Un tenue rayo de luz me despertó aquella mañana. Se colaba tímidamente por la ventana, anunciando que el día no sería como los demás. Escuchaba a lo lejos la voz de mi madre, con esa dulzura que la caracterizaba, sus pasos, se acercaban a mi habitación y como cada mañana, me dio un beso de buenos días, pero… con un brillo especial en su mirada. Con una mano, sostenía unas túnicas moradas recién planchadas, con la otra, acariciaba mi mejilla con un amor que solo las madres conocen. Este momento fue interrumpido por la alegría desbordada de mi hermano, que con un gesto rápido, cogió una de las túnicas y comenzó a ponérsela con ligereza, mientras, a lo lejos, se escuchaba la voz de mi padre, voz firme pero ilusionada, que repetía: “Vamos, Vamos”, apurando el paso del tiempo.
Yo lo sabía, aunque era muy pequeña. Lo sentía en el pecho, en ese cosquilleo difícil de explicar. Aquel no era un día cualquiera. Intuía que estaba a punto de vivir algo importante, algo que quedaría grabado para siempre en mi memoria….
Con mi túnica morada bordeada por un ribete y botones amarillos, caminábamos con paso firme por unas calles bañadas por el resplandor del sol al amanecer. Mi mano apretaba con fuerza la suya, nerviosa, inquieta y llena de emoción. Así caminaba hacia a mi primera procesión de Semana Santa junto a él, junto a mi padre.
Cada vez se escuchaba más y más fuerte el retumbar de los tambores y el resonar de las cornetas, nuestros pasos se aceleraban… ya a lo lejos podía observar la torre de la iglesia y escuchar el repicar de sus campanas.
Por fin llegamos, nos metimos entre la multitud y al instante me vi rodeada de músicos, nazarenos y de esos tambores que no paraban de tocar y me llenaban de emoción. De repente frente a mi había un paso lleno de flores rojas que con unos anderos de túnicas moradas comenzaba a caminar…yo llena de curiosidad mire hacia arriba y observe……El amor, si, el amor en esa mirada llena de sufrimiento, en esas manos ensangrentadas llenas de dolor, en ese cuerpo azotado por todos nosotros…allí lo encontré, allí llenó mi corazón por primera vez, un corazón de niña que no entendía muy bien el sufrimiento pero que descubrió a Cristo en su vida. Por eso, como dijo Nuestro Señor:
“Dejad que los niños se acerque a Mí, no se lo impidáis”.
Doy gracias a mi padre por llevarme hacia Él, por hacerme vivir la Semana Santa desde niña. Estos momentos, estas palabras y este honor de ser pregonera van para ti.
Con los años he comprendido que aquella vivencia no fue solo un recuerdo familiar, sino el reflejo de un pueblo entero educando en la fe, en la tradición y en el respeto. Porque aquella procesión que yo descubrí junto a mi padre fue posible gracias a muchas personas que, antes y ahora, han sabido cuidar y transmitir este legado.
Por eso, permitidme que en este inicio mi palabra se haga saludo y agradecimiento:
A nuestros Párrocos que nos acompañan, nos sostienen en el caminar diario y nos recuerdan el verdadero sentido de estos días. A la Corporación Municipal, por su apoyo y compromiso con las tradiciones que forman parte de la identidad de Socuéllamos. A las Cofradías y Hermandades, alma de nuestras procesiones, por vuestro trabajo constante, silencioso y generoso durante todo el año. Mi reconocimiento también a los Pregoneros y Pregoneras que me han precedido, porque con vuestras palabras habéis ido tejiendo la memoria viva de nuestra Semana Santa. A la Banda de música que hoy nos acompaña. A todos los músicos que con cada nota marcan el caminar de nuestros pasos y son capaces de estremecer el alma de un pueblo entero. A mi familia, raíz de mis valores y de mi fe, por estar siempre a mi lado, por ser mi refugio y mi fuerza, por creer en mí incluso cuando yo dudaba y por estar presente en cada paso del camino. Este momento también es vuestro. Y como no, a todos vosotros, vecinos y vecinas de Socuéllamos, porque sois quienes llenáis nuestros templos y nuestras calles de devoción, respeto y sentimiento compartido.
Mi amargura, la Esperanza de María, A la Gloria, Crucifixión…. Así una tras otra, las pequeñas corcheas, negras, semicorcheas…. Se entrelazan como si de una confección se tratase, hiladas en el pentagrama, dando lugar a esa banda sonora que recorre nuestras calles en estos días, esas melodías que nos llenan el corazón y nos hacen caminar junto a Él, siguiendo sus pasos, unidos a su sufrimiento, mientras nuestros dedos se mueven pronunciando ese lenguaje que lo envuelve todo. La Música
Porque tocar música en estas fechas no es sólo interpretar marchas: Es rezar sin palabras, es acompañar al Señor en su caminar, es consolar a la Virgen en cada nota, es ser puente entre el cielo y la calle, es ofrecer el corazón del pueblo en forma de melodía, sostener el silencio de los nazarenos, envolver con el sonido de nuestras notas a costaleros y anderos, dejar que el viento lleve nuestra fe por cada calle de Socuéllamos, es dejar que el aire que pasa por el instrumento lleve todo lo que somos.
Hoy, voy caminando junto A Ti, Nuestro Padre Jesús Nazareno, junto a mi querido Grupo de Viento Maestro Moragues, recordando aquella poesía que aprendí de niña….Cuando pasa el nazareno de la túnica morada, con la frente ensangrentada, la mirada de Dios Bueno…..cuantas veces retumban en mi cabeza esas palabras aprendidas en el colegio mientras camino a tu lado…porque, lo que de niña llega al corazón, siempre permanece.
De joven caminé con la banda de música y hoy mis pasos van junto a mis compañeros del grupo al lado de mis hijos. Gracias a la música, mi Semana Santa se envuelve en partituras que unen generaciones bajo un mismo compás.
Como la niña que fui, con esos recuerdos, con esos pequeños instantes que han ido forjando mi pasión por estas fechas. Como el conjunto de pequeñas notas musicales que entrelazadas van formando esa melodía que da Luz a cada momento, a cada paso, a cada corazón…La Semana Santa está formada por muchos pequeños gestos, pequeños momentos que juntos la engrandecen.
Porque Dios elige lo pequeño, lo humilde, lo sencillo, a lo largo de la historia bíblica: Recordemos a David, hijo de Jesé, el más joven de sus hermanos, el pastor que nadie veía, y que sin embargo fue llamado por Dios para ser rey.
Recordemos a José, hijo de Jacob y de su amada Raquel, vendido y despreciado, que en su pequeñez llevó a cabo el plan divino.
Recordemos a Moisés humilde y obediente, a quien Dios eligió para liberar a su pueblo y guiarlo hacia la Tierra Prometida.
Recordemos a María, joven sencilla que con humildad y valentía dijo Si al plan de Dios.
Y sobre todo recordemos que Dios mismo se hizo pequeño, se hizo niño en Belén, dependiente y vulnerable, para enseñarnos que la grandeza verdadera se encuentra en la humildad, que el amor se mide en entrega y servicio, que la salvación viene de quien no busca imponerse, sino darse.
Porque Dios no mira el poder, ni los títulos, ni la fuerza del mundo. El elige al pequeño, al olvidado, al que se hace como un niño.
Cada gesto de sencillez en la Biblia, nos habla de El: ese grano de mostaza, el más diminuto de todos en el que está escondida la promesa de un Reino entero; la oveja perdida que es buscada; el pan que se comparte; la oración callada del justo; la lámpara que alumbra en la oscuridad; la semilla que cae en la tierra; la mujer que unge los pies; el enfermo que es tocado; el ciego que recobra la vista. Todo nos habla de su amor sencillo y cercano.
Así en la Semana Santa, los pasos, las marchas, los cofrades y nazarenos, cada gesto de fe, cada vela encendida, cada mirada al Santísimo, nos recuerda que la santidad no grita, sino que camina en silencio y que cada acto sencillo, ofrecido con amor, contiene lo eterno.
Aquel domingo de Ramos, El Señor no entró en Jerusalén como los poderosos del mundo, sino humilde, a lomos de un asno. Y el pueblo sin saberlo del todo, proclamaba una verdad eterna:
¡Hosanna en el cielo, Bendito el que viene en el nombre del Señor!
Esa misma humildad sigue marcando hoy la forma en que Cristo viene a nosotros. Porque, El que atravesó las puertas de la ciudad Santa, se hace presente cada día bajo la apariencia sencilla del pan y del vino.
En la Eucaristía repetimos las mismas palabras de aquel día. Es Él quien viene del cielo, quien se hace pequeño para que lo reconozcas, lo adores y lo comulgues.
Cristo viene a ti, viene para ti, y quiere entrar en tu vida. Y solo desde la humildad se comprende este misterio: el Dios grande que se hace pequeño para habitar en tu corazón.
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Escuchad, escuchad con atención, ya las cadenas rompen el silencio de la noche, se escuchan a lo lejos entre el sonido de la madera arrastrada por el suelo. Ya van contigo Señor, en oración, con el corazón abierto, acompañándote en ese viacrucis que camina por el pueblo de Socuéllamos. Esa cruz que empieza a caminar la llevan los Crucíferos de la Caridad, despacio, con humildad, acercándola a Cristo como quien ofrece lo poco que tiene, llevando una Cruz que no es sólo madera, sino anuncio del amor más grande. Porque incluso en lo pequeño, en un paso lento o en una cruz sencilla, queda la huella de Dios. ¡Caminemos junto a ellos!
¡Velad! ¡Velad conmigo! No lo dejemos solo. Él quiere estar con nosotros. Cuando suena la campana de la ermita de Loreto y esos costaleros llevan sobre sus hombros a Jesús en oración, ¡Todos nos estremecemos! Esa oración íntima en Getsemaní con su Padre, lleno de angustia y dolor y a la vez firme en su plan divino. “No se haga mi voluntad, sino la tuya” No dejemos solo al Señor en estos momentos “Velad con El”.
“Aquí tenéis al Hombre” Ecce Homo. El Dios que no se esconde del dolor, El Dios que se deja mirar en su fragilidad. Jesús es presentado al pueblo, herido y humillado. Porque hoy no miramos sólo a una imagen. Miramos al Siervo anunciado por Isaías, “despreciado y desechado por los hombres, varón de dolores”
Entregado, manso, con las manos atadas, la corona de espinas y la túnica morada como nuestro Jesús Nazareno a quien el pueblo de Socuellamos ofrece su devoción besando sus pies. Ese Jesús Nazareno que de niña no podía parar de mirar, porque sentía que me hablaba, que me miraba con amor y cariño. Siempre en mis desvelos oraba con El y ahora envuelta en melodías sigo sus pasos en procesión, rodeada del sonido de los tambores, cornetas, flautas, clarinetes……
En mi mente Tu rostro, rostro con ojos hondos y cansados que no juzgan, comprenden y aman. En ellos habita la paciencia de quien ha esperado siglos por cada corazón. En mi mirada, ese paso, que suavemente los costaleros levantan y como barca que es mecida por el oleaje, llevan su caminar, con ese esfuerzo escondido, con cada una de las historias que brotan en los corazones que tienen sed de Ti. Y así, paso a paso, costaleros, músicos y nazarenos nos fundimos en una misma oración por las calles de nuestro pueblo.
De su costado abierto brota la vida misma “Al instante salió sangre y agua” Es la Preciosísima Sangre de Cristo, derramada por nosotros, sin medida. Es la cofradía de mis antepasados, de mis raíces. En ella está mi infancia, mis abuelos, mis padres, hermano, sobrinos, tíos, primos y primas. Esa túnica morada y capuchón amarillo, Jesús amarrado a la columna, el paso de San Juan y María que mi padre como cuadrillero y mi tío Jesús sacaron en procesión, El cirineo, Jesús de las tres caídas, el resucitado… Tantos momentos inolvidables vividos. Un recuerdo muy especial a mi prima Pilar que hoy sigue llevando este legado familiar acompañando a Jesús con esta cofradía por las calles de Socuellamos, porque con ella vamos todos nosotros.
El amor llega hasta el final y el cuerpo de Jesús desciende de la cruz para descansar en los brazos de su Madre.
Madre…..esta palabra, me cuesta pronunciarla, porque me conmueve en lo más profundo. Madre es el amor sin medida, la entrega silenciosa, la ternura que sostiene y la fuerza que no se quiebra. Es refugio, raíz, hogar y para mi es…..ausencia, la nostalgia de quien no está y sin embargo, sigue viviendo en cada recuerdo, porque cada vez que pronuncio Madre, sé que ella está conmigo.
Y así, vemos en la Piedad, a una madre que sostiene el mayor de los dolores. Porque contemplar a la Virgen María, sosteniendo a su hijo yacente tras el Calvario, nos corta el alma de emoción: María lo sostiene en sus brazos y el mundo se detiene. Sus manos, que un día lo acunaron, ahora acarician sus heridas; sus ojos llenos de lágrimas, miran un rostro en silencio. La madre que llora, que abraza, que acaricia, que acompaña el dolor con amor infinito.
En Belén, esa misma madre nos mostró otra Piedad: el niño entre sus brazos, tan pequeño, tan frágil, tan lleno de luz y esperanza. La misma ternura, pero invertida en el tiempo: de la cuna humilde al madero cruel, de la alegría callada del nacimiento a la entrega total de la Cruz. La Piedad y el Belén nos enseñan que la verdadera Luz del mundo siempre encuentra en el corazón de una madre el lugar donde nacer y el lugar donde morir para salvarnos.
Y ese dolor tiene el rostro de María, acompañada por su pueblo. Es la Virgen de los Dolores, atravesada por la pena, que nos enseña a cargar nuestras cruces con valentía; es Esperanza, firme cuando todo parece perdido, que ilumina nuestros corazones y guía nuestros pasos; y es Soledad, permaneciendo en la noche sin huir, silenciosa y serena, vestida de luto, cuyos ojos profundos reflejan el dolor de una madre y la ternura de quien nunca abandona. Una mirada triste pero llena de amor, recorre nuestras calles en la noche del Sábado Santo.
Pero incluso en esa noche, la historia no se rompe. Porque al tercer día, cuando nadie lo esperaba, se escucha la palabra que lo cambia todo: “No está aquí, ha resucitado”
Y es entonces cuando entendemos…..Que la cruz no es el final. Que el dolor no tiene la última palabra. Que Dios pasa por el mundo quedándose en lo pequeño, en una cruz humilde, en una madre fiel, en un pueblo que camina.
Por eso, cada Semana Santa, Socuéllamos no sólo recuerda estos momentos de nuestro Señor Jesucristo, ¡los vive! Los vive en la calles y también con El dentro de la iglesia, en el corazón de la comunidad, donde la fe se hace oración y encuentro.
“Amaos unos a otros como yo os he amado” ¡Es Jueves Santo! Recordamos la Última cena de Jesús. Él nos mostró la grandeza del servicio lavando los pies de sus discípulos con humildad y sencillez. Se inicia el Triduo Pascual y se adora el Monumento. ¡Velad! ¡Velad Conmigo!
Acerquémonos a la Cruz con reverencia, con el corazón encogido y la mirada limpia de los niños, que saben ver la luz en medio de la sombra. Y así, en el silencio, en comunidad contemplamos un momento cargado de misterio y emoción: “Aquí está el árbol de la Cruz donde estuvo clavada la salvación del Mundo”.
La oscuridad se rompe con la Luz que no muere. Así en la Vigilia Pascual Jesús resucita y nos invita a caminar con El, a dejar que su Luz transforme nuestra vida y a reconocer que todo lo vivido culmina en alegría, en vida y en esperanza eterna.
La Semana Santa que no termina en la cruz, sino en la resurrección que nos hace libres, que nos llena de luz y que nos recuerda que lo pequeño y humilde puede contener la gloria más grande.
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Eligió una cuna en Belén, pequeña y pobre, para encender en la noche del mundo una Luz que ya nadie podría apagar.
Desde entonces, ¡Jesús es la Luz!, la que nace frágil, la que camina entre nosotros, la que se entrega en la cruz y resplandece victoriosa en la mañana de Pascua.
Y así como esa Luz se hizo pequeña para acercarse a nosotros, esa Luz también se ve reflejada en los corazones puros, en los ojos llenos de asombro y en la ternura de los niños.
Porque en la mirada de los niños te veo cada día. Ellos me sacan siempre una sonrisa, escuchan atentos cada relato bíblico, cada parábola, cada milagro, con ojos brillantes y con el corazón abierto como quien espera recibir un tesoro del cielo.
Vosotros, mis queridos niños, tenéis la sencillez que necesitamos los adultos, esa sencillez que nos recuerda que Dios se deja encontrar, en lo más pequeño, en lo más puro, en vuestra mirada.
Ellos observan nuestras procesiones con los ojos muy abiertos, miran los pasos sin entender de detalles ni de historias antiguas. No ven arte ni tradición: ven a Jesús herido. Y, como dice aquella poesía de José María Gabriel y Galán que aprendí en el colegio, sus corazones no soportan la injusticia. Por eso, aprietan el puño del alma y sienten el impulso limpio y valiente de querer defenderlo.
Por qué el niño cree que a Cristo no se le contempla, se le ampara. Así siente un niño la Semana Santa, con la valentía pura de quien aún cree que el bien puede salir al encuentro del dolor.
Son la mirada limpia que hoy entiende a Cristo sin explicaciones. Ellos no solo son el futuro que esperamos, ¡son nuestro presente!
Como decía San Juan Bosco “No basta amar a los niños, es preciso que ellos se den cuenta que son amados”
O San Felipe Neri con su frase Sed Buenos… ¡si podéis! Reflejando así el deseo de felicidad y santidad de los niños, sin orgullo, sin malicia, con alegría y sencillez.
O Santa Teresita del Niño Jesús cuando decía: “Hay que saber reconocer desde la infancia lo que Dios pide a las almas y secundar la acción de su gracia”
El papa Francisco, en una audiencia nos dijo: “Los niños son un gran don para la humanidad y para la iglesia” afirmando que los niños son un regalo precioso y que sin ellos el mundo sería “triste y gris”
Ellos te descubren, con el corazón limpio, con la sonrisa más sincera. Ellos saben encontrarte donde a veces no miramos.
NIÑOS:
---Te vemos en nuestros abuelos, cuando nos abrazan con cariño y nos dicen bajito, que nos quieren.
---Te vemos cuando alguien sonríe y nos hace sentir bien.
---Te vemos en nuestras catequistas porque nos hablan de Ti con cariño y paciencia.
---Te vemos en nuestros amigos, cuando nos ayudan en la tristeza y nos tienden su mano cuando nos caemos.
--- Te vemos en nuestros padres cuando nos cuidan, alimentan se preocupan por nosotros con un amor infinito y sobre todo cuando nos acercan a Ti.
--- ¡Ayudarnos a descubrirlo a sentirlo, a vivir esta Semana Santa a su lado!
¡A su lado siempre! porque Cristo se detiene y llama. No derriba la puerta, no exige entrada:
“He aquí, yo estoy a la puerta y llamo: si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él, y él conmigo”.
Llama como nació: con humildad.
Llama como vivió: en lo pequeño.
Llama como se entregó: sin reservas.
Y ahora, Señor, déjame hablar contigo un momento, como habla un niño, sin palabras grandes, con el corazón abierto y mirándote a los ojos.
Jesús, Tú que entraste en el mundo en silencio y lo cambiaste todo, enséñanos a mirar como miras Tú. A mirar a nuestro pueblo, a Socuéllamos, con amor, con paciencia, con verdad.
Míranos, Jesús, cuando salimos a la calle para verte pasar. Míranos con nuestras prisas, con nuestras diferencias, con nuestras ganas de hacerlo bien y nuestras torpezas de cada día.
Quédate, Señor, en nuestras cofradías. Que no falte el cariño, que no falte el respeto, que no falte nunca el gesto sencillo que une más que mil palabras.
Cuando te veamos cargar con la Cruz, recuérdanos que el amor pesa, pero salva. Y cuando te veamos caer, enséñanos a levantarnos unos a otros.
Jesús, que esta Semana Santa no se quede en unos días. Haz de nuestras calles Evangelio, de nuestras manos ayuda, de nuestros ojos compasión, de nuestros labios palabras de aliento y de nuestros corazones amor sin medida.
Que aprendamos de Ti, a perdonar, a compartir, a acoger, que aprendamos a ser pueblo, a ser hermanos.
Y cuando se apaguen los cirios y vuelva el silencio… ¡No te vayas! ¡Quédate con nosotros!
Porque si Tú caminas con Socuéllamos, nuestro pueblo será Luz. Y si vivimos como Tú nos enseñaste, cada día de nuestra vida será una pequeña Semana Santa vivida con amor.
Por eso, os invito a vivir la Semana Santa desde lo sencillo, desde lo humilde, desde lo cotidiano. Que no busquemos grandes gestos, sino pequeños actos de amor y de fe.
Vividla en un abrazo que consuele.
Vividla en una vela encendida con devoción.
Vividla en una oración callada.
Vividla en la calle, cuando Jesús pase despacio ante nosotros. Que aprendamos a mirarlo en silencio y a dejarnos mirar por Él.
Vividla dentro del templo, en los oficios, en las lecturas, en la contemplación silenciosa de un altar, en llevar una flor a María…
Vividla en esas canciones que elevan nuestra alma, como nos dijo San Agustín, cuando descubrió que la música es capaz de levantar el corazón hacia Dios.
Y así, que en esta Semana Santa, sepamos reconocerlo en el que sufre, en el que calla, en el que necesita consuelo en los gestos humildes que pasan desapercibidos.
Todas las cofradías somos parte de un mismo corazón, de una misma fe, de un mismo misterio. Que la unidad no sean sólo palabras, sino gestos:
Ayudarnos unas a otras, escucharnos, sostenernos, caminar juntas en humildad y entrega. Porque en lo pequeño Dios se hace presente y en la unidad, la fe se hace fuerte.
Él es la Luz del Mundo, una luz mansa, nacida en Belén, sostenida en la Cruz y encendida para siempre en la Pascua.
¡Abrámosle la puerta! Y dejemos que su Luz, nacida en lo pequeño, haga de nuestra vida una Pascua entera.
Que este pregón quede en el corazón de cada uno, como un latido que nos une.
¡Muchas Gracias! María Pilar Ruiz Alcolea




























