Como todos los años, el 2 de febrero se celebra la Fiesta de la Candelaria, que conmemora la Presentación de Jesús en el Templo, la Purificación de la Virgen María después del parto y la devoción a la Virgen de la Candelaria. Esta festividad también es conocida como la Presentación del Señor o la fiesta de las Candelas.
En esta ocasión han participado en la Misa siete niños y niñas nacidos en los últimos meses, en una ceremonia especialmente entrañable y emotiva. Durante el rito, los pequeños fueron colocados sobre el altar por el sacerdote como símbolo de su consagración a Dios. En el momento de las ofrendas se presentaron también dos palomas, en recuerdo de las ofrendas que se realizaban en tiempos de Jesús. La Eucaristía estuvo oficiada por los dos párrocos, don Juan Pedro Andújar y don Rafael Ruiz.
Al inicio de la celebración tuvo lugar el rito del encendido de las velas. Los sacerdotes, junto a los padres y los niños, realizaron la procesión de entrada desde el atrio hasta el altar, manteniendo las velas encendidas hasta la proclamación del Evangelio.
Durante la homilía, don Juan Pedro explicó el significado de toda la simbología propia de esta Misa. Recordó, entre otros aspectos, que la consagración, utilizando el símil de una vela, consiste en iluminar para Dios y gastarse en la vocación que Él encomienda a cada persona. También señaló que el sentido de la consagración de los hijos primogénitos es ofrecer a Dios lo más valioso que se ha recibido, así como el símbolo del intercambio del hijo por un par de palomas o un cordero, conocido como rescate. Asimismo, habló de la simbología de la luz, destacando que la ceremonia de las candelas es el último eco de la Navidad, en la que la luz ha llegado al mundo con el nacimiento del Salvador.
En tiempos de Jesús, la ley prescribía que toda mujer debía presentarse en el templo para purificarse a los cuarenta días después de dar a luz, debido a que la pérdida de sangre era considerada impureza según la tradición judía. Si el hijo era varón, debía ser circuncidado a los ocho días. La mujer acudía al templo acompañada de su esposo para presentar una ofrenda o rescate, que consistía en un cordero o en un par de palomas o tórtolas. Además, todo hijo primogénito debía ser consagrado al Señor, en recuerdo de los primogénitos de Egipto que Dios había salvado.
José y María llevaron a Jesús al templo de Jerusalén y, debido a su humildad, ofrecieron dos palomas. Al entrar en el templo, el anciano Simeón, movido por el Espíritu Santo, tomó al Niño en brazos y lo bendijo, proclamando que Él sería la luz que iluminaría a los gentiles. A continuación, anunció a María que una espada atravesaría su alma, profetizando los sufrimientos que tendría que afrontar.
En Socuéllamos es tradición que acudan todos los niños nacidos y bautizados en el último año para que, al igual que Jesús, sean presentados en el templo.




























































