Antes del siglo XIX, el noble oficio del arte era un desempeño artesanal. Pero oficio justificado por cuanto que fue Dios mismo quien lo inventó como primer escultor, al modelar de barro al primer hombre, y a los seres vivos (Gn, 2,7, 19), y el primer pintor, pues la naturaleza, está dotada de luz y color.
Durante la controversia entre iconoclastas e iconódulos, en Occidente, más permisivo, la cuestión de la licitud de la imagen sagrada no fue tan virulenta como en Bizancio. El Concilio de Nicea (787) justificó el culto (“veneración respetuosa”) a las imágenes sagradas. Con todo, San Bernardo, entre otros, se opondría a las imágenes por considerarlas inadecuadas para lo que debía ser la vida de los monjes. Más tarde esta postura iconoclasta también la abrazaría el Protestantismo. Como reacción, el Concilio de Trento reafirmó la legitimidad de las imágenes por su eficacia didáctica, eso sí, con un mayor control, de ahí que al pintor se le exigía veracidad para que la imagen fuese fiel al misterio de la Encarnación: Cristo, Dios hecho hombre, es el supremo Icono. Por ello, en Bizancio, la realización de iconos siempre fue una actividad primordial de los monasterios; mientras, en la Europa Occidental, en el medievo, lo normal era que los artistas fueran laicos que debían materializar lo programado por la mente de un teólogo.
Con el Renacimiento, primero y la Contrarreforma, después, muchas cosas cambiarían tanto en la estética como en el tratamiento de los temas, de manera que la creación artística, tanto sagrada como profana, al final, pudo ejercerse con cierta libertad, en una sociedad cada vez más secularizada. Pero no olvidemos que la pérdida de la cultura religiosa es una consecuencia negativa de esta secularización. Para cualquiera que se acerque a una obra de arte sacro, su estudio puede hacerlo sin fe, pero no sin conocimiento. La Historia del Arte no es sólo el estudio de unas reglas técnicas concretas, de un desarrollo formal determinado, ni la secuencia cronológica de obras o artistas. Es, y debe ser, el estudio de la Historia, en su máxima dimensión; la cultura, el pensamiento, las creencias religiosas…. Por eso es, Historia del Arte.
Benito Cantero Ruiz. Catedrático de Geografía e Historia y Doctor en Antropología




























