Bajo la inspiración de A. Ovejero. Definición de ergofobia; de Benito Cantero

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Nuestra “democrática” sociedad ha desarrollado un valioso rechazo hacia la violencia a menores y de género; sin embargo, no ha hecho lo propio hacia el acoso laboral. De tal suerte que en el trabajo se puede “aniquilar” a gente sin correr riesgo alguno.

Este “hábitus” es reprobable en cualquier organización, tanto pública como privada; ya sea por acción u omisión. Si no se ataja el problema, es porque no se quiere; posiblemente por intereses que redundan en el poder, en el control desde un laboratorio de ingeniería social; con el fin último de que se instale el miedo reforzador y legitimador de este tipo de “relaciones”.

Relaciones de dominio que cuentan con el respaldo de una sociedad postmoderna que no puede ver la violencia física, pero consiente con la psicológica. Ésta, más sofisticada y por ello más difícil de demostrar desde el punto de vista penal y que, además, cuenta con la indiferencia y el individualismo frutos de un despiadado darwinismo social.

A la postre, las consecuencias van más allá de la persona acosada. El clima de organización se deteriora sustancialmente; se trunca la carrera profesional para los que se ven engullidos por la consecuencia última del miedo, el pánico paralizante que cuando está inoculado, trasciende a los no acosados que también pueden comenzar a sentirse amenazados.

Las auténticas prácticas democráticas son las únicas que pueden luchar contra esta plaga. De lo contrario seguirán menguando los derechos laborales a favor del miedo y del sufrimiento.

Benito Cantero Ruiz. Catedrático de Geografía e Historia y Doctor en Antropología

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Este “hábitus” es reprobable en cualquier organización, tanto pública como privada; ya sea por acción u omisión. Si no se ataja el problema, es porque no se quiere; posiblemente por intereses que redundan en el poder, en el control desde un laboratorio de ingeniería social; con el fin último de que se instale el miedo reforzador y legitimador de este tipo de “relaciones”.

Relaciones de dominio que cuentan con el respaldo de una sociedad postmoderna que no puede ver la violencia física, pero consiente con la psicológica. Ésta, más sofisticada y por ello más difícil de demostrar desde el punto de vista penal y que, además, cuenta con la indiferencia y el individualismo frutos de un despiadado darwinismo social.

A la postre, las consecuencias van más allá de la persona acosada. El clima de organización se deteriora sustancialmente; se trunca la carrera profesional para los que se ven engullidos por la consecuencia última del miedo, el pánico paralizante que cuando está inoculado, trasciende a los no acosados que también pueden comenzar a sentirse amenazados.

Las auténticas prácticas democráticas son las únicas que pueden luchar contra esta plaga. De lo contrario seguirán menguando los derechos laborales a favor del miedo y del sufrimiento.

Benito Cantero Ruiz. Catedrático de Geografía e Historia y Doctor en Antropología

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