La auténtica ciencia histórica consiste en el análisis, no solo de los eventos, sino también de las ideas que los motivaron, las filosofías y los movimientos sociales detrás de los mismos; causas y efectos de aquellos sucesos. Por lo tanto, la Historia1 debe abordarse como una sucesión de procesos interrelacionados en lugar de tratar la historia de manera fragmentada. Debe narrar y analizar el devenir de las sociedades humanas desde múltiples ángulos, el político, el económico, el cultural, el religioso y el de la filosofía. Debe buscar y establecer principios de largo alcance que ayuden a comprender el presente “con” el pasado y, aunque sea de forma muy general, a entrever el futuro de la humanidad.
El punto de arranque debe ser, desde nuestro punto de vista, mostrar la influencia de la geografía2, la tierra y el clima como primer condicionante. La huella de la biología como instintos básicos que perviven en la historia. La mutabilidad de la moral y la persistencia de ciertos principios básicos. El papel importante de la economía, pero no como factor hegemónico3. El carácter cíclico de las civilizaciones; ascenso, esplendor y declive, la dualidad entre libertad y orden, ciclos de concentración y dispersión del poder. El conflicto bélico como constante histórica, y la posibilidad limitada de progreso moral y científico. El estudio histórico y la comprensión del presente frente a los desafíos contemporáneos con un bagaje de sabiduría acumulada para evitar repetir errores del pasado.
Comencemos presentando la influencia del entorno geográfico en el desarrollo de la humanidad y cómo ésta ha tenido que adaptar sus costumbres, su economía y sus instituciones a la disponibilidad de recursos naturales al clima, a la topografía y a la fertilidad del suelo. Ejemplos tan diversos los encontramos en la civilización mesopotámica, florecida entre dos grandes ríos que garantizaban los recursos hídricos, o la influencia del aislamiento geográfico de Egipto protegido por el desierto y por el Nilo que favorecía una relativa estabilidad ante invasores4.
La geografía no es el único factor de la historia, pero nos obliga, como la gravedad, a tener siempre presente su ley. La geografía o la tierra no determina por completo el rumbo de la historia, pero sí establece un marco de posibilidades y limitaciones que las sociedades deben enfrentar. La geografía interactúa con la creatividad humana y con fuerzas sociales, políticas y económicas. Consideremos las “faraónicas” construcciones que el hombre ha hecho, a lo largo de la historia, por ejemplo, para el control del agua.
La biología como otro tema de influencia en el devenir histórico. Lo podemos comprobar en la tendencia a competir por recursos, a expandir la descendencia5 y a buscar ventajas personales o grupales se deriva de impulsos biológicos que no podemos ignorar al analizar la historia. No
obstante, la civilización ha atemperado en cierta medida estos instintos y ha canalizado buena parte de su agresividad y la sexualidad humana mediante normas, leyes y costumbres. En suma, que la historia no se aleja tanto de la zoología o la ecología.
La biología, pues, nos lleva a detenernos en el delicado asunto sobre la raza y sus implicaciones históricas. Citemos la mezcla y el mestizaje como fenómenos históricos constantes. Y que muchos de los logros atribuidos a razas específicas, en realidad son productos de intercambios culturales comerciales y militares. El concepto de raza tradicional sucumbe a partir de segunda mitad del siglo XX donde la vieja idea comienza a ser cuestionada por la antropología cultural y la genética.
Historia y carácter. Es preciso contemplar y analizar con sosiego y sin apasionamientos cómo influye el carácter nacional o colectivo en la historia para reconocer la existencia de estilos nacionales y espíritus de época. Si bien esos “rasgos” suelen ser consecuencia de procesos históricos prolongados, de interacciones entre la geografía, la economía, la política. Un paradigma lo tenemos en el proceso de la Reconquista española o en la labor de la Iglesia y la Orden Benedictina en la construcción de Europa.
Historia y moral. La moral entendida como el conjunto de costumbres o normas de conducta aceptadas por una sociedad cambia con el tiempo y cambia con el contexto. De ahí que no podemos considerar a la moral como algo estático, aunque contribuye a la continuidad de principios que nacen de la convivencia social, la justicia, el respeto mutuo y la supervivencia del grupo. La moral no es inmóvil, como tampoco es lineal y periódica ya que hay épocas de transformación abrupta. En estas es cuando las viejas normas se tambalean y las nuevas todavía no están consolidadas. Lo que desemboca en una profunda crisis de valores. Quizás ahora estemos viviendo una de esas épocas. Aun así, no deberemos caer en un fanático relativismo y rechazar de plano la existencia de valores permanentes, o al menos recurrentes como pueden ser la protección de la vida o la justicia.
La religión ha sido y es uno de los pilares de las civilizaciones al influir en la cohesión social, la legitimación de la autoridad, la transmisión de valores y la cultura en general. Ya en la antigüedad proporcionaba respuestas a las preguntas fundamentales y una explicación unificadora de la realidad. La religión colmaba la necesidad de certezas y consuelo ante la muerte; incluso en sociedades muy secularizadas subsiste una dimensión religiosa, sea en forma de rituales y mitos o sistemas de creencias que ofrecen sentido y, como hemos apuntado, cohesión. Pero, además, la religión no puede descartarse como una simple superstición pues cumple, y ha cumplido, funciones psicológicas y sociales. La religión, las religiones, nacen del anhelo de trascender y ese anhelo es parte de la esencia humana6. Por lo tanto, reivindiquemos respeto por la religiosidad.
Así llegamos a la conexión entre la historia y la economía en el sentido de la producción, distribución de recursos y de riqueza, y por ende, a la importancia del comercio en la expansión de las civilizaciones. Buena parte de las guerras y revoluciones encuentran su origen en cuestiones económicas. No obstante, la economía no es el único factor determinante, dado que las ideas, los “héroes” y otras fuerzas también contribuyen a la forja de la historia. Esta perspectiva se sitúa a medio camino entre el determinismo económico, de ciertas escuelas marxistas, y la visión idealista de la Historia centrada en los grandes hombres o en las ideas.
Las formas de gobierno y la concentración o dispersión del poder a lo largo de la historia. Las sociedades han oscilado entre periodos de centralización, cuando un gobernante o élite concentran el poder y periodos de dispersión, cuando surgen múltiples centros de poder. Cómo la consolidación del poder monárquico o imperial llevó a cierta estabilidad a costa de limitar libertades. Por el contrario, cuando los poderes se fragmentan la sociedad experimenta más libertad, pero también más anarquía o debilidad frente a amenazas externas –e internas-. Las formas de gobierno no son eternas; nacen, crecen, se desgastan y mueren7. Solo la necesidad de gobierno permanece. La tensión entre libertad y seguridad se repite históricamente en momentos de crisis. Los pueblos a menudo entregan su libertad a cambio de protección y orden; en periodos de prosperidad la gente reclama más derechos y mayor participación. Este es un patrón cíclico que no ha dejado de repetirse. Los sistemas más libres y democráticos tienden a promover mayor innovación y bienestar, pero son también más frágiles.
Y es que “varios son los motores de la historia”, si bien, como señala Jesús G. Maestro “hay una dialéctica muy poderosa y envolvente (…) la lucha entre civilización y barbarie”. A este respecto, continúa el autor: “hoy esta lucha se libra en el terreno político de la democracia, con una inquietante novedad: la democracia ha optado por la barbarie. Y la barbarie, en todas y cada una de las luchas que históricamente ha protagonizado, ha perdido siempre, si bien a costa del sacrificio de miles y miles de vidas humanas. Si la dialéctica discurre por ese camino, la suerte democrática está echada. Por primera vez en mucho tiempo los bárbaros no son los extranjeros. Hoy, los bárbaros somos nosotros, los demócratas” 8.
Pocas fuerzas han moldeado más la historia que la guerra. Se trata de un fenómeno tan viejo como la “pre-humanidad”, de un universal desde la perspectiva antropológica, casi inevitable en el devenir de las civilizaciones. La competencia por los recursos, la ambición de poder y el conflicto entre grupos humanos de distinta cultura han hecho de la guerra una constante histórica. Su presencia es un desafío moral y un motor de cambio. La guerra suele acelerar innovaciones científicas y técnicas, por desgracia destinadas inicialmente a fines bélicos.
Y ahora, instalados como estamos en el siglo XXI, podemos volver a preguntarnos, ¿es factible un futuro sin conflicto en las grandes civilizaciones donde, efectivamente, la guerra continúa siendo un factor recurrente? En el ciclo de auge y decadencia de las civilizaciones, si se revisa el devenir histórico, se observa un patrón de ascenso debido al impulso vital y creativo de un pueblo, seguido de un periodo de consolidación, y finalmente un declive cuando la sociedad se vuelve rígida, corrupta o ahogada por su propia grandeza. Ilustran esto ejemplos como el Imperio Romano, la civilización musulmana en la Edad Media, la dinastía Han china9 etcétera.
En definitiva, que el éxito –venga por donde venga- hace que la sociedad prospere, pero también que se torne complaciente. Lo que unido, muchas veces, a una cuasi inevitable expansión territorial, suscita complejidades administrativas que acaban socavando la fuerza vital de la civilización.
La posibilidad de un progreso real en la historia es innegable. Lo comprobamos, por ejemplo, en el avance en la ciencia, la tecnología y ciertos aspectos de la organización social; pongamos por caso la abolición de la esclavitud. Solo que el proceso técnico y su “progreso” no siempre va acompañado de un progreso en la felicidad o en la virtud de las personas, ya que existen tensiones psicológicas, polución y conflictos bélicos, muchos más destructivos que en las épocas pasadas. Tal vez haya un progreso de la mente, pero aún es incierto si lo hay del corazón. El progreso existe, pero no es lineal ni garantiza la paz o la armonía final. Los adelantos científicos pueden revertirse en armas más devastadoras. Además de que el bienestar material no elimina la injusticia o la angustia.
El papel del individuo en la historia. Esta es una vieja controversia entre quienes sostienen que son los grandes hombres, reyes, generales, filósofos quien cambian el curso de la humanidad, y quienes creen que la historia la hacen las masas o fuerzas anónimas. Lo certero es hacer síntesis de estas dos posturas: hay individuos carismáticos capaces de canalizar las energías sociales hacia un objetivo, y sin ellos, tal vez, el curso de la historia habría sido distinto. Pero sin obviar que dichos individuos surgen en contextos propicios. Su grandeza radica en interpretar las corrientes subyacentes y movilizarlas; si esas corrientes no existieran, no podrían emerger tales individuos. Líderes como Napoleón o Alejandro Magno hicieron lo que hicieron porque la sociedad,10 ya estaba preparada para la expansión y ellos fueron a chispa catalizadora.
No podríamos concluir sin abordar, aunque sea de pasada, la íntima conexión entre Arte e Historia. Se trata de una interrelación bidireccional y profunda: el arte es un reflejo de su contexto histórico, social, político y económico, mientras que la historia puede ser entendida y comprendida a través del análisis de obras de arte, que actúan como documentos culturales y fuentes de información sobre el pasado. El estudio de obras artísticas en su contexto histórico permite una comprensión más completa de las civilizaciones y las mentalidades de cada época.
La mayor parte de las ideas arriba anotadas proceden de una magna obra: Lecciones de Historia de la pareja Will y Ariel Durant, publicada entre 1935 y 1975; consta de 11 volúmenes y cubre un amplio período, desde la prehistoria hasta la historia contemporánea.
Eso es escribir Historia. Hacer crónica –ya sea del presente o del pasado- es otra cosa.
1 Escribiremos Historia como mayúscula cuando nos refiramos a la ciencia histórica y con minúscula cuando se trate de los acontecimientos históricos.
2 Los condicionantes físicos del planeta (relieve –conocimientos en Geomorfología-, suelos –conocimientos en Edafología- y clima –conocimientos en Climatología- principalmente, modelan y han modelado a la humanidad). Con ello no pretendemos posicionarnos en un determinismo imperante, pero sí hacer una severa crítica hacia la reforma que separó la Geografía de la Historia, y por extensión a la Historia del Arte.
3Y no como tercamente se ha empeñado hacer la historiografía marxista.
4 Nos centramos en la cuenca del Creciente Fértil del Mediterráneo, pero lo dicho es extensivo a otros espacios y civilizaciones como China e India.
5 Véase el resorte natalista que se ha puesto en marcha, a lo largo de toda la historia, después de una tragedia demográfica.
6 ELIADE, Mircea y COULIANO Ioan P. Diccionario de las religiones. Barcelona. Paidós. 2007. Reelaborado por el autor.
7 Ya lo encontramos en la interpretación que hizo el profeta Daniel al sueño de Nabucodonosor: "Tú, oh rey, veías, y he aquí una gran imagen. Esta imagen, que era muy grande, y cuya gloria era muy sublime, estaba en pie delante de ti, y su aspecto era terrible. La cabeza de esta imagen era de oro fino; su pecho y sus brazos, de plata; su vientre y sus muslos, de bronce; sus piernas, de hierro; sus pies, en parte de hierro y en parte de barro cocido. Estabas mirando, hasta que una piedra fue cortada, no con mano, e hirió a la imagen en sus pies de hierro y de barro cocido, y los desmenuzó. Entonces fueron desmenuzados también el hierro, el barro cocido, el bronce, la plata y el oro, y fueron como tamo de las eras del verano, y se los llevó el viento sin que de ellos quedara rastro alguno. Mas la piedra que hirió a la imagen fue hecha un gran monte que llenó toda la tierra." (Dn 2:31-35)
8 GARCÍA MAESTRO, Jesús. Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI. Madrid. HarperCollins.2025 (4ª edición) (p.101)
9 La caída de la dinastía Han se produjo en 220 d.C. debido a una combinación de factores que debilitaron el gobierno, incluyendo revueltas campesinas como la de los Turbantes Amarillos, la corrupción, las luchas de poder internas entre eunucos y clanes de emperatrices, y la creciente influencia de señores de la guerra regionales. Estos factores llevaron al emperador Xian a abdicar en favor de Cao Pi, marcando el fin de la dinastía y el inicio del Período de los Tres Reinos. https://www.google.com/search?q=caida+de+la+dinast%C3%ADa+hanen+en+china&oq=caida+de+la+dinast%C3%ADa+hanen+en&gs_lcrp=EgZjaHJvbWUqCQgBECEYChigATIGCAAQRRg5MgkIARAhGAoYoAEyCQgCECEYChigAdIBCjEyNjQ3ajBqMTWoAgiwAgHxBRR_
10 Primero la Independencia de los E.E.U.U y después la Revolución Francesa, con otros individuos sobresalientes, fueron el campo abonado para Napoleón. De igual manera que todo el largo camino para llegar a las democracias clásicas y la figura de Filipo II de Macedonia, lo fueron para Alejandro Magno.





























