Quedan unos días para volver a celebrar una festividad, si antaño muy arraigada en nuestro pueblo, de un tiempo a esta parte cada vez más menguada. Nos referimos a “Los Santos” y sobre todo rendirle un recuerdo, extraño para muchos y extravagante para otros (ya que aquí en Socuéllamos tenemos una segunda feria), a nuestros difuntos; el día dos de noviembre.

Aprovechemos nuestra “singularidad” para reflexionar sobre el tema de la muerte que es estudiado desde diferentes ópticas y disciplinas. Por ejemplo F. Braudel, de la Escuela de Annales (historia de las mentalidades) hablaba de estructuras para referirse a aquello que permanece, lo que tiene una larga duración y por tanto se resiste al cambio. Es por ello que incluso un rito puede mantenerse durante siglos tal como demuestra F. Martínez Gil, al considerar que durante los siglos XVI y XVII la vida y la muerte respondían a un alto grado de clericalización, resultando un factor de control y estabilidad social. Se hacía preciso, pues, procurar que no se produjese inestabilidad por la angustia y el dolor. Para ello la necesidad el duelo como expresión de dolor y el sufrimiento con todo su aparato de gestos y ritos. A pesar de esa resistencia al cambio éste termina por adueñarse de las nuevas situaciones. Le Goff llamó mutaciones profundas de las resistencias sociales y mentales que vienen de la Edad Media, (…) propiciado por la pujanza de las clases medias. En este sentido P. Ariês consideró cuatro estructuras o respuestas ante la muerte: en la Edad Media, la muerte amaestrada; en la Moderna, la muerte propia; en el romanticismo, la muerte ajena y en la actualidad, la muerte prohibida. Más tarde añadió para nuestros días, la muerte salvaje. En definitiva, ese invertidor sucio que prohíbe los duelos.

El duelo ahora quedaba reducido a la ostentación que atraía a la gente a los entierros más sobresalientes, lo que reforzaba y refuerza la convivencia del grupo, sólo que desde un plano de secularización del rito. Si antes la muerte era el último paso hacia la salvación, ahora no tanto. Desde el plano “ideológico-intelectual” se ha instalado, de un tiempo a esta parte, un rechazo a los valores cristiano-eclesiásticos. Queda, de esta forma, invertido el control social; se han instalado unas nuevas clases medias.  Antes de esta mutación, la agonía no era individual sino que implicaba a más personas, los allegados. Era preciso, en ese trance, el calor humano; incluso la presencia de niños por su baptismal inocencia1. El cortejo funerario tenía tres escenarios, la casa, la calle y la iglesia. No había muerte más deshonrosa que la muerte solitaria; el acompañamiento al difunto a su última morada ha estado presente hasta tiempo reciente.

Cambio similar lo encontramos también en los cementerios (cimenterios=dormitorios). Calixto I estableció que los enterramientos se efectuasen en lugares junto a las iglesias, por ser éstas, según P. Ariês, focos de vida social. Al convertirse estos espacios en municipales conllevará un cambio en la imagen de los cementerios. Con su salida fuera de las ciudades perdieron “protagonismo”; un olvido de la muerte.  En ese momento están en línea con el espíritu romántico, cementerio como jardín de la muerte para esa nueva clase media.  Los brotes de cólera del S. XIX reforzarán este “exilio”. Podríamos pensar que sí se mantiene la costumbre de visitar los cementerios el día 1 ó 2 de noviembre; sólo que esta práctica no va más allá del siglo XIX.

El luto también ha sido expulsado de la muerte. Si según Ariês el negro como manifestación simbólica del luto ya era general desde el siglo XVI, tanto en personas -hombres y mujeres- como en la casa: bayetas, lazos para colgar…, ahora prácticamente ha desaparecido. Una muestra más de la negación de la muerte.

En definitiva, antes la visión de la muerte era familiar y conveniente por edificante, ahora se niega; es el tiempo de la muerte salvaje. Hemos pasado de una adaptación de lo incomprensible, al más estricto nihilismo ante el final de la vida.

Benito Cantero Ruiz. Catedrático de Geografía e Historia y Doctor en Antropología

1 Recordemos en la película Amarcord, de F. Fellini, el grupo de huerfanitos acompañando el cortejo fúnebre de la madre del protagonista.