Releyendo a Vargas Llosa coincidimos en su idea de que “…la cultura atraviesa una crisis en profundidad”; podríamos decir que cuasi de decadencia. En la obra del Premio Nobel de Literatura se citan algunos títulos en los que ya se reflexionó sobre este asunto; uno de ellos es el de T.S.Eliot, Notes Towards the Definition of Culture -1948-Este autor considera que con la ingenua idea de que, a través de la educación, se puede transmitir la cultura a la totalidad de la sociedad, se está destruyendo lo que él llama “alta cultura”; pues la única manera de conseguir esa democratización universal de la misma es empobreciéndola, volviéndola cada día más superficial.
No nos alarmemos con esta reflexión, máxime si admitimos, y nosotros sí, que la cultura se transmite a través de la familia y cuando esta institución deja de funcionar de manera adecuada, el resultado “es el deterioro de la cultura”. La institución de la familia, en muchos ámbitos, no pasa por sus mejores momentos, y de ello están dando cuenta desde diferentes instancias.
Si la familia es importante para este argumento es porque no hay que confundir cultura con conocimiento. Cultura no es sólo suma de diversas actividades, sino un “estilo de vida” que está cambiando, desmoronándose a la par que la familia. El conocimiento tiene que ver con la evolución de la técnica y las ciencias, y la cultura es algo anterior al conocimiento, una propensión del espíritu. Esto nos lleva a abordar que cultura y religión no son la misma cosa, pero no son separables, pues la cultura nació dentro de la religión. T. S. Eliot se refiere al Cristianismo, el que, dice, hizo de Europa lo que es.
Nuestro autor hilvana su discurso refiriéndose a la obra de George Steiner, In Bluebeard´s Castle. Some Notes Towards the Redefinition of Culture -1971- En ella encontramos que se nos ancló una suerte de “poscultura” como consecuencia de un mundo liberado de Dios que poco a poco fue siendo dominado por el diablo. Con ello Steiner se refería a las carnicerías de las conflagraciones mundiales (sobre todo Primera y Segunda Guerra Mundial), los hornos crematorios y el Gulag soviético. Una cultura, continúa, que para él sería víctima, y para nosotros, está siendo, de la retirada de la palabra para quedar subordinada a la imagen; que se ha hecho dueña de la popularidad y el éxito que se consigue, no tanto por la inteligencia y la probidad, como por la demagogia y el talento histriónico, y como consecuencia la “reificación” o cosificación del individuo entregado al consumo sistemático de objetos que las modas y la publicidad van imponiendo. De tal forma que la vida social es una mera representación, en la que la verdad de lo humano ha sido sustituida por lo artificial y lo falso. Un espectáculo nombra Guy Delbord (La société du spectacle”-1979-) que es la dictadura efectiva de la ilusión en la sociedad moderna. Diríamos nosotros, una pantomima, el trampantojo de un mundo, una civilización que se nos desmorona por haber reemplazado el vivir por el representar, hacer de la vida un espectáculo de sí misma, lo que implica un empobrecimiento de lo humano.
En suma, que como se sostiene en La cultura-mundo. Respuesta a una sociedad desorientada (Gilles Lipovetsky/Jean Serroy), se ha entronizado en nuestros días una cultura global. Una cultura-mundo, una cultura de masas que pretende ofrecer novedades accesibles para el público más amplio y que distraigan a la mayor cantidad posible de consumidores sin necesidades de formación alguna. Una cultura que ha derivado en la banalización lúdica de la cultura imperante, pero que, como sostiene Fernando Savater “…ese derecho de todos a saberlo todo….caiga quien caiga…es parte de la actual imbecilización social” (pag.136-153).
Resulta ser ésta, nos sigue recordando Vargas Llosa, una cultura que nace con el predominio de la imagen, es decir, de la pantalla. Poderosa señora que hegemoniza la cultura snob y pasota, que adormece cínica y moralmente a la sociedad (pag.137). Una cultura-mundo que, en vez de promover al individuo, lo aborrega, privándolo de la lucidez y libre albedrío. Donde la publicidad y las modas que lanzan e imponen los productos culturales, en estos tiempos, son un serio obstáculo a la creación de individuos independientes que tengan su propio criterio.
La educación, en nuestro país, no escapa de estos perjuicios. Incluso ella debe ser un mero pasatiempo popular. La cultura debe ser diversión y lo que no es divertido no es cultura. Solo que cada cosa en su sitio; lo lúdico en su espacio y en su tiempo, y la educación –enseñanza nos gusta más-, en su orden. De lo contrario podremos escorar –ya está ocurriendo en otras esferas de forma alarmante- hacia un desprecio o desdén del orden legal existente, y de ahí, a una inferencia y anomía moral que autoriza al ciudadano a transgredir y burlar la ley cuantas veces puede para beneficiarse con ello (pag.146). Lo que ha sucedido es que la vieja idea del valor ha mutado. El único valor reconocido ahora, es el que fija el mercado. Para nuestra posmoderna sociedad, la cultura exige éxito comercial.
Está por ver si como sostiene V. Llosa, “…no se trata de un problema, porque los problemas tienen solución y éste no lo tiene” (pag.134).
Benito Cantero Ruiz. Catedrático de Geografía e Historia y Doctor en Antropología





























