, cursó los estudios pertinentes, se ordenó sacerdote y, muy luego, fue nombrado redentor, ministerio arriesgado que desempeñó varias veces en la Andalucía mora y en África.
    En ello estaba el año 1266. Visitó las mazmorras, consoló a los deprimidos, curó a los llagados, gastó un buen dinero en comprar a cuantos pudo, los más hundidos. Y cuando no quedaba ni un penique, descubrió unos niños y muchachos que, entendió, se perderían si no los rescataba; ajustó su precio en mil áureos y se quedó en prenda de aquel dinero, que el fraile compañero había de aportar en el plazo de un año.
    Fue aquel un año intenso, el mejor de su vida: catequizó, animó, condolió, se convirtió en el paño de lágrimas de los cautivos. También clamó, vociferó, fustigó, insultó a los inicuos esclavistas.
    Mas pasaban los días, los meses ….. el compañero no volvía. Se venció el plazo, el año convenido. Los traficantes, hartos de él, de sus bondades, de sus imprecaciones, creyéndose burlados, lo colgaron de un árbol.
    Muy luego accedieron otros frailes –que habían tenido dificultades en el mar- para realizar la redención anual y liberar su rehén; avisados de la desgracia, corrieron a la horca y encontraron que fray Pedro, después de tres días de ajusticiado, seguía vivo, por favor especial de la santísima Virgen cuya presencia el Ahorcado había experimentado.
    Vuelto a su convento de Guardia dels Prats, vivió aún muchos años, conservando siempre el cuello torcido y el color macilento. Allí era comendador por los años 1291, allí murió en 1304, allí se conserva la parte de sus huesos que no fueron quemados en 1936. El 3 de marzo de 1626, Urbano VIII, y el 8 de Abril de 1687, Inocencio XI, reconocieron su culto inmemorial y lo canonizaron.

    Santa Zita virgen, la cual, nacida de hogar humilde, a los doce años entró a servir a la familia de los Fatinelli, perseverando hasta la muerte con admirable paciencia en este servicio doméstico. (s. XIII).

    Madre de Dios de Montserrat. La "Mare de Déu de Montserrat" es la virgen negra patrona de Cataluña, por cuyo santuario han pasado muchísimos santos, entre ellos San Ignacio de Loyola, San Pedro Nolasco, San Antonio María Claret…

    San Antimo, obispo y mártir.

    Santa Franca, vírgen.

    San Juan de Afusia hegúmeno de Catari, que, por defender el culto de las santas imágenes en tiempo del emperador León el Armenio, tuvo de luchar con constancia (s. IX).

    San Liberal de Altino eremita (s. IV).

    San Macaldo obispo. En la isla de Man, en la parte septentrional de Cambria, célebre por su santidad (s. VII).

    Santa Meruvina, abadesa.

    San Polión lector y mártir, que, detenido en la persecución durante el emperador Diocleciano, e interrogado por el prefecto Probo, como confesase insistentemente a Cristo y se negase sacrificar a los ídolos, fue quemado vivo fuera de la ciudad. (s. IV).

    San Rafael Arnáiz religioso de la Orden Cisterciense, que, siendo novicio, enfermó gravemente y, confiando siempre en el Señor, con gran paciencia soportó su enfermedad. (s. XX).

    San Simeón obispo y mártir, que, según la tradición, era hijo de Cleofás y pariente del Salvador según la carne. Ordenado obispo de Jerusalén después de Santiago, el pariente del Señor, en la persecución bajo el emperador Trajano fue sometido a varios suplicios hasta que, ya anciano, murió en la cruz.(s. II).

    San Teodoro de Tabennesi abad, discípulo de san Pacomio y padre de una congregación de monasterios (s. IV).

    San Acardo de Avranches, Abad de San Víctor y luego obispo de Avranches, descendiente de una noble familia normanda. (s. XII)

    27 de abril. Sábado de la IV Semana de Pascua.

    Felicidades por su santo a los bautizados con el nombre: Pedro, Zita, Montserrat, Antimo, Franca, Juan, Liberal, Macaldo, Meruvina, Polión, Rafael, Simeón, Teodoro y Acardo.

    Salmo: Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios

    Lectura del santo evangelio según san Juan (14,7-14):

    «Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».
    Felipe le dice:
    «Señor, muéstranos al Padre y nos basta».
    Jesús le replica:
    «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras.
    En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre. Y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré».

    Palabra del Señor

    Hoy profundizamos en la vida de san Pedro Armengol una vida realmente curiosa…

    Pedro vino al mundo hacia 1234, en Guardia dels Prats, aledaño de la tarraconense villa de Montblanch.
    Su padre era hombre situado, de alcurnia, gozador de buenos apoyos en la corte de Barcelona. La madre, un primor de mujer, de esposa, de educadora.
    Él cuidaba de la hacienda, entendía en los sembrados y los ganados, acaudillaba su mesnada cuando el rey llamaba a la guerra. Y tan pronto como podía desembarazarse, volvía al hogar, donde le esperaba el embeleso de su entrañable esposa y de su encantador Pedrito.
    Eran felices los tres. Total, absoluta, inconmensurablemente felices. Y de aquella dicha participaban también los domésticos, los súbditos, los campesinos, los pobres.
    Pedro podía aspirar a todo, y para todo empezaron a prepararlo desde la cuna.
    Pero el idilio se quebró. Un día aciago murió la esposa adorable, aquella madre tierna.
    El niño andaría por los seis u ocho años. Fue la locura. El padre se alienó en su trabajo, en sus armas, en la política, … huyendo del hogar, evadiendo los recuerdos. Y descuidó al hijo.
    Pedro se descompuso; se halló solo, se sintió indefenso. Empezó a incubar un rencor profundo. Se fue tornando hosco, altanero, peleón. Afloró su carácter fuerte y una ambición desmesurada. Y, aún jovencito, se vio metido en riñas y peleas, que degenerarían en serios altercados y en el homicidio. Huyendo, se vino a encontrar jefe de una partida de bandoleros que operaba desde la sierra de Prades.
    No hubo fechoría que no cometiera, ni desmán de que repugnara. Sorprendía, atacaba, robaba, huía … Se convirtió en el terror, en el salteador que siempre estaba en el punto justo. Y así buen tiempo, bastantes años.
    Pero arriba velaba por él su santa madre. Un día cayó, rabioso y temerario, sobre una patrulla que llegaba preparando el paso del Rey, se fue contra el que mandaba la tropa, y se halló midiendo la espada con su propio progenitor. Padre e hijo se cruzaron una mirada de reproche mutuo y de arrepentimiento recíproco; el padre cayó en cuenta de su culpable dejación; el hijo se percató del envilecimiento a que había llegado. Rindió el acero a su procreador, se entregó a la justicia, se avino a siniestras consecuencias. Empero pesó el apellido, se evidenció su conversión sincera …., y fue indultado por el rey don Jaime.
    Aposentado en Barcelona, enseguida entró en contacto con Pedro Nolasco, y, con el toque del cielo, entendió que en la Orden de Nuestra Señora de la Merced podría expiar sus graves crímenes, reparar sus iniquidades, saciar su congénita fogosidad.
    Y se entregó. Vistió el hábito, hizo el noviciado, cursó los estudios pertinentes, se ordenó sacerdote y, muy luego, fue nombrado redentor, ministerio arriesgado que desempeñó varias veces en la Andalucía mora y en África.
    En ello estaba el año 1266. Visitó las mazmorras, consoló a los deprimidos, curó a los llagados, gastó un buen dinero en comprar a cuantos pudo, los más hundidos. Y cuando no quedaba ni un penique, descubrió unos niños y muchachos que, entendió, se perderían si no los rescataba; ajustó su precio en mil áureos y se quedó en prenda de aquel dinero, que el fraile compañero había de aportar en el plazo de un año.
    Fue aquel un año intenso, el mejor de su vida: catequizó, animó, condolió, se convirtió en el paño de lágrimas de los cautivos. También clamó, vociferó, fustigó, insultó a los inicuos esclavistas.
    Mas pasaban los días, los meses ….. el compañero no volvía. Se venció el plazo, el año convenido. Los traficantes, hartos de él, de sus bondades, de sus imprecaciones, creyéndose burlados, lo colgaron de un árbol.
    Muy luego accedieron otros frailes –que habían tenido dificultades en el mar- para realizar la redención anual y liberar su rehén; avisados de la desgracia, corrieron a la horca y encontraron que fray Pedro, después de tres días de ajusticiado, seguía vivo, por favor especial de la santísima Virgen cuya presencia el Ahorcado había experimentado.
    Vuelto a su convento de Guardia dels Prats, vivió aún muchos años, conservando siempre el cuello torcido y el color macilento. Allí era comendador por los años 1291, allí murió en 1304, allí se conserva la parte de sus huesos que no fueron quemados en 1936. El 3 de marzo de 1626, Urbano VIII, y el 8 de Abril de 1687, Inocencio XI, reconocieron su culto inmemorial y lo canonizaron.

    Santa Zita virgen, la cual, nacida de hogar humilde, a los doce años entró a servir a la familia de los Fatinelli, perseverando hasta la muerte con admirable paciencia en este servicio doméstico. (s. XIII).

    Madre de Dios de Montserrat. La "Mare de Déu de Montserrat" es la virgen negra patrona de Cataluña, por cuyo santuario han pasado muchísimos santos, entre ellos San Ignacio de Loyola, San Pedro Nolasco, San Antonio María Claret…

    San Antimo, obispo y mártir.

    Santa Franca, vírgen.

    San Juan de Afusia hegúmeno de Catari, que, por defender el culto de las santas imágenes en tiempo del emperador León el Armenio, tuvo de luchar con constancia (s. IX).

    San Liberal de Altino eremita (s. IV).

    San Macaldo obispo. En la isla de Man, en la parte septentrional de Cambria, célebre por su santidad (s. VII).

    Santa Meruvina, abadesa.

    San Polión lector y mártir, que, detenido en la persecución durante el emperador Diocleciano, e interrogado por el prefecto Probo, como confesase insistentemente a Cristo y se negase sacrificar a los ídolos, fue quemado vivo fuera de la ciudad. (s. IV).

    San Rafael Arnáiz religioso de la Orden Cisterciense, que, siendo novicio, enfermó gravemente y, confiando siempre en el Señor, con gran paciencia soportó su enfermedad. (s. XX).

    San Simeón obispo y mártir, que, según la tradición, era hijo de Cleofás y pariente del Salvador según la carne. Ordenado obispo de Jerusalén después de Santiago, el pariente del Señor, en la persecución bajo el emperador Trajano fue sometido a varios suplicios hasta que, ya anciano, murió en la cruz.(s. II).

    San Teodoro de Tabennesi abad, discípulo de san Pacomio y padre de una congregación de monasterios (s. IV).

    San Acardo de Avranches, Abad de San Víctor y luego obispo de Avranches, descendiente de una noble familia normanda. (s. XII)