Hoy comenzamos una nueva sección, los relatos de Lola Jiménez, esperamos que os guste.
No sé cómo empezar esta historia, porque un cuento no es, y empezar con «Érase una vez...», o con «Había una vez...», o quizá «En un país muy lejano...» no encaja mucho con la realidad. Es sorprendente que, al hablar de la inmigración, lo hagamos con tanta frialdad e incluso con ignorancia, creyéndonos que lo sabemos todo. No nos hemos parado a pensar lo que hay detrás de cada persona, de cada situación y de todo lo que conlleva, así como historias difíciles de creer, hechos que son inalcanzables para nosotros. Los tiempos han cambiado mucho, tanto que, de repente, todos estamos en posesión de la verdad sin intentar, por lo menos, escuchar al otro y, lo más importante, respetar su derecho al error. Lo curioso es que hoy, más que nunca, todo el mundo sabe de política, de fútbol y de inmigración.
Con respecto a la inmigración, nosotros, los que estamos aquí, los que hemos tenido que vivir en este país, no nos hemos parado a pensar lo que realmente supone ser inmigrante. Porque, claro, hay quien ha tenido suerte, quien tenía un poco de camino abierto, familia que ya estaba aquí y que le ha ayudado a empezar; otros que han tenido fortuna —porque yo sí creo que la suerte hay que tenerla de cara— y han podido empezar, más o menos, a funcionar. Otros muchos, no sé qué tendrían allí en su tierra, porque con lo que tienen aquí son felices y nosotros creemos que viven en míseras condiciones. En fin, no sé; muchos han venido sorteando tempestades, mafias, engaños, robos, abusos de poder, y llegan en un cayuco abarrotado de otros como ellos. Llegan a la costa en pésimas condiciones, pasan quince días en un cuartelillo y otra vez viajan de vuelta, pagado el billete al lugar del que huían. Y así, cada billete de avión, cada ticket de autobús, cada pasaporte sellado, cada persona es una historia, como las que tenemos nosotros, sin haber salido algunos ni siquiera de su pueblo, sin haber visto nunca lo que hay más allá.
Pero quiero contaros que hay alguien más que está ahí, y no es que vengan incluidos en cada billete: también tienen su hueco y su vida. Son los niños, y no nos hemos parado a pensar que ellos son quienes sufren las terribles consecuencias de lo que llamamos inmigración. He buscado en el diccionario lo que significa inmigración, y no tiene nada que ver con la realidad. Debería ser como el prospecto de un medicamento, aclarando cada punto y cada coma.
Me gustaría contaros una historia que es como la otra cara de la inmigración. Yo ni siquiera sabía que existía hasta que, un día, me tocó vivirla, y quiero que la conozcáis: «…una mañana de mayo recibí una llamada de teléfono. Necesitaban mi ayuda y la de mi familia, y no lo pensamos: acudimos a la cita. Nos encontramos con otra de las consecuencias de la inmigración sin control, porque no sé cómo denominarlo. Había que socorrer a unos niños que estaban en la calle. Sus padres, inmigrantes sin recursos, no estaban; los habían dejado solos. Tenían que ir a su país a arreglar unos papeles. Son diez hermanos entre doce años y tres meses; vivían en condiciones infrahumanas. La primera impresión fue de desolación, impotencia, incredulidad. ¿Qué está pasando? No somos capaces de afrontar lo que ocurre a nuestro alrededor, o quizá llevamos una venda puesta en los ojos.»
Culpé a los padres, los taché de toda clase de descalificativos. ¿Cómo podían dejar a unos niños en esas condiciones? Desde entonces, no he parado de buscarles una disculpa y, con el paso de los días, he querido entenderlos: tal vez no han sabido dirigirse a las administraciones, tal vez se han encontrado con la barrera de la burocracia. Pero luego veo lo que tengo cerca de mí: pequeñas asociaciones que hacen por ellos, que se preocupan, que les proporcionan lo básico para vivir. Y a ellos los observo y, por mucho que lo intento, no comulgo con su forma de ver la vida. Son nuestros vecinos, pero son tan distintos… Porque cualquier otro inmigrante que viene de la otra parte del mundo intenta acercarse, pero estos no. Y yo me digo: hemos abierto nuestras puertas a todo aquel que busca una nueva oportunidad para mejorar su vida. Lo que para muchos antes de venir era una utopía, ahora esta tierra es su casa, es el presente; y lo que dejaron atrás, su pasado, su infancia, la adolescencia, el primer beso, la primera desilusión, sus recuerdos…
Los niños son la mejor representación de una sociedad libre, son nuestro futuro. Y si los metemos en nuestro juego de la vida, les quitamos lo más bonito que tiene un ser humano: la infancia. Si nosotros, los adultos, somos quienes tenemos las llaves para evitar ciertas situaciones y, en vez de eso, los utilizamos para nuestro propio beneficio, nos cargaremos el sistema de la sociedad.
Ahora sí: inmigrar es un derecho, como también lo es vivir tranquilo en tu tierra, en tu casa. Deberíamos unirnos todos —tanto los inmigrantes como los que somos de aquí, junto con quienes, de una forma u otra, han sufrido por culpa de los que vienen con pensamientos equivocados—. Neguemos cualquier tipo de violencia. Esperemos, como cualquier ciudadano, que quienes por cualquier circunstancia no se adapten a esta nueva sociedad, tarde o temprano, tengan que pagar.
Las dos tierras caben en nuestra alma y todavía queda sitio para amar, valorar, respetar, aprender, construir el presente, porque con este bien construido, el futuro llega por sí solo y nuestros hijos podrán seguir con nuestra labor. Pero, para todo ello, primero tenemos que conseguir que los nuestros tengan un nivel de vida digno, y que los otros que vienen consigan lo mismo. Y, por favor, cuidemos de los niños, que son otro puntal de la inmigración. Entre todos, hagamos que las puestas de sol sean más bellas, que el canto de los pájaros se oiga en todos los bosques, que el agua, cuando caiga en la tierra, inunde con su olor toda nuestra alma; que actuemos igual que las bandadas de pájaros cuando emigran en busca de calor; que sepamos volver a la tierra que dejamos y, sobre todo, que los niños, con su sonrisa, iluminen lo que hay detrás del arcoíris.





























