Santoral del 4 de mayo. Gotardo, Godeardo, Godeberto o Godofredo, Antonina, Ciríaco, Curcódomo, Florián, José María, Pelagia y Silvano

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4 Mayo, mes de la Virgen María. Lunes de la V Semana de Pascua
.
Felicidades a quien tenga por nombre: Gotardo, Godeardo, Godeberto o Godofredo, Antonina, Ciríaco, Curcódomo, Florián, José María, Pelagia y Silvano.


Salmo

 No a nosotros, Señor, no a nosotros,
sino a tu nombre da la gloria


Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Juan (14,21-26):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; al que me ama será amado mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él».
Le dijo Judas, no el Iscariote:
«Señor, ¿qué ha sucedido para que te reveles a nosotros y no al mundo?»
Respondió Jesús y le dijo:
«El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él.
El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió.
Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho».

Palabra del Señor


San José María Rubio Peralta presbítero de la Compañía de Jesús. Hijo de agricultores y el mayor de trece hermanos, de los que sobrevivieron seis, vivió una infancia de tradicional marco religioso en el pueblo almeriense de Dalías, hasta que, con once años, se trasladó a la capital para estudiar Bachillerato.
Un año más tarde, su tío Jose Mª Rubio Cuenca (Canónigo de la Catedral de Almería), viendo su vocación sacerdotal, le propuso el ingresó en el Seminario Diocesano de Almería. En 1879 se trasladó al seminario San Cecilio de Granada, continuando allí sus estudios. Es en Granada donde le apadrina y protege su profesor y canónigo Joaquín Torres Asensio, a quien no abandonará mientras viva. Por traslado de su mentor a la capital de España, terminó sus estudios de licenciatura en el Seminario diocesano de la Inmaculada y de San Dámaso de Madrid (1886-1887), donde es ordenado Sacerdote.
Ordenado sacerdote, celebra su primera misa el 12 de octubre (1887) en el altar de la conversión de san Luis Gonzaga de la entonces catedral de San Isidro de Madrid, diócesis en la que trabajó tres años, como coadjutor en Chinchón (1887-1889) y párroco en Estremera (1889-1890). En ambos pueblos se destacó por su extrema austeridad, su catequesis de niños y servicio a los más pobres.
Capellán luego de las religiosas Bernardas en la iglesia del Sacramento de Madrid, entonces parroquia de la Almudena, comenzó a señalarse por su actividad en los suburbios de la capital con los traperos y las “modistillas”. Enseñó además literatura latina, metafísica y teología pastoral (1890-1894) en el seminario de Madrid y actuó como notario y encargado del registro de la vicaría de esta diócesis. Un viaje como peregrino a Tierra Santa y Roma (1904) le deja huella indeleble. En este periodo se definía a sí mismo como “jesuita de afición”, ya que desde sus tiempos de estudiante de teología en Granada había deseado pertenecer a esta Orden, hasta el punto de llegar a ser confundido como tal entre los espectadores anticlericales que organizan el famoso tumulto tras la representación teatral de la “Electra” de Galdós.
Fallecido su protector Torres Asensio, logra realizar su viejo deseo de ingresar en la Compañía de Jesús en Granada, donde, tras el noviciado (1909), repasó un año teología y tuvo una experiencia pastoral en Sevilla (coincidiendo en la residencia con los también jesuitas Francisco de Paula Tarín y Tiburcio Arnaiz, ambos con fama de santidad). Terminada la tercera probación (1910-1911) en Manresa (Barcelona), fue destinado a Madrid, en cuya casa profesa de la calle la Flor Baja residió el resto de su vida.
Hombre de carácter retraído y sencillo, de gran caridad e incansable entrega al trabajo, sobresalió como predicador (aunque no por sus dotes oratorias) y como confesor asiduo, que provocaba largas colas de fieles, quienes buscaban en él además acompañamiento y ayuda espiritual. Pese a carecer de brillantes cualidades humanas, que contrastaban con sus compañeros de casa los académicos de la Historia y la Lengua, padres Fita y Coloma, su eficacia y fama creció en poco tiempo en toda la ciudad. Se señaló por su amor a los pobres, a los que se adelantaba a socorrer. Desarrolló su obra evangelizadora en pueblos y suburbios, retomó la obra de las «Marías de los Sagrarios» iniciada por don Manuel González García, fundó y organizó varias asociaciones, como la «Guardia de Honor del Sagrado Corazón» y las escuelas sociales del barrio de la Ventilla, ayudado por los jóvenes maestros Juan y Demetrio de Andrés, conocidos como “los mártires de la Ventilla”, que morirán asesinados durante la Guerra Civil de 1936.
Murió en Madrid, el 2 de mayo de 1929, sentado en una butaca de pino, después de haber ordenado quemar sus apuntes espirituales. Cuando murió, el arzobispo de Madrid, Leopoldo Eijo y Garay, lo calificó de “apóstol de Madrid” y escribió una pastoral proponiéndolo como modelo al clero de su diócesis. En vida se le atribuyeron hechos prodigiosos, como bilocaciones, curaciones, profecías y videncia; algunos, tal vez, legendarios, pero otros ratificados por numerosos testigos. Sin embargo, lo que domina en su recuerdo es el testimonio de su ejemplo y su palabra junto al mensaje de que la santidad está al alcance de todos por el sencillo camino de entrega a la voluntad de Dios. Su máxima preferida era:
“Hacer lo que Dios quiere y querer lo que Dios hace”.

San Godofredo obispo de Hildesheim (Gotardo, Godeardo, Godeberto), que, siendo abad del monasterio de Niederaltaich, visitó y renovó varios monasterios, y al morir san Bernardo le sucedió en la sede episcopal, promoviendo la vida cristiana de su Iglesia, la disciplina regular del clero y abriendo escuelas. (s. XI).

Santa Antonina de Nicea mártir, que fue cruelmente torturada y atormentada con distintos suplicios, estando tres días colgada, luego encarcelada durante dos años y, por último, bajo el gobernador Prisciliano, y por la confesión de su fe en Dios, fue quemada viva (s. III/IV).

San Ciríaco, presbítero y mártir.

San Curcódomo diácono.

San Florián o Floriano, mártir, el cual, durante la persecución bajo Diocleciano, y por orden del gobernador Aquilino, fue arrojado desde el puente al río Enns con una piedra atada al cuello. (s. IV).

Santa Pelagia virgen y mártir.

San Silvano obispo de Gaza y compañeros mártires todos ellos coronados con el martirio durante la misma persecución bajo Diocleciano, al ser decapitados por orden del césar Maximino Daya. (s. IV).

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Santoral del 4 de mayo. Gotardo, Godeardo, Godeberto o Godofredo, Antonina, Ciríaco, Curcódomo, Florián, José María, Pelagia y Silvano

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4 Mayo, mes de la Virgen María. Lunes de la V Semana de Pascua
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Felicidades a quien tenga por nombre: Gotardo, Godeardo, Godeberto o Godofredo, Antonina, Ciríaco, Curcódomo, Florián, José María, Pelagia y Silvano.


Salmo

 No a nosotros, Señor, no a nosotros,
sino a tu nombre da la gloria


Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Juan (14,21-26):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; al que me ama será amado mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él».
Le dijo Judas, no el Iscariote:
«Señor, ¿qué ha sucedido para que te reveles a nosotros y no al mundo?»
Respondió Jesús y le dijo:
«El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él.
El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió.
Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho».

Palabra del Señor


San José María Rubio Peralta presbítero de la Compañía de Jesús. Hijo de agricultores y el mayor de trece hermanos, de los que sobrevivieron seis, vivió una infancia de tradicional marco religioso en el pueblo almeriense de Dalías, hasta que, con once años, se trasladó a la capital para estudiar Bachillerato.
Un año más tarde, su tío Jose Mª Rubio Cuenca (Canónigo de la Catedral de Almería), viendo su vocación sacerdotal, le propuso el ingresó en el Seminario Diocesano de Almería. En 1879 se trasladó al seminario San Cecilio de Granada, continuando allí sus estudios. Es en Granada donde le apadrina y protege su profesor y canónigo Joaquín Torres Asensio, a quien no abandonará mientras viva. Por traslado de su mentor a la capital de España, terminó sus estudios de licenciatura en el Seminario diocesano de la Inmaculada y de San Dámaso de Madrid (1886-1887), donde es ordenado Sacerdote.
Ordenado sacerdote, celebra su primera misa el 12 de octubre (1887) en el altar de la conversión de san Luis Gonzaga de la entonces catedral de San Isidro de Madrid, diócesis en la que trabajó tres años, como coadjutor en Chinchón (1887-1889) y párroco en Estremera (1889-1890). En ambos pueblos se destacó por su extrema austeridad, su catequesis de niños y servicio a los más pobres.
Capellán luego de las religiosas Bernardas en la iglesia del Sacramento de Madrid, entonces parroquia de la Almudena, comenzó a señalarse por su actividad en los suburbios de la capital con los traperos y las “modistillas”. Enseñó además literatura latina, metafísica y teología pastoral (1890-1894) en el seminario de Madrid y actuó como notario y encargado del registro de la vicaría de esta diócesis. Un viaje como peregrino a Tierra Santa y Roma (1904) le deja huella indeleble. En este periodo se definía a sí mismo como “jesuita de afición”, ya que desde sus tiempos de estudiante de teología en Granada había deseado pertenecer a esta Orden, hasta el punto de llegar a ser confundido como tal entre los espectadores anticlericales que organizan el famoso tumulto tras la representación teatral de la “Electra” de Galdós.
Fallecido su protector Torres Asensio, logra realizar su viejo deseo de ingresar en la Compañía de Jesús en Granada, donde, tras el noviciado (1909), repasó un año teología y tuvo una experiencia pastoral en Sevilla (coincidiendo en la residencia con los también jesuitas Francisco de Paula Tarín y Tiburcio Arnaiz, ambos con fama de santidad). Terminada la tercera probación (1910-1911) en Manresa (Barcelona), fue destinado a Madrid, en cuya casa profesa de la calle la Flor Baja residió el resto de su vida.
Hombre de carácter retraído y sencillo, de gran caridad e incansable entrega al trabajo, sobresalió como predicador (aunque no por sus dotes oratorias) y como confesor asiduo, que provocaba largas colas de fieles, quienes buscaban en él además acompañamiento y ayuda espiritual. Pese a carecer de brillantes cualidades humanas, que contrastaban con sus compañeros de casa los académicos de la Historia y la Lengua, padres Fita y Coloma, su eficacia y fama creció en poco tiempo en toda la ciudad. Se señaló por su amor a los pobres, a los que se adelantaba a socorrer. Desarrolló su obra evangelizadora en pueblos y suburbios, retomó la obra de las «Marías de los Sagrarios» iniciada por don Manuel González García, fundó y organizó varias asociaciones, como la «Guardia de Honor del Sagrado Corazón» y las escuelas sociales del barrio de la Ventilla, ayudado por los jóvenes maestros Juan y Demetrio de Andrés, conocidos como “los mártires de la Ventilla”, que morirán asesinados durante la Guerra Civil de 1936.
Murió en Madrid, el 2 de mayo de 1929, sentado en una butaca de pino, después de haber ordenado quemar sus apuntes espirituales. Cuando murió, el arzobispo de Madrid, Leopoldo Eijo y Garay, lo calificó de “apóstol de Madrid” y escribió una pastoral proponiéndolo como modelo al clero de su diócesis. En vida se le atribuyeron hechos prodigiosos, como bilocaciones, curaciones, profecías y videncia; algunos, tal vez, legendarios, pero otros ratificados por numerosos testigos. Sin embargo, lo que domina en su recuerdo es el testimonio de su ejemplo y su palabra junto al mensaje de que la santidad está al alcance de todos por el sencillo camino de entrega a la voluntad de Dios. Su máxima preferida era:
“Hacer lo que Dios quiere y querer lo que Dios hace”.

San Godofredo obispo de Hildesheim (Gotardo, Godeardo, Godeberto), que, siendo abad del monasterio de Niederaltaich, visitó y renovó varios monasterios, y al morir san Bernardo le sucedió en la sede episcopal, promoviendo la vida cristiana de su Iglesia, la disciplina regular del clero y abriendo escuelas. (s. XI).

Santa Antonina de Nicea mártir, que fue cruelmente torturada y atormentada con distintos suplicios, estando tres días colgada, luego encarcelada durante dos años y, por último, bajo el gobernador Prisciliano, y por la confesión de su fe en Dios, fue quemada viva (s. III/IV).

San Ciríaco, presbítero y mártir.

San Curcódomo diácono.

San Florián o Floriano, mártir, el cual, durante la persecución bajo Diocleciano, y por orden del gobernador Aquilino, fue arrojado desde el puente al río Enns con una piedra atada al cuello. (s. IV).

Santa Pelagia virgen y mártir.

San Silvano obispo de Gaza y compañeros mártires todos ellos coronados con el martirio durante la misma persecución bajo Diocleciano, al ser decapitados por orden del césar Maximino Daya. (s. IV).

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