"TODO CAMBIA, TODO QUEDA"
Aún guardo en mi retina un montón de imágenes de mi infancia: la calle por donde pasaba todos los días camino del colegio, la plazoleta donde jugaba, el puesto de chuches, la tienda de Doña Pura con ese intenso olor a café recién molido, la cuba de sardinas saladas, el horno de pan que inundaba toda la calle con su olor a pan recién hecho, la vaquería donde íbamos todos los días a por la leche recién ordeñada, la parroquia del barrio, mi calle, mi sitio, mi caparazón y dentro de la calle, mi casa. Es un patio de vecinos, con su patio empedrado, su pozo en el centro del patio junto a una higuera enorme que da sombra a todo ser vivo que esté allí, sea revoloteando, corriendo, durmiendo, jugando, trabajando...
La puerta principal siempre abierta, símbolo de libertad y tranquilidad. Solo cuando cae la noche y cubre todo con su manto oscuro, toda la calle se cierra y se encienden sus grandes faroles en la puerta principal; al despuntar el alba se vuelven a abrir y sale el primer vecino: José va silbando y es como si fuera despertando a todos.
El patio empedrado, irregular, inclinado para que cuando llueva no nos inundemos y el agua pueda salir huyendo por un agujero que hay en la pared al lado de las portadas. Este patio es el pulmón de los vecinos: en la pared de la izquierda están los contadores de la luz, cuatro vecinos, cuatro familias, cuatro historias que invaden esta solemnidad de vida, cada una en su interior, su intimidad al límite, todo muy guardado cuando se cierran sus puertas, pero cuando se abren todo sale a la luz del patio, todo es distinto, es alegría, es sol, cada cual demuestra cómo es en realidad.
El pozo, símbolo de unión, es el que une con sus arterias a cada familia, igual que un corazón fluye de vida a cada familia;está en el medio del patio, con su brocal cilíndrico, de granito, con su garrucha y su cubo, y al lado una pila, donde las mujeres lavan la ropa.
Tengo la imagen de ver a mi abuela meter en un saco de arpillera las botellas de agua, de vino, de gaseosa blanca y de colores que eran nuestros refrescos. Hacía de frigorífico. Y cómo no, el alambre de tender la ropa de pared a pared a dos alturas con sus pinzas deslucidas por el sol. Y no olvidarme de la higuera llena de frutos, blancos y melosos que calmaban muchas veces el rugido de tripas del estómago y ayudaban a quitar la sequedad de la garganta con un chato de vino al llegar de trabajar los hombres. Todo el patio está rodeado de arriates llenos de geranios con atrevidos colores, y de albahaca para ahuyentar los mosquitos y todo tipo de insectos voladores.
Al atardecer, el popular serial de novelas que transmite Radio Nacional, se escucha; su eco ocupa todo el espacio del patio, absorbe todas las respiraciones de las mujeres que cosen, zurcen, bordan, hacen pleita, en el más absoluto sepulcral silencio y suspirando de vez en cuando, y se encogen y acongojan al escuchar el lamento de los protagonistas del serial. Aquí se comparte todo: guisos, historias, desengaños, amoríos, quejas, los puñados de arroz, el ungüento para las cataplasmas, la oración del “mal de ojo”...
Si cada guijarro del patio hablase de cada pisada que tiene sus marcas, se podrían vivir más de mil vidas.
Como decía el poeta: "Todo cambia, todo queda". Un día marché por los azares de la vida de este lugar y hoy, por los entresijos de esta vida, he vuelto otra vez.
La puerta siempre está abierta, abierta a todo: a la alegría, tristeza, risas, lágrimas, riquezas, penurias, amores, desamores, voces, susurros, chismorreos, confidencias.
La casa de mis abuelos, los padres de mi madre, apenas cuenta con 30 metros cuadrados. Las habitaciones donde nos apiñábamos todos, las llaman salas, para que parecieran mayores de lo que en realidad eran y lo cierto es que son cuarto-alcobas separadas por cortinas jerezanas a rayas azules y blancas como los colchones.
Mi abuela era la casera y sus misiones, como decía ella, eran el cierre y apertura de la puerta de la calle, cuadrar el cuadrante de todas las tareas que le correspondían a cada vecino (uso de la pila de lavar), encender el farol de la puerta de la calle, sustituir la soga de la cuerda del pozo cuando ésta se rompía, blanquear y recortar las paredes, y por supuesto desinfectar el retrete que era común a todos los vecinos.
Desde que tengo uso de razón, siempre he vivido allí, mis abuelos, mi madre y mi hermana y yo. Mi padre supuestamente se fue a por tabaco y se ve que en el kiosco no tenían y se fue a buscarlo a Marruecos o a Cuba y no ha sabido volver. Hemos sido tres piezas, distintas pero unidos por el mismo engranaje. La abuela era la que se encargaba de todo, nunca faltaba de nada, ni un hueco vacío; no daba tiempo, cuando te dabas cuenta ya estaba reemplazado lo que faltaba. Era la gobernanta, la Presidenta y no necesitaba Consejo de Ministros, ni asesores, ni hacer pactos con nadie, todo controlado al milímetro: los presupuestos los orquestaba y aprobaba ella. Tenía previsto la subida del IPC, la demora de los pagos de alquiler de algunos vecinos, la escasez de alimentos, el cambio climático en cada cambio de estación, el okupa del cuartejo al final del patio y siempre tenía un rincón escondido "por si acaso", como decía ella. Mi abuelo se iba a trabajar a una fábrica de ladrillo que había en la otra punta del pueblo, comía allí, porque así le daba tiempo a echar una cabezadita sin ruidos ni lloriqueos ni rabietas nuestras. Venía ya casi al anochecer, a la hora de la cena, se lavaba en un cubo que había en el patio, se sacudía la ropa y se cambiaba de calzado. La abuela le dejaba unas zapatillas en la puerta para que no le manchase el suelo de la cocina. Nunca le oí replicar, ni una voz más alta que otra. Decía mi madre que hablaba para dentro. Asentía con la cabeza todo lo que hacía y decía la abuela, luego hacía lo que le venía en gana. Echaba su partida y su pito en el patio con los vecinos debajo de la higuera y se echaba las manos al bolsillo, se rebuscaba unas monedas y nos las daba y decía: "De esto ni una palabra a tu abuela".
Mi madre también trabaja fuera de la casa, en un taller de confección, para la ayuda de crianza y manutención de nosotros. Le daba religiosamente a mi abuela todos los meses una cantidad por alojamiento y desayuno por ella y nosotros. Luego la abuela cogía ese dinero y lo guardaba en un bote dentro del baúl donde están las pesadas mantas de invierno, y mi madre hacía ídem de lo mismo, en otro sobre guardaba la mitad del dinero y lo escondía debajo del colchón de la cama. No entendía yo tanto afán por guardar el dinero y luego quejarse porque no había y teníamos que apretarnos el cinturón.
Así era mi casa, y sin embargo en la de Angelita, la vecina de al lado, era todo lo contrario. Ahí habla Luis, el hombre de la casa, sobre todo cuando venía colorado como un cangrejo y no se le entendía lo que hablaba. Siempre faltaba el dinero, voceaba, y Angelita cogía a los chicos, salía para fuera, cerraba la puerta muy despacio sin hacer ruido y la abuela abría la nuestra, cogía a los chicos y nos tenía un tazón de leche con sopas para cada uno.
Y en la otra puerta de al lado, vivían Adela y Tomás. No tienen hijos. Él trabaja en la oficina de correos y telégrafos, va siempre muy bien afeitado, peinado y huele muy bien, un hombre importante. Y ella, no lo sabemos, siempre va muy bien peinada, zapatos de tacón, con los labios y mejillas con color, su bolso negro y pañoleta estampada. Dice que es dama de compañía de un señor mayor, viuda y muy rica. Y aquí las vecinas dicen que sí, que es dama de compañía pero de un señor muy elegante. Se miran entre ellas y se ríen. Yo no le veo la gracia por ningún lado, pero oír, ver y callar.
En esta casa hemos vivido las tres generaciones mucho tiempo. Luego el abuelo se puso un día muy enfermo, con mucha tos, se ahogaba, estuvo dos días en el hospital y falleció. Y nos quedamos igual, con la abuela al mando, no se notaba la ausencia del abuelo. Seguimos con la misma rutina: íbamos al colegio y nuestros juegos en el patio. Hasta que llegó la hora de ir a hacer el servicio militar: me tocó a Cartagena de marinero, así que imaginaos las pocas veces que vine a casa. Mi hermana estudió secretariado y la colocó el vecino en la oficina de correos y telégrafos de recepcionista. Se casó y se fue a vivir a un piso en una barriada muy buena.
Cuando acabé el servicio militar, encontré trabajo en una fábrica de muebles y me hice novio con la hija de Angelita. Amparo empezó a trabajar con mi madre en el taller de confección y, como el casado casa quiere, nos fuimos a vivir fuera de allí. Y en la casa siguieron la abuela y mi madre. No nos iba mal, trabajábamos los dos. Hemos tenido dos críos y hemos ido sosteniendo, no para grandes lujos pero sí para sobrevivir. Nunca he tenido un rincón de "por si acaso", pero no estaba mal. Mi madre siempre me guardaba algo y ayuda a Amparo con las actividades extraescolares de los críos y con los cambios de nueva temporada escolar. Siempre hay ropa nueva, libros, y alguna caja de leche que otra, y etc., etc.
Y vuelvo a repetir: "Todo cambia, todo queda". Cada cosa, cada lugar ocupa su sitio, todo permanece, todo es fácil de hilvanar. Me fui por los azares de la vida y al día de hoy he vuelto a mi patio de vecinos.
La fábrica de muebles ha reducido la plantilla y el número de horas, y el taller de Amparo ha tenido que cerrar: hubo un incendio y no la han vuelto a abrir. Ha conseguido una prestación por desempleo muy pequeña porque estuvo mucho tiempo sin dar de alta y no lo sabía. Ahora va a echar unas horas para planchar y cuidar a unos críos a un par de casas y yo intentando aguantar.
Los domingos seguimos yendo a comer a casa de la abuela y este último, muy seria, dijo que tenía que decirnos una cosa. A esto se unió mi madre también. Sacaron del baúl donde guardaba las mantas pesadas de invierno, y el sobre de debajo de la cama de mi madre (ah, y el rincón de "por si acaso"), y lo pusieron encima de la mesa y nos dijeron: "Aquí está para vosotros". Imaginaos lo que supuso para nosotros, un salvavidas, un ángel bajado del cielo. Nos miramos mi mujer y yo, y lo hemos tenido claro. Con ese respaldo hemos hecho reformas en la casa: cuarto de baño completo, puertas para separar las habitaciones y nos hemos venido a vivir con ellas. Vamos a devolverles lo que han hecho todo este tiempo por nosotros y ya no somos tres piezas como antes, sino que ahora somos cuatro: bisabuela, abuela, hijos y nietos.
Recordad: "Todo cambia, todo queda". Todo vuelve a su lugar. Aprovechemos lo que nos da la vida.





























