«DALIA, NOMBRE DE MUJER» Por María Dolores Jiménez López.

- Publicidad -

"DALIA, NOMBRE DE MUJER" Por María Dolores Jiménez López, de Socuéllamos


Son como la noche más cerrada y con los luceros más brillantes que os podáis imaginar. Te miran y te pierdes en ellos como si te hundieras en un agujero negro del espacio; te examinan, te estudian, te exploran y, si los ves brillar, tienes su aprobación. Ahora están cansados y alrededor de ellos se marcan las huellas de toda una vida; son surcos muy labrados, muy trabajados por una larga serie de años; los han dejado marcados tristezas, penas, lágrimas, suspiros y también risas, carcajadas, alegrías, emociones y el pasar del tiempo: segundos, minutos, horas, días… La vida. Son ojos negros como el azabache, oscuros y profundos, inquietantes, misteriosos y pícaros.

Ahora te miran detrás de los cristales de sus gafas, que se le bajan a la punta de la nariz; nariz aguileña que demuestra todo su carácter, segura de sí misma. Mujer como pocas he conocido. La primera impresión que recibes de ella es indescriptible; sin ser bella físicamente, te impacta, hace que te vuelvas a mirarla y te pares a observarla, y ella lo nota y se vuelve despacio, porque ya los reflejos se van perdiendo, y te mira de arriba abajo y te observa y te estudia. Sentí gran curiosidad por ella, por saber lo que sentía, por escucharla, por oír sus quejas y gruñidos, que ahora son más frecuentes.

Mi nombre es DALIA —me dice— y me pide que la saque al jardín; no soporta el estar encerrada. Quiere luz, aire y sol; quiere libertad, oír los pájaros, el zumbido de las hojas de los árboles al chocar con el viento; quiere sentir las gotas de lluvia en los cristales de sus gafas. Y el sol, divino astro, que sus rayos la toquen, que marquen sus arrugas, que sigan dorando su piel morena. Llora, gime, increpa; de su boca salen los descalificativos que ni te puedas imaginar cuando te pregunta la hora y sabe que tiene que retirarse a su cuarto, y cuando la acompañas te aprieta la mano, te mira a los ojos y se le escapan unas lágrimas. Quiere morirse. Mañana será otro día.

Y llega el nuevo día. Me pide que le encienda un cigarrillo. Lleva su pitillera colgada del cuello; las demás residentes hablan de ella a escondidas, la llaman fresca, y ella les hace una mueca. Antes se lo encendía ella, pero un día se le cruzó la idea de que la atacaban unos seres brillantes y decidió pegarles fuego para que desaparecieran, y casi acaba ella con todo lo que se movía por allí, incluida ella junto con sus amiguitos que venían a buscarla. Al principio se enfadó y no lo entendía, pero ahora te lo pide por favor. Se sienta en un banco en el jardín, dándole los rayos de sol en la cara; le enciendo el cigarrillo, la primera bocanada de humo me la trago. Cuánto tiempo llevaba sin sentirlo; sí, lo siento, fumé y lo echaba de menos; el olor del tabaco me hizo sentirme bien, me relajo y me siento con ella. Me da la mano y empieza a hablar, con la mirada al frente, sin fijarla en nada en concreto.

Nací en un pueblo de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, de los que cruzaba Don Quijote a lomos de su caballo; ni qué contar, sino que éramos una familia pobre y con muchos hermanos, y dentro de la casa convivíamos padres, hermanos, abuelos, una tía soltera que nunca se casó, otra tía que se fue monja y un primo que se metió a cura para poder comer: una típica familia de las de entonces. Y llegó la guerra, y no da lugar a contar de qué bando éramos, porque por desgracia había de los dos lados; nadie te preguntaba por ideas: te cogían, y lo mismo unos que otros; ni color, ni idea, ni razón de ser, ni cristiano ni ateo.

Abandonamos pronto el pueblo; tenía yo unos diez años y ya estaba harta de trabajar de sol a sol, las manos encallecidas y de comer, ni te cuento: más bien poco. Primero se fueron los mayores y, cuando estuvieron más o menos situados, nos llevaron a los pequeños, y allí apareció DALIA en Madrid. Las películas de Paco Martínez Soria, de cuando llegaba a la capital, se quedan en agua de borrajas cuando aparecimos nosotros. Mi hermano mayor y su mujer eran asistentes de un alto cargo del Ejército y allí me pusieron a ser ayudante de la criada que atendía a los hijos de la señora; pensad que una de las hijas era mayor que yo solo un par de años; imaginad lo que ayudaba yo: era a jugar con ellos.

Eso sí, tengo que dar gracias: estaba bien comida, con desayuno, merienda, comida y cena; bien vestida; y aprendí a leer y a escribir y a hacer operaciones de álgebra, mucho más que las cuatro reglas que sabían chicos mayores que yo. Y vaya si aprendí de memoria el catón; además iba a misa todos los domingos y a rezar el rosario, y hasta llegué a ir a practicar ejercicios espirituales. Luego ellos se fueron a internados fuera de España y yo seguí de asistenta personal de la señora. Así pasaron los años, y los hijos de la señora, mis compañeros de juegos, se fueron casando y teniendo hijos y se marcharon a los Estados Unidos de América. Y ni más ni menos: allí se llevaron a DALIA a cuidar de sus hijos y aparecí en Washington sin saber ni papa de “americano”, bueno, de inglés, y aprendí a tratar con los militares del Pentágono; a comer a las doce del mediodía y a cenar a las cinco de la tarde; a celebrar Acción de Gracias y a comer mazorca de maíz; a hablar con el “por favor” siempre por delante y las gracias por detrás; y enseñé a mis niños a no olvidar el castellano, a jugar en la calle, a que disfrutaran del aire libre, a comer comida de verdad y a que todos los americanos y yo no olvidáramos a España.

Allí estuve cuarenta años y no me casé, siempre con mis niños. No conocí varón, y no porque no tuviese pretendientes, sino porque me sentí traicionada por la vida: ni la cultura ni la educación cambiaban a las personas, y allí era igual que en todas partes; el señorito, el amo, se llevaban muy poco con el patrón, el general, y las criadas, asistentas, niñeras, institutrices éramos iguales para ellos. Por lo que me dediqué en cuerpo y alma a mis niños, y cuando llegué a perder reflejos y mis movimientos eran más lentos y se me olvidaban algunas cosas, me regresaron a España. ¿Y ahora qué, DALIA? ¿Dónde voy? Me vuelvo a mi pueblo y, con mi dinero en la cartilla del banco (bastante, por cierto, porque no gasté nada de todo lo que gané trabajando), arreglo la casa de mis padres y me instalo allí. Y qué bien: todos los veranos acudían mis sobrinos y seguí dedicándome a mi oficio de cuidar niños; me dejaban a los suyos porque tenían que trabajar.

Pero un día DALIA se cae y se rompe la cadera y ahora la tía que viene de los Estados Unidos de América ya no interesa: hay que cuidarla a ella y no podemos. De casa en casa, un día encuentran la solución: donde mejor vas a estar cuidada, atendida, es en una residencia. “Mira, DALIA —me dicen—, tienes tu propia habitación, con tu tele, con un balconcito que da al jardín; puedes salir a fumar, leer tu periódico y tus libros y todos los domingos vendremos a verte”. Y mira, sí que tengo mi propia habitación; sigo fumando; leer ya no puedo y creo que los domingos han desaparecido del calendario.

Día tras día, salgo a tomar el sol, el aire, a coger frío; me guardo un trozo de pan que me sobra de la comida y se lo doy a los gatos que andan merodeando por el jardín. A que me den rosetas para picar y mi Coca-Cola, otra costumbre que no he olvidado; mi café cortito (ahora ya es descafeinado, que sí me he dado cuenta); y que me enciendan mi cigarro; a que alguien, por compasión, escuche mis historias; me aguanten mis improperios cuando me enfado y hasta que me cambien el pañal. Pero eso sí, sigo siendo DALIA, nombre de mujer.

- Publicidad -
spot_imgspot_imgspot_imgspot_img
spot_imgspot_imgspot_imgspot_img
spot_img
spot_imgspot_imgspot_imgspot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img

MÁS NOTICIAS

«DALIA, NOMBRE DE MUJER» Por María Dolores Jiménez López.

- Publicidad -

"DALIA, NOMBRE DE MUJER" Por María Dolores Jiménez López, de Socuéllamos


Son como la noche más cerrada y con los luceros más brillantes que os podáis imaginar. Te miran y te pierdes en ellos como si te hundieras en un agujero negro del espacio; te examinan, te estudian, te exploran y, si los ves brillar, tienes su aprobación. Ahora están cansados y alrededor de ellos se marcan las huellas de toda una vida; son surcos muy labrados, muy trabajados por una larga serie de años; los han dejado marcados tristezas, penas, lágrimas, suspiros y también risas, carcajadas, alegrías, emociones y el pasar del tiempo: segundos, minutos, horas, días… La vida. Son ojos negros como el azabache, oscuros y profundos, inquietantes, misteriosos y pícaros.

Ahora te miran detrás de los cristales de sus gafas, que se le bajan a la punta de la nariz; nariz aguileña que demuestra todo su carácter, segura de sí misma. Mujer como pocas he conocido. La primera impresión que recibes de ella es indescriptible; sin ser bella físicamente, te impacta, hace que te vuelvas a mirarla y te pares a observarla, y ella lo nota y se vuelve despacio, porque ya los reflejos se van perdiendo, y te mira de arriba abajo y te observa y te estudia. Sentí gran curiosidad por ella, por saber lo que sentía, por escucharla, por oír sus quejas y gruñidos, que ahora son más frecuentes.

Mi nombre es DALIA —me dice— y me pide que la saque al jardín; no soporta el estar encerrada. Quiere luz, aire y sol; quiere libertad, oír los pájaros, el zumbido de las hojas de los árboles al chocar con el viento; quiere sentir las gotas de lluvia en los cristales de sus gafas. Y el sol, divino astro, que sus rayos la toquen, que marquen sus arrugas, que sigan dorando su piel morena. Llora, gime, increpa; de su boca salen los descalificativos que ni te puedas imaginar cuando te pregunta la hora y sabe que tiene que retirarse a su cuarto, y cuando la acompañas te aprieta la mano, te mira a los ojos y se le escapan unas lágrimas. Quiere morirse. Mañana será otro día.

Y llega el nuevo día. Me pide que le encienda un cigarrillo. Lleva su pitillera colgada del cuello; las demás residentes hablan de ella a escondidas, la llaman fresca, y ella les hace una mueca. Antes se lo encendía ella, pero un día se le cruzó la idea de que la atacaban unos seres brillantes y decidió pegarles fuego para que desaparecieran, y casi acaba ella con todo lo que se movía por allí, incluida ella junto con sus amiguitos que venían a buscarla. Al principio se enfadó y no lo entendía, pero ahora te lo pide por favor. Se sienta en un banco en el jardín, dándole los rayos de sol en la cara; le enciendo el cigarrillo, la primera bocanada de humo me la trago. Cuánto tiempo llevaba sin sentirlo; sí, lo siento, fumé y lo echaba de menos; el olor del tabaco me hizo sentirme bien, me relajo y me siento con ella. Me da la mano y empieza a hablar, con la mirada al frente, sin fijarla en nada en concreto.

Nací en un pueblo de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, de los que cruzaba Don Quijote a lomos de su caballo; ni qué contar, sino que éramos una familia pobre y con muchos hermanos, y dentro de la casa convivíamos padres, hermanos, abuelos, una tía soltera que nunca se casó, otra tía que se fue monja y un primo que se metió a cura para poder comer: una típica familia de las de entonces. Y llegó la guerra, y no da lugar a contar de qué bando éramos, porque por desgracia había de los dos lados; nadie te preguntaba por ideas: te cogían, y lo mismo unos que otros; ni color, ni idea, ni razón de ser, ni cristiano ni ateo.

Abandonamos pronto el pueblo; tenía yo unos diez años y ya estaba harta de trabajar de sol a sol, las manos encallecidas y de comer, ni te cuento: más bien poco. Primero se fueron los mayores y, cuando estuvieron más o menos situados, nos llevaron a los pequeños, y allí apareció DALIA en Madrid. Las películas de Paco Martínez Soria, de cuando llegaba a la capital, se quedan en agua de borrajas cuando aparecimos nosotros. Mi hermano mayor y su mujer eran asistentes de un alto cargo del Ejército y allí me pusieron a ser ayudante de la criada que atendía a los hijos de la señora; pensad que una de las hijas era mayor que yo solo un par de años; imaginad lo que ayudaba yo: era a jugar con ellos.

Eso sí, tengo que dar gracias: estaba bien comida, con desayuno, merienda, comida y cena; bien vestida; y aprendí a leer y a escribir y a hacer operaciones de álgebra, mucho más que las cuatro reglas que sabían chicos mayores que yo. Y vaya si aprendí de memoria el catón; además iba a misa todos los domingos y a rezar el rosario, y hasta llegué a ir a practicar ejercicios espirituales. Luego ellos se fueron a internados fuera de España y yo seguí de asistenta personal de la señora. Así pasaron los años, y los hijos de la señora, mis compañeros de juegos, se fueron casando y teniendo hijos y se marcharon a los Estados Unidos de América. Y ni más ni menos: allí se llevaron a DALIA a cuidar de sus hijos y aparecí en Washington sin saber ni papa de “americano”, bueno, de inglés, y aprendí a tratar con los militares del Pentágono; a comer a las doce del mediodía y a cenar a las cinco de la tarde; a celebrar Acción de Gracias y a comer mazorca de maíz; a hablar con el “por favor” siempre por delante y las gracias por detrás; y enseñé a mis niños a no olvidar el castellano, a jugar en la calle, a que disfrutaran del aire libre, a comer comida de verdad y a que todos los americanos y yo no olvidáramos a España.

Allí estuve cuarenta años y no me casé, siempre con mis niños. No conocí varón, y no porque no tuviese pretendientes, sino porque me sentí traicionada por la vida: ni la cultura ni la educación cambiaban a las personas, y allí era igual que en todas partes; el señorito, el amo, se llevaban muy poco con el patrón, el general, y las criadas, asistentas, niñeras, institutrices éramos iguales para ellos. Por lo que me dediqué en cuerpo y alma a mis niños, y cuando llegué a perder reflejos y mis movimientos eran más lentos y se me olvidaban algunas cosas, me regresaron a España. ¿Y ahora qué, DALIA? ¿Dónde voy? Me vuelvo a mi pueblo y, con mi dinero en la cartilla del banco (bastante, por cierto, porque no gasté nada de todo lo que gané trabajando), arreglo la casa de mis padres y me instalo allí. Y qué bien: todos los veranos acudían mis sobrinos y seguí dedicándome a mi oficio de cuidar niños; me dejaban a los suyos porque tenían que trabajar.

Pero un día DALIA se cae y se rompe la cadera y ahora la tía que viene de los Estados Unidos de América ya no interesa: hay que cuidarla a ella y no podemos. De casa en casa, un día encuentran la solución: donde mejor vas a estar cuidada, atendida, es en una residencia. “Mira, DALIA —me dicen—, tienes tu propia habitación, con tu tele, con un balconcito que da al jardín; puedes salir a fumar, leer tu periódico y tus libros y todos los domingos vendremos a verte”. Y mira, sí que tengo mi propia habitación; sigo fumando; leer ya no puedo y creo que los domingos han desaparecido del calendario.

Día tras día, salgo a tomar el sol, el aire, a coger frío; me guardo un trozo de pan que me sobra de la comida y se lo doy a los gatos que andan merodeando por el jardín. A que me den rosetas para picar y mi Coca-Cola, otra costumbre que no he olvidado; mi café cortito (ahora ya es descafeinado, que sí me he dado cuenta); y que me enciendan mi cigarro; a que alguien, por compasión, escuche mis historias; me aguanten mis improperios cuando me enfado y hasta que me cambien el pañal. Pero eso sí, sigo siendo DALIA, nombre de mujer.

- Publicidad -

spot_imgspot_imgspot_imgspot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img

MÁS NOTICIAS

client-image