9 de enero.
Felicidades a los bautizados con el nombre de: Julián, Basilisa, Eulogio, Lucrecia (Leocricia), Adriano, Águeda, Eustracio, Felano, Honoratos, Marcelino y Teresa.
Salmo
Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra.
Evangelio de hoy
Lectura del santo Evangelio según san Marcos. Mc 6, 45-52
DESPUÉS de haberse saciado los cinco mil hombres, Jesús enseguida apremió a los discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran hacia la orilla de Betsaida, mientras él despedía a la gente. Y después de despedirse de ellos, se retiró al monte a orar.
Llegada la noche, la barca estaba en mitad del mar y Jesús, solo, en tierra.
Viéndolos fatigados de remar, porque tenían viento contrario, a eso de la cuarta vigilia de la madrugada, fue hacia ellos andando sobre el mar, e hizo ademán de pasar de largo.
Ellos, viéndolo andar sobre el mar, pensaron que era un fantasma y dieron un grito, porque todos lo vieron y se asustaron.
Pero él habló enseguida con ellos y les dijo:
«Ánimo, soy yo, no tengáis miedo».
Entró en la barca con ellos y amainó el viento.
Ellos estaban en el colmo del estupor, pues no habían comprendido lo de los panes, porque tenían la mente embotada.
Palabra del Señor.
San Julián y santa Basilisa.
San Julián era hijo único de una noble y rica familia. Tuvo una profunda educación en la religión cristiana. A los 18 años sus padres querían que él se casara con una joven noble llamada Basilisa, pero San Julián había hecho voto de castidad.
Después de mucho ayuno y oración, tuvo una celestial revelación en donde se le comunicó que con su esposa podría guardar la anhelada virginidad. San Julián y santa Basilisa son arrastrados milagrosamente al amor virginal. El Señor Jesús se les aparece y aprueba sus decisiones de conservarse castos.
Los santos repartieron sus bienes a los pobres y se retiraron a vivir en dos casas a las afueras de la ciudad que convirtieron en monasterios. A san Julián acuden los varones y a santa Basilisa van las mujeres. Todos ellos iban donde los esposos para seguir consejos de vivir más cristianamente.
Los hombres nombraron a san Julián como superior y él los dirigió con cariño y prudencia. Era el que más trabajaba, el que más ayudaba y oraba con mucho fervor. Dedicaba muchas horas a la lectura de libros religiosos y a la meditación. Su vida fue un continuo ayuno.
Cuando se trataba de reprender a algún súbdito, lo hacía sin altanería, sin malos modos o delante de los demás. Sino en privado, con frases amables, comprensivas y animadoras. Los monjes se sentían en el desierto mucho más felices que si estuvieran en el más cómodo convento.
Santa Basilisa, a su vez, era seguida por una multitud de muchachas que se quedaban edificadas con el ejemplo de su virtud. Muchas de ellas abrazaron la vida religiosa y vivieron en paz bajo su dirección.
En aquel tiempo se da la persecución de Diocleciano y Maximiano y encarcelan a Julián junto a los que residían con él en el monasterio. Ante el juez, San Julián proclamó: “Dios ayuda a los que son sus amigos, y Cristo Jesús, que es muchísimo más importante y poderoso que el emperador, me dará las fuerzas y el valor para soportar los tormentos”.
San Julián fue condenado a muerte, pero antes recibió terribles latigazos. Uno de los verdugos, al retirar rápidamente el fuete, fue herido en un ojo por la punta de hierro del látigo. El Santo intercedió ante Dios, colocó sus manos sobre el ojo destrozado y se obtuvo la curación.
Los verdugos le cortaron la cabeza y el joven Celso, hijo del perseguidor Marciano, se convirtió al cristianismo al ver la valentía y alegría con la que murió este amigo de Cristo, alrededor del año 304. Santa Basilisa, en cambio, murió tranquilamente, a pesar de que también fue perseguida.
San Eulogio de Córdoba presbítero y mártir, degollado por su preclara confesión de Cristo. (IX).
Santa Lucrecia de Córdoba virgen y mártir, bautizada por san Eulogio, presbítero y mártir. (s. IX).
San Adriano abad, el cual, nacido en África, llegó a Inglaterra desde la ciudad de Nápoles, de la Campania, y muy preparado en ciencias eclesiásticas y civiles, educó egregiamente a gran número de discípulos. (s. VIII).
San Pedro Yi permaneciendo firme en la confesión de la fe, después de quebrarle los huesos lo mantuvieron cuatro años en la cárcel, donde finalmente murió, siendo el primero del glorioso escuadrón de los mártires. (s. XIX).
San Eustracio taumaturgo abad del monasterio de Abgaro (s. IX).
San Felano abad del monasterio de San Andrés, notable por su vida austera y por haber vivido en la soledad (s. VIII).
San Honorato de Buzançais siendo tratante de ganado, repartía su dinero entre los pobres y fue asesinado por unos ladrones a los que reprendía. (s. XIII).
San Marcelino obispo, que, según escribió el papa san Gregorio I Magno, por gracia de Dios libró a la ciudad de un incendio (s. VI).
Santa Teresa Kim y santa Águeda Yi, Teresa viuda y Águeda virgen, esta última hermana de Pedro Yi, estando en la cárcel ambas fueron azotadas y después degolladas. (s. XIX)




























