18 de abril. Sábado de la II Semana de Pascua.
Felicidades a los bautizados como: Perfecto, Antusa, Atanasias, Elpidio, Eusebio, Galdino, Hermógenes, Juan, Molasio, Pusicio y Ursmaro.
Salmo
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti
Evangelio de hoy
Lectura del santo evangelio según san Juan (6,16-21):
AL oscurecer, los discípulos de Jesús bajaron al mar, embarcaron y empezaron la travesía hacia Cafarnaún. Era ya noche cerrada, y todavía Jesús no los había alcanzado; soplaba un viento fuerte, y el lago se iba encrespando. Habían remado unos veinticinco o treinta estadios, cuando vieron a Jesús que se acercaba a la barca, caminando sobre el mar, y se asustaron.
Pero él les dijo:
«Soy yo, no temáis».
Querían recogerlo a bordo, pero la barca tocó tierra en seguida, en el sitio adonde iban.
Palabra del Señor
San Perfecto presbítero y mártir cordobés, que fue encarcelado y después degollado por los sarracenos, por haber combatido la doctrina de Mahoma y confesado con firmeza su fe en Cristo. (s. IX).
Hoy prestamos especial atención a santa Antusa virgen, princesa y monja.
Hija del emperador de Oriente Constantino V Coprónimo y de la emperatriz Irene, la princesa Antusa nació cerca del año 750 en Constantinopla. Le fue dado tal nombre en honor a Santa Antusa dell´Onoriade, quien fundó monasterios masculinos y femeninos, fue hostigada a causa de la persecución iconoclasta y vaticinó el feliz desenlace del difícil embarazo gemelar de la emperatriz, del cual nacieron Antusa y su hermano León. Sin embargo, poco después murió la emperatriz, y Antusa y su gemelo fueron criados en la corte del padre.
Ya desde pequeña Antusa destacó por su amor y servicio a los más necesitados. Pero durante el gobierno de su padre, que duró del 718 al 775, éste se dedicó a perseguir monjes, monjas y a todos cuantos veneraban imágenes o reliquias, sobre todo después de celebrar el Concilio de Hieria (754) que condenó el culto de la imágenes.
Esta situación turbó profundamente la bonanza del reinado de Constantino e incluso su propia hija, la mismísima princesa Antusa, resultó afectada pues al oponerse a la persecución ella también fue azotada y desterrada. Ya antes se había opuesto a la posición de su padre al renunciar al matrimonio y dedicar su vida al servicio de Cristo.
A la muerte de Constantino V, en el 775, le sucedió en el trono el gemelo de Antusa con el nombre de León IV; entonces la princesa pudo volver y disponer de su heredad, ayudando con sus riquezas a cuanto pobre podía, además de restaurar iglesias, edificar monasterios y rescatar esclavos.
Cuando también León IV murió, en el 780, su mujer Irene se convirtió en regente hasta que su hijo menor Constantino VI tuviera la edad para hacerse cargo del gobierno, ofreciendo a su cuñada Antusa el asociarse con ella para dirigir el imperio.
Antusa rechazó la oferta pues ya había decidido pertenecer sólo a Dios y a Él servir, por lo que continuó con sus prácticas de caridad, ocupándose sobre todo de las viudas y de los huérfanos, a los que proveyó de educación a sus expensas hasta que en el 784 recibió el hábito monacal de manos del santo patriarca Tarasio, en el monasterio de la Concordia de Constantinopla, donde transcurrieron sus últimos años de vida realizando los más humildes servicios y asistiendo con amor a sus hermanas del monasterio.
Murió en el año 801, a los 51 años de edad. La tradición oriental la considera también mártir, pero este título no es reconocido por el Martirologio latino.
Le conmemoramos tanto en Oriente como en Occidente el 18 de abril.
Santa Atanasia viuda, que vivió como solitaria en la isla Egina y fue también hegúmena, ilustre por sus virtudes y observancia monástica. (s. IX).
Santos Elpidio y Hermógenes mártires en Melitene, Armenia.
San Eusebio de Fano obispo, que acompañó al papa san Juan I en el viaje a Constantinopla impuesto por el rey Teodorico, y al regreso le siguió también en la prisión. (s. VI).
San Galdino obispo de Milán, que trabajó en la restauración de la ciudad destruida por la guerra y entregó a Dios su alma después de un sermón contra los herejes. (s. XII).
San Juan Isauro monje, discípulo de san Gregorio Decapolita, que en tiempo del emperador León el Armenio luchó denodadamente defendiendo las santas imágenes (s. IX).
San Molasio o Laisren, abad en Leighlin que extendió pacíficamente en la isla la celebración de la Pascua, según la costumbre romana. (s. VII).
San Pusicio mártir, prefecto de los artesanos del rey Sapor II, que por haber confortado al vacilante presbítero Ananías fue herido en el cuello y murió el Sábado Santo, ocupando así un lugar insigne en el grupo de mártires sacrificados después de san Simeón. (s. IV).
San Ursmaro obispo y abad de Lobbes, que propagó la Regla de san Benito y atrajo al pueblo a la fe cristiana. (s. VIII).






























