“Otra tarde de sábado” de Lola Jiménez López

La lluvia lo remueve todo, calla la noche y grita al día, es pasajera, limpia y arrastra todo lo bueno y lo malo; inspira a cualquier indicio de arte, es musa de alegría, de melancolía, de tristezas y risas. Bajo la lluvia hay que caminar despacio, sentir como se te mojan los pies y que las gotas te acaricien la cara, notar que el viento te estremece todo el cuerpo; te traslada a otro estado, hace escuchar al silencio a través del agua al chocar con el suelo.

Sigue lloviendo sobre el asfalto duro de la estación, intento resguardarme bajo el paraguas, quiero andar deprisa y se me traban las piernas con la maleta, el agua me está calando. Es toda una aventura llegar a la estación bajo la lluvia, no hay nada más que gente cargados de maletas de un lado para otro; es un lugar mágico, lleno de encuentros, despedidas, es como una biblioteca inmensa llena de libros porque cada viajero tiene su propia historia escrita, algunas llenas de polvo y moho, otras desgastadas de tanto pasar las hojas amarillentas por haber perdido todo color y toda luz, otras huelen a vida nueva, a letras recién impresas, a tinta fresca. El reloj que hay en la sala de espera con sus dos agujas una larga y otra corta igual que los pasos que damos en la vida.

Me siento en uno de los bancos, observo como va entrando la luz por los sucios cristales, las gotas de lluvia chocan con ellos y se confunden con el sonido de la megafonía anunciando la ida y venida de los trenes y el mismo anuncio remueve a todo un enjambre de gente, algunos con caras iluminadas de alegría, otros de tristeza, otros con ironía, otros andan perdidos. Mi cabeza empieza a dar vueltas, es el momento en que debe salir mi tren, intento avanzar a trompicones, pero retrocedo, la megafonía se va diluyendo en el fondo de la sala, es como si todo fuera un sueño, nada es real. El tren que debo coger quizás no llegue o no será el destinado para mí. La débil luz que entra por la ventana es cómplice de mis secretos; me acerco a los raíles de la vía, el tren ha parado, me invita a subir, a sentarme en un vagón confortable para ver caer la lluvia sobre los cristales de la ventanilla y antes de que mis pies pisen el primer escalón el tren se pone en marcha y me deja en el andén con todas mis historia, mis lágrimas, mis sonrisas esperando a un tren que no llega o no será el mío y sigo esperando  porque me gusta esperar y ver como se desenvuelve este juego; me meto otra vez en la sala de espera y allí sigue la gente con sus historias viejas y las nuevas que están por llegar y me vuelvo sobre mis pasos, salgo de la estación, ha dejado de llover y me voy para casa, finalizando otra tarde de sábado.

Lola Jiménez López