LA HERMANA EUSEBIA. Misionera socuellamina.

Compartimos con los lectores un obituario sobre esta socuellamina que se consagró al Señor y partió a otros países como misionera.

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La Cisterna, 7 de abril de 2024

El 8 de marzo de este año 2024, el Señor vino a buscar a nuestra hermana EUSEBIA GIMÉNEZ FERNÁNDEZ, más conocida como "Marta", a las 18:20 horas, para llevarla a Su Presencia, y regalarle el gozo eterno tan ardientemente deseado por ella. Tenía 96 años, 4 meses y o días de edad y 75 años, 4 meses y 13 días de Insituto, habiendo celebrado sus Bodas de Diamante con toda consciencia, claridad, entusiasmo y agradecimiento en nuestra Capilla de La Cisterna.

Eusebia nació en Socuéllamos, Ciudad Real, de una familia muy católica. Sus padre Julián y Margarita, tuvieron un hijo varón y tres mujeres, siendo Eusebia la más pequeña y consentida de todos, y la preferida de su padre. Desde pequeña siente una fuerte atracción hacia los pobres y desvalidos, que con frecuencia visitaba para aliviarles en lo que podía.

Finalizada la Guerra Civil, fueron a Socuéllamos las Catequistas María Luisa Thomas y Pilar Cid de Rivera, invitando a los hombres a una reunión en el teatro donde les citaron para la misión. Eusebia, que siempre acompañaba a su padre, se conló con él y quedó fascinada, ofreciéndose a visitar con ellas las casas del pueblo.

Un día, regresando a su casa por un callejón, cuenta ella, sintió clarísimamente la llamada del Señor. Quiso entonces entrar al Instituto, pero su padre no se lo permitió, por lo que esperó a tener la mayoría de edad, 21 años, y casi al mes de cumplirlos hizo su entrada en el Noviciado de Loyola. Su padre se quedó disgustado, pero al poco tiempo, viendo a su hija feliz en su decisión, comenzó a ser un gran aliado de las Catequistas, proveyéndolas de los productos del campo y estando en todo momento dispuesto a ayudar.

Eusebia era alta, bien parecida, de gran personalidad, con un carácter fuerte y poseedora de un gran vozarrón. Sabía lo que quería y no se regateó en entregarse del todo al Señor y de emplear todas sus fuerzas y energías en servir a las hermanas en el Noviciado. Sus connovicias le decían a veces "Marta" por su parecido a la Marta de Betania en el Evangelio, pero ya en el Juniorado la llamaban así con mucha más frecuencia. Francamente, tenía vocación de misionera. La Madre General de ese entonces (Madre Mercedes Colomer) la llamaba cariñosamente "mi hija del trueno". Su primer destino fue Madrid, y colaboró con María Josefa Asurmendi abriendo el nuevo Centro en el barrio de Usera. Sin embargo, su felicidad fue total cuando es destinada al Ecuador y embarca rumbo a nuevas tierras como misionera. En ese momento tenía solamente los Votos Temporales, y cumplió los 27 años de edad en el barco. Como detalle muy significativo de su fidelidad y entrega, lleva, por encargo de la Madre General, el anillo para hacer los Votos Perpetuos en Manta, donde iban a fundar.

Es en Manta donde su nombre, Eusebia, suena un poco raro y no común, lo que le mueve a exponer por carta la situación a la Madre General. A vuelta de correos, recibe una carta en la que la Madre le dice: "Mi querida hija Marta Eusebia" y, desde este momento, nos cuenta, se dio cuenta que tenía permiso para utilizar "Marta" como nombre y comenzaron todos a llamarla así.

A partir de entonces, nuestra "Marta" despliega toda su energía y entusiasmo en la nueva fundación. Recorre los inmensos cafetales manabitas en una época donde sentados en el suelo en patios enormes se seleccionaban los granos de café y les hablaba de Dios y los invitaba al nuevo Centro OSCUS que comenzaban a abrir en Manga, gracias a la cuasi donación de un terreno que un señor le vendió por un precio simbólico. Invita a las señoras y las entusiasma con la labor apostólica. Los inicios en el Centro fueron sin el material que ahora usamos. Marta recuerda a las mujeres sentadas en el suelo con sus papeles de trazos o telas sujetas con piedrecitas en las clases de costura, pero felices de aprender y del trato que recibían.

Como en esos entonces no existían "planes pastorales", dice ella, hacíamos lo que Dios nos inspiraba y, armada con su ardor misionero, sudando a pleno sol ecuatorial, sin querer usar sombrero, recorre los campos manabitas sin escatimar esfuerzos, llegando a lugares extremos y solitarios donde la pobreza tenía su vivienda.

Misionera enardecidad, andariega, recorrió los campos de Manabí visitando humildes chozas, hablando con todos, hombres, mujeres, niños, diciéndoles con su buen timbre de voz que el Padre Dios los amaba con ternura. También alguno se llevó su "tironcillo de orejas". La vida de estas personas, sus sufrimientos, sus alegrías, sus esperanzas eran la plataforma de su oración ante el Sagrario.

Cuando después de 10 años tuvo la posibilidad de regresar por primera vez a visitar a la familia en España, la mamá y sus hermanas la esperaban ansiosas en nuestra casa de Francisco de Rojas 6. Al ver a su hija, la madre se desmaya exclamando: "¡¿Esta es mi hija?!" Fue tanta la impresión que le causó ver los estragos de una entrega sin medida de su querida hija Eusebia.

Aunque estuvo brevemente destinada en Ambato, Riobamba, Quito y Bogotá, sus más largas etapas fueron en Manta y en Guayaquil. En Guayaquil, también se le recuerda muy ordenada en el Centro de Antepara, listas de alumnas, cajas para cada cosa ¡Continúa con sus visitas permanentes a los suburbios, barrios pobres, sin faltar un abrazo cariñoso a la familia, incluido el varón! Muy limpia, con sus vestidos de modelos iguales, que solo se pasaba la peinilla y nada más. Apóstol incansable, sudada por el calor y largas jornadas en el Centro, continuaba con su labor apostólica. Supo compaginar su amor privilegiado por los sencillos con la clase alta que por entonces merodeaba por la Villa Dolores.

Y así, por esos caminos inescrutables del Señor, le vino inesperadamente, casi a punto de cumplir sus Bodas de Oro en el Instituto, el destino a Buenos Aires, Argentina. Un cambio total en la vida y en el horizonte misionero. Sufrió bastante, pero como el Señor gana siempre en generosidad, le llegó al poco tiempo un nuevo destino: Chile, La Cisterna, donde pudo volver a desplegar su ardor misionero, con el peso de los años encima y sin ninguna responsabilidad apostólica concreta, sin embargo, con su espíritu incansable.

Enseguida se hizo presente en la Parroquia de San Francisco de Asís cerca de la casa para ayudar en lo que fuera. Comenzó a visitar y dar grandes caminatas por todos los barrios aledaños hablando con cualquiera que pasara por su lado e, interesándose por su prójimo, le ofrecía un cariño y alguna que otra palabra sencilla a los pequeños. Todos se despedían de ella con una sonrisa y una semilla de ternura y evangelio en el corazón. Famosas fueron también sus visitas a diversas Parroquias los días domingo, en los que, a veces, la invitaban a saludar a los fieles desde el ambón al final de la Misa.

Y así fueron pasando los años y Marta entregándose del todo a todos, especialmente al Señor, resonándole siempre en el corazón su invitación: "¡Ven y sígueme!".

Con su familia en Socuéllamos siempre se mantuvo cercana, aun cuando murieron su hermano y hermanas. Sus sobrinos la llamaban con frecuencia por teléfono para consultarle sus asuntos y pedirle consejos. Se querían de verdad. Sus sobrinas estuvieron, desde lejos, presentes en sus últimos días, atentas a su evolución, con su oración constante.

La vida de nuestra Marta es muy difícil de condensar. Tenía un gran porte y vozarrón, y un corazón inmensamente dulce y tierno. La vimos ir entregando y entrgándose del todo, porque nada la detenía por muy arduo que pareciese. Fue apagándose lentamente, como un cirio que se consume hasta el final.

Parece que San Pablo en su segunda carta a los Corintios hablara sobre Marta/Eusebia: "No nos pregonamos a nosotros mismos, sino que proclamamos a Cristo Jesús como Señor; y nosotros somos servidores de ustedes por Jesús. El mismo Dios que dijo: 'Brille la luz en medio de las tinieblas', es el que hizo luz en nuestros corazones, para que se irradie la gloria de Dios tal como brilla en el rostro de Cristo. Con todo, llevamos este tesoro en vasos de barro, para que esta fuerza soberana se vea como obra de Dios y no nuestra". Y continúa en el mismo capítulo: "Y todo esto es para bien de ustedes; los favores de Dios se van multiplicando, y también se irá ampliando cada día más la acción de gracias que tantas personas rinden a Dios para gloria suya. Por eso no nos desanimamos; al contrario, aunque nuestro exterior está decayendo, el hombre interior se va renovando día en día en nosotros".

De sus grandes caminatas por la calle pasó a sus lentos paseos por la huerta y por la terraza buscando el rayito de sol que la calentara. Este sol fuerte que recibió en sus tiempos apostólicos le dejaron la huella en el rostro y en el cuero cabelludo, la queratosis, como una constante molestia y dolor que ofreció al Señor hasta el último día de su vida, pero no debaja de buscar el sol como consuelo. Ya en sus últimos tiempos, tomaba los rayos del verdadero Sol directamente del Sagrario, frente al que estaba largas horas sentada en su silla de ruedas.

Muy agradecida estuvo siempre a Radio María, escuchando con sus audífonos, especialmente Laudes y la Eucaristía eran su compañía diaria, pues, aunque asistía con la Comunidad a la Eucaristía, por su sordera ya no escuchaba nada.

El pasado diciembre estuvo tan grave que vino de urgencia nuestro párroco, el Padre Domingo, para administrarle la Unción de Enfermos, que le proporciona no solamente la gracia espiritual propia, sino también le da fuerza para hacer la vida común casi dos meses más.

Iba su cuerpo desgastándose, pero su mente estaba clara, repitiendo con frecuencia "Señor, lo que quieras, como quieras y cuando quieras".

Marta Eusebia esperándote estaba, Señor, y cuando ya no tenía más que darte, al atardecer del viernes 8 de marzo, escuchó Tu Voz que le decía: ¡Ven esposa fiel, terminó el tiempo de la siembra, ven a morar conmigo junto al Padre en el Reino de los Cielos! Y pasó tranquila y dulcemente a los esperados brazos del Señor.

La veíamos en nuestra Capilla, frente a la gran Cruz que preside el presbiterio y que ha sido receptor de sus miradas y oraciones. Nos han acompañado nuestras hermanas de la Comunidad de Santiago, los vecinos y amistades. El domingo por la mañana, en su funeral, el Padre Juan, franciscano, testigo también de su entrega, hizo una hermosa homilía recordando algunos episodios de su vida, y resaltó su fidelidad y gran fe en el ¡AMÉN! dicho con su voz fuerte al recibir la Eucaristía cada día. También el Padre Cristian Rojas, de la también cercana parroquia de N. S. de Lourdes, vino por la noche para un responso y nos regaló unas muy sentidas palabras.

Al Cementerio Metropolitano que queda cerca de casa, nos acompañó el Padre Juan, algunas amistades muy cercanas y algunas de las cuidadoras que atendieron a Marta en su última etapa.

Querida Marta, has llegado a la Meta, corriste ardientemente por los senderos que te trazaba el Señor, no obviaste esfuerzos ni sacrificios por dar a conocer a tu Dios y Señor. Viviste la vida a plenitud, ahora ya con Él, gozas de la plenitud de la Vida. El canto que con fervor aprendiste en el Noviciado "Jesús, Cristo Divino Rey, Tú que me has elegido apóstol de tu fe, yo quiero trabajar, yo quiero padecer por ver al mundo entero rendido aquí a tus pies" se hizo realidad en ti. Como nuestra Beata Madre Dolores fuiste una mujer en salida, buscando a todos, para que todos Le conozcan, Le amen y se salven. Gracias por tu testimonio. Intercede por nosotras para que el Señor nos envíe otras "Martas".

Y a todas ustedes, hermanas queridas, gracias por acompañarnos en la distancia y por sus oraciones. Un abrazo,

La Comunidad de la Cisterna

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LA HERMANA EUSEBIA. Misionera socuellamina.

Compartimos con los lectores un obituario sobre esta socuellamina que se consagró al Señor y partió a otros países como misionera.

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La Cisterna, 7 de abril de 2024

El 8 de marzo de este año 2024, el Señor vino a buscar a nuestra hermana EUSEBIA GIMÉNEZ FERNÁNDEZ, más conocida como "Marta", a las 18:20 horas, para llevarla a Su Presencia, y regalarle el gozo eterno tan ardientemente deseado por ella. Tenía 96 años, 4 meses y o días de edad y 75 años, 4 meses y 13 días de Insituto, habiendo celebrado sus Bodas de Diamante con toda consciencia, claridad, entusiasmo y agradecimiento en nuestra Capilla de La Cisterna.

Eusebia nació en Socuéllamos, Ciudad Real, de una familia muy católica. Sus padre Julián y Margarita, tuvieron un hijo varón y tres mujeres, siendo Eusebia la más pequeña y consentida de todos, y la preferida de su padre. Desde pequeña siente una fuerte atracción hacia los pobres y desvalidos, que con frecuencia visitaba para aliviarles en lo que podía.

Finalizada la Guerra Civil, fueron a Socuéllamos las Catequistas María Luisa Thomas y Pilar Cid de Rivera, invitando a los hombres a una reunión en el teatro donde les citaron para la misión. Eusebia, que siempre acompañaba a su padre, se conló con él y quedó fascinada, ofreciéndose a visitar con ellas las casas del pueblo.

Un día, regresando a su casa por un callejón, cuenta ella, sintió clarísimamente la llamada del Señor. Quiso entonces entrar al Instituto, pero su padre no se lo permitió, por lo que esperó a tener la mayoría de edad, 21 años, y casi al mes de cumplirlos hizo su entrada en el Noviciado de Loyola. Su padre se quedó disgustado, pero al poco tiempo, viendo a su hija feliz en su decisión, comenzó a ser un gran aliado de las Catequistas, proveyéndolas de los productos del campo y estando en todo momento dispuesto a ayudar.

Eusebia era alta, bien parecida, de gran personalidad, con un carácter fuerte y poseedora de un gran vozarrón. Sabía lo que quería y no se regateó en entregarse del todo al Señor y de emplear todas sus fuerzas y energías en servir a las hermanas en el Noviciado. Sus connovicias le decían a veces "Marta" por su parecido a la Marta de Betania en el Evangelio, pero ya en el Juniorado la llamaban así con mucha más frecuencia. Francamente, tenía vocación de misionera. La Madre General de ese entonces (Madre Mercedes Colomer) la llamaba cariñosamente "mi hija del trueno". Su primer destino fue Madrid, y colaboró con María Josefa Asurmendi abriendo el nuevo Centro en el barrio de Usera. Sin embargo, su felicidad fue total cuando es destinada al Ecuador y embarca rumbo a nuevas tierras como misionera. En ese momento tenía solamente los Votos Temporales, y cumplió los 27 años de edad en el barco. Como detalle muy significativo de su fidelidad y entrega, lleva, por encargo de la Madre General, el anillo para hacer los Votos Perpetuos en Manta, donde iban a fundar.

Es en Manta donde su nombre, Eusebia, suena un poco raro y no común, lo que le mueve a exponer por carta la situación a la Madre General. A vuelta de correos, recibe una carta en la que la Madre le dice: "Mi querida hija Marta Eusebia" y, desde este momento, nos cuenta, se dio cuenta que tenía permiso para utilizar "Marta" como nombre y comenzaron todos a llamarla así.

A partir de entonces, nuestra "Marta" despliega toda su energía y entusiasmo en la nueva fundación. Recorre los inmensos cafetales manabitas en una época donde sentados en el suelo en patios enormes se seleccionaban los granos de café y les hablaba de Dios y los invitaba al nuevo Centro OSCUS que comenzaban a abrir en Manga, gracias a la cuasi donación de un terreno que un señor le vendió por un precio simbólico. Invita a las señoras y las entusiasma con la labor apostólica. Los inicios en el Centro fueron sin el material que ahora usamos. Marta recuerda a las mujeres sentadas en el suelo con sus papeles de trazos o telas sujetas con piedrecitas en las clases de costura, pero felices de aprender y del trato que recibían.

Como en esos entonces no existían "planes pastorales", dice ella, hacíamos lo que Dios nos inspiraba y, armada con su ardor misionero, sudando a pleno sol ecuatorial, sin querer usar sombrero, recorre los campos manabitas sin escatimar esfuerzos, llegando a lugares extremos y solitarios donde la pobreza tenía su vivienda.

Misionera enardecidad, andariega, recorrió los campos de Manabí visitando humildes chozas, hablando con todos, hombres, mujeres, niños, diciéndoles con su buen timbre de voz que el Padre Dios los amaba con ternura. También alguno se llevó su "tironcillo de orejas". La vida de estas personas, sus sufrimientos, sus alegrías, sus esperanzas eran la plataforma de su oración ante el Sagrario.

Cuando después de 10 años tuvo la posibilidad de regresar por primera vez a visitar a la familia en España, la mamá y sus hermanas la esperaban ansiosas en nuestra casa de Francisco de Rojas 6. Al ver a su hija, la madre se desmaya exclamando: "¡¿Esta es mi hija?!" Fue tanta la impresión que le causó ver los estragos de una entrega sin medida de su querida hija Eusebia.

Aunque estuvo brevemente destinada en Ambato, Riobamba, Quito y Bogotá, sus más largas etapas fueron en Manta y en Guayaquil. En Guayaquil, también se le recuerda muy ordenada en el Centro de Antepara, listas de alumnas, cajas para cada cosa ¡Continúa con sus visitas permanentes a los suburbios, barrios pobres, sin faltar un abrazo cariñoso a la familia, incluido el varón! Muy limpia, con sus vestidos de modelos iguales, que solo se pasaba la peinilla y nada más. Apóstol incansable, sudada por el calor y largas jornadas en el Centro, continuaba con su labor apostólica. Supo compaginar su amor privilegiado por los sencillos con la clase alta que por entonces merodeaba por la Villa Dolores.

Y así, por esos caminos inescrutables del Señor, le vino inesperadamente, casi a punto de cumplir sus Bodas de Oro en el Instituto, el destino a Buenos Aires, Argentina. Un cambio total en la vida y en el horizonte misionero. Sufrió bastante, pero como el Señor gana siempre en generosidad, le llegó al poco tiempo un nuevo destino: Chile, La Cisterna, donde pudo volver a desplegar su ardor misionero, con el peso de los años encima y sin ninguna responsabilidad apostólica concreta, sin embargo, con su espíritu incansable.

Enseguida se hizo presente en la Parroquia de San Francisco de Asís cerca de la casa para ayudar en lo que fuera. Comenzó a visitar y dar grandes caminatas por todos los barrios aledaños hablando con cualquiera que pasara por su lado e, interesándose por su prójimo, le ofrecía un cariño y alguna que otra palabra sencilla a los pequeños. Todos se despedían de ella con una sonrisa y una semilla de ternura y evangelio en el corazón. Famosas fueron también sus visitas a diversas Parroquias los días domingo, en los que, a veces, la invitaban a saludar a los fieles desde el ambón al final de la Misa.

Y así fueron pasando los años y Marta entregándose del todo a todos, especialmente al Señor, resonándole siempre en el corazón su invitación: "¡Ven y sígueme!".

Con su familia en Socuéllamos siempre se mantuvo cercana, aun cuando murieron su hermano y hermanas. Sus sobrinos la llamaban con frecuencia por teléfono para consultarle sus asuntos y pedirle consejos. Se querían de verdad. Sus sobrinas estuvieron, desde lejos, presentes en sus últimos días, atentas a su evolución, con su oración constante.

La vida de nuestra Marta es muy difícil de condensar. Tenía un gran porte y vozarrón, y un corazón inmensamente dulce y tierno. La vimos ir entregando y entrgándose del todo, porque nada la detenía por muy arduo que pareciese. Fue apagándose lentamente, como un cirio que se consume hasta el final.

Parece que San Pablo en su segunda carta a los Corintios hablara sobre Marta/Eusebia: "No nos pregonamos a nosotros mismos, sino que proclamamos a Cristo Jesús como Señor; y nosotros somos servidores de ustedes por Jesús. El mismo Dios que dijo: 'Brille la luz en medio de las tinieblas', es el que hizo luz en nuestros corazones, para que se irradie la gloria de Dios tal como brilla en el rostro de Cristo. Con todo, llevamos este tesoro en vasos de barro, para que esta fuerza soberana se vea como obra de Dios y no nuestra". Y continúa en el mismo capítulo: "Y todo esto es para bien de ustedes; los favores de Dios se van multiplicando, y también se irá ampliando cada día más la acción de gracias que tantas personas rinden a Dios para gloria suya. Por eso no nos desanimamos; al contrario, aunque nuestro exterior está decayendo, el hombre interior se va renovando día en día en nosotros".

De sus grandes caminatas por la calle pasó a sus lentos paseos por la huerta y por la terraza buscando el rayito de sol que la calentara. Este sol fuerte que recibió en sus tiempos apostólicos le dejaron la huella en el rostro y en el cuero cabelludo, la queratosis, como una constante molestia y dolor que ofreció al Señor hasta el último día de su vida, pero no debaja de buscar el sol como consuelo. Ya en sus últimos tiempos, tomaba los rayos del verdadero Sol directamente del Sagrario, frente al que estaba largas horas sentada en su silla de ruedas.

Muy agradecida estuvo siempre a Radio María, escuchando con sus audífonos, especialmente Laudes y la Eucaristía eran su compañía diaria, pues, aunque asistía con la Comunidad a la Eucaristía, por su sordera ya no escuchaba nada.

El pasado diciembre estuvo tan grave que vino de urgencia nuestro párroco, el Padre Domingo, para administrarle la Unción de Enfermos, que le proporciona no solamente la gracia espiritual propia, sino también le da fuerza para hacer la vida común casi dos meses más.

Iba su cuerpo desgastándose, pero su mente estaba clara, repitiendo con frecuencia "Señor, lo que quieras, como quieras y cuando quieras".

Marta Eusebia esperándote estaba, Señor, y cuando ya no tenía más que darte, al atardecer del viernes 8 de marzo, escuchó Tu Voz que le decía: ¡Ven esposa fiel, terminó el tiempo de la siembra, ven a morar conmigo junto al Padre en el Reino de los Cielos! Y pasó tranquila y dulcemente a los esperados brazos del Señor.

La veíamos en nuestra Capilla, frente a la gran Cruz que preside el presbiterio y que ha sido receptor de sus miradas y oraciones. Nos han acompañado nuestras hermanas de la Comunidad de Santiago, los vecinos y amistades. El domingo por la mañana, en su funeral, el Padre Juan, franciscano, testigo también de su entrega, hizo una hermosa homilía recordando algunos episodios de su vida, y resaltó su fidelidad y gran fe en el ¡AMÉN! dicho con su voz fuerte al recibir la Eucaristía cada día. También el Padre Cristian Rojas, de la también cercana parroquia de N. S. de Lourdes, vino por la noche para un responso y nos regaló unas muy sentidas palabras.

Al Cementerio Metropolitano que queda cerca de casa, nos acompañó el Padre Juan, algunas amistades muy cercanas y algunas de las cuidadoras que atendieron a Marta en su última etapa.

Querida Marta, has llegado a la Meta, corriste ardientemente por los senderos que te trazaba el Señor, no obviaste esfuerzos ni sacrificios por dar a conocer a tu Dios y Señor. Viviste la vida a plenitud, ahora ya con Él, gozas de la plenitud de la Vida. El canto que con fervor aprendiste en el Noviciado "Jesús, Cristo Divino Rey, Tú que me has elegido apóstol de tu fe, yo quiero trabajar, yo quiero padecer por ver al mundo entero rendido aquí a tus pies" se hizo realidad en ti. Como nuestra Beata Madre Dolores fuiste una mujer en salida, buscando a todos, para que todos Le conozcan, Le amen y se salven. Gracias por tu testimonio. Intercede por nosotras para que el Señor nos envíe otras "Martas".

Y a todas ustedes, hermanas queridas, gracias por acompañarnos en la distancia y por sus oraciones. Un abrazo,

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