
En los últimos tiempos hemos presenciado episodios lamentables en las redes sociales de nuestro pueblo: la aparición de los denominados «perfiles falsos» utilizados para difamar a las personas.
El modus operandi consiste en que una persona crea una cuenta, generalmente en Facebook, cuyos datos y fotografía no corresponden con la realidad, de manera que resulta muy difícil rastrear la identidad verdadera de quien escribe. Una vez hecho esto, procurará entablar amistad con perfiles que cuentan con muchos amigos o seguidores. A partir de ahí, comenzará a publicar comentarios en posts polémicos para que la cuenta vaya ganando notoriedad y eco; el algoritmo se encargará de terminar el trabajo.
Es una operación relativamente sencilla, al alcance de cualquier persona con unos conocimientos mínimos sobre redes sociales a nivel de usuario.
Lo que intentaré analizar aquí es qué hay realmente detrás de este fenómeno.
En primer lugar, se pone de manifiesto la gran cobardía de la persona que se oculta tras ese perfil: alguien que no tiene la gallardía de expresar sus opiniones a cara descubierta. No es que necesite esconderse porque vivamos en un régimen dictatorial que censure la libertad de expresión; la causa del ansiado anonimato es no querer asumir las consecuencias de lo que se dice, sumada a la total impunidad sobre las mentiras, insultos y ofensas que publica para que los lea todo el mundo.
Normalmente, las publicaciones de este tipo de perfiles buscan atacar y zaherir a un «objetivo» —la persona o colectivo hacia el que se dirigen los ataques— para destruir su buen nombre e imagen pública. «Calumnia, que algo queda», dice la expresión popular.
Una vez difundida la maledicencia, se sembrarán dudas sobre la víctima. «¿Será verdad?», se pregunta la gente que muchas veces lee estas publicaciones por puro morbo. Cuando el difamador es hábil, no expondrá mentiras disparatadas, sino que mezclará embustes con medias verdades, haciendo muy difícil distinguir lo cierto de lo falso.
Si el ofendido intenta defenderse polemizando con el calumniador, jugará en inferioridad de condiciones, ya que desconoce con quién está hablando realmente (aunque lo sospeche), mientras que el agresor lo sabe todo sobre su víctima.
La ética y la moral nos hablan del conjunto de normas y valores de una sociedad, y nos ayudan a determinar qué es lo correcto o incorrecto, lo bueno o lo malo, en la búsqueda del bien común. Ambas nos dictan cómo debemos comportarnos aunque nadie nos esté mirando, es decir, en el anonimato. Lo que hacemos cuando nadie nos ve es la justa medida de lo que somos en realidad, lejos de postureos e hipocresías. Por lo tanto, estos perfiles falsos deberían llamarse perfiles verdaderos, pues reflejan de forma transparente la auténtica naturaleza de la persona que, cobardemente, se esconde detrás.
Ya saben: «lo que dice Juan de Pedro dice más de Juan que de Pedro». La persona que lleva a cabo estos comportamientos queda automáticamente retratada en la más abyecta bajeza.
El refranero español es muy rico en expresiones de sabiduría popular: «el que algo teme, algo debe»; una persona inocente no se esconde. Hasta en la Biblia vemos cómo Adán y Eva se ocultan cuando han pecado. Si te escondes, es porque sabes que lo que haces o dices no es legítimo.
Las consecuencias son la casi total indefensión de la persona ofendida, ya que nuestro ordenamiento legal hace muy farragoso el esclarecimiento de este tipo de delitos contra el honor. Pero, más allá de leyes y multas, creo que la sociedad socuellamina sería mucho más sana y auténtica si, entre todos, acabáramos con estos comportamientos: por supuesto, no creando este tipo de perfiles y no dándoles pábulo ni credibilidad alguna.








