Aniceto Cabero, el último sillero.

- Publicidad -

Hace poco más de un año Socuéllamos despidió a uno de sus vecinos más entrañables y trabajadores. Su vida se prolongó hasta casi un siglo, exactamente hasta los 94 años de edad. Aniceto, conocido cariñosamente por su apodo, heredero de una tradición familiar que le conviertió en el último de los 'silleros'. Su vida, marcada por el esfuerzo inagotable y la resiliencia, es el reflejo de una generación que levantó Socuéllamos con sus propias manos.

Podríamos decir que no se podía ser más de campo que Aniceto. Su historia comenzó en aquel lejano 1930 de una manera que hoy nos resulta difícil de creer: nació en plena vendimia, en el paraje de La Manchuela. Su primera cuna fue una espuerta colocada bajo una cepa, donde su madre lo dejó para incorporarse de nuevo a su hilo de trabajo. Esa dureza inicial marcó el camino de una vida de sacrificios.

Con tan solo 8 años, la realidad le obligó a hacerse mayor antes de tiempo. Tras la marcha de su padre a la guerra, tuvo que asumir el papel de cabeza de familia para poder llevar algo de comer a sus hermanos pequeños. Comenzó a trabajar cuidando vacas en la casa de la Hermana Marieta, de la familia Mena Alcolea, con quienes forjó desde entonces unos lazos de cariño muy especiales.

A partir de ahí, fue saltando de labor en labor, siempre ligado a la tierra y sin desfallecer. Pocas viñas quedan en Socuéllamos que no hayan conocido el sudor de su frente, primero trabajando con sus manos, una azada y una hoz, y más tarde convirtiéndose en uno de los primeros tractoristas de la localidad. A lomos de aquellos tractores que no tenían GPS, ni dirección asistida, ni tan siquiera cabina, soportó estoicamente el sol abrasador, la lluvia y la escarcha sobre su propia piel, llegando muchas veces a casa empapado. Su valentía y determinación ante la adversidad quedaron grabadas en una de sus frases más recordadas: "el hambre llegará a la puerta de mi casa, pero no pasará dentro".

Sin embargo, la vida también le asestó golpes devastadores en lo personal. Aniceto tuvo que enfrentarse a la tragedia de perder a un hijo de 44 años en un fatal accidente, y sobrevivió tanto a él como a sus hermanos menores, a pesar de ser el mayor de todos. En el momento de su partida, junto a su cama faltaron muchos seres queridos que, lamentablemente, habían fallecido de forma prematura.

Más allá del campo, Aniceto hizo honor a su mote y destacó como un auténtico artista del esparto. Con la única herramienta de sus manos y a base de incontables horas de dedicación, fabricó todo tipo de objetos imaginables. Junto a su fallecido hermano Pepe, pasará a la historia como uno de los últimos grandes artesanos del esparto de nuestro municipio, un oficio intrínseco a la historia de La Mancha que hoy se encuentra en peligro de extinción.Se ha marchado con su zurrón de esparto lleno de vivencias y de amigos. Antes de decir adiós, le confesó a su médico que se moriría tranquilo porque su pueblo le había rendido un sentido homenaje por su incansable trabajo en el campo. Hay pocas personas en Socuéllamos que merezcan más ese reconocimiento que Aniceto, un hombre cuya fortaleza y arte artesano quedarán para siempre en la memoria de Socuéllamos.

- Publicidad -
spot_imgspot_imgspot_imgspot_img
spot_imgspot_imgspot_imgspot_img
spot_img
spot_imgspot_imgspot_imgspot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img

MÁS NOTICIAS

Aniceto Cabero, el último sillero.

- Publicidad -

Hace poco más de un año Socuéllamos despidió a uno de sus vecinos más entrañables y trabajadores. Su vida se prolongó hasta casi un siglo, exactamente hasta los 94 años de edad. Aniceto, conocido cariñosamente por su apodo, heredero de una tradición familiar que le conviertió en el último de los 'silleros'. Su vida, marcada por el esfuerzo inagotable y la resiliencia, es el reflejo de una generación que levantó Socuéllamos con sus propias manos.

Podríamos decir que no se podía ser más de campo que Aniceto. Su historia comenzó en aquel lejano 1930 de una manera que hoy nos resulta difícil de creer: nació en plena vendimia, en el paraje de La Manchuela. Su primera cuna fue una espuerta colocada bajo una cepa, donde su madre lo dejó para incorporarse de nuevo a su hilo de trabajo. Esa dureza inicial marcó el camino de una vida de sacrificios.

Con tan solo 8 años, la realidad le obligó a hacerse mayor antes de tiempo. Tras la marcha de su padre a la guerra, tuvo que asumir el papel de cabeza de familia para poder llevar algo de comer a sus hermanos pequeños. Comenzó a trabajar cuidando vacas en la casa de la Hermana Marieta, de la familia Mena Alcolea, con quienes forjó desde entonces unos lazos de cariño muy especiales.

A partir de ahí, fue saltando de labor en labor, siempre ligado a la tierra y sin desfallecer. Pocas viñas quedan en Socuéllamos que no hayan conocido el sudor de su frente, primero trabajando con sus manos, una azada y una hoz, y más tarde convirtiéndose en uno de los primeros tractoristas de la localidad. A lomos de aquellos tractores que no tenían GPS, ni dirección asistida, ni tan siquiera cabina, soportó estoicamente el sol abrasador, la lluvia y la escarcha sobre su propia piel, llegando muchas veces a casa empapado. Su valentía y determinación ante la adversidad quedaron grabadas en una de sus frases más recordadas: "el hambre llegará a la puerta de mi casa, pero no pasará dentro".

Sin embargo, la vida también le asestó golpes devastadores en lo personal. Aniceto tuvo que enfrentarse a la tragedia de perder a un hijo de 44 años en un fatal accidente, y sobrevivió tanto a él como a sus hermanos menores, a pesar de ser el mayor de todos. En el momento de su partida, junto a su cama faltaron muchos seres queridos que, lamentablemente, habían fallecido de forma prematura.

Más allá del campo, Aniceto hizo honor a su mote y destacó como un auténtico artista del esparto. Con la única herramienta de sus manos y a base de incontables horas de dedicación, fabricó todo tipo de objetos imaginables. Junto a su fallecido hermano Pepe, pasará a la historia como uno de los últimos grandes artesanos del esparto de nuestro municipio, un oficio intrínseco a la historia de La Mancha que hoy se encuentra en peligro de extinción.Se ha marchado con su zurrón de esparto lleno de vivencias y de amigos. Antes de decir adiós, le confesó a su médico que se moriría tranquilo porque su pueblo le había rendido un sentido homenaje por su incansable trabajo en el campo. Hay pocas personas en Socuéllamos que merezcan más ese reconocimiento que Aniceto, un hombre cuya fortaleza y arte artesano quedarán para siempre en la memoria de Socuéllamos.

- Publicidad -

spot_imgspot_imgspot_imgspot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img

MÁS NOTICIAS

client-image